Bienvenidos a mi blog!!

En este blog compartiré mis experiencias personales, pasadas y presentes. Esperando que leer mis palabras ayude a las mujeres que pasan, o han pasado, por lo mismo que yo.
Los nombres de las personas mencionadas en mis historias han sido cambiados para proteger las identidades de los aludidos.
Mostrando entradas con la etiqueta Sexualidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sexualidad. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de agosto de 2015

Maquillaje y aros

Por siglos, las mujeres fueros tratadas como adornos. Nuestra única función era deleitar la vista. La prioridad era la apariencia. En muchos sentidos, hemos evolucionado. Podemos votar, y ya no estamos obligadas a quedarnos en casa a criar hijos. Pero la obsesión con la imagen de la mujer continua.
“¡Conmigo así no salís!”, exclamó mi madre, cuando nos encontrábamos a punto de dejar mi casa para ir a comprar los anteojos nuevos que preciso. Yo necesitaba ir con ella o, que me diera  el dinero necesario.
No era la primera vez que se rehusaba a ser vista conmigo en público. ¿Lo hizo porque yo estaba usando ropa sucia o rota? No. Mi ropa se encontraba impecable. ¿Mis cabellos se encontraban despeinados? Tampoco. ¿Vestía yo como una prostituta barata? Menos. 
El problema era que yo no estaba maquillada, ni usaba aros. Para mi madre, eso es motivo de profunda vergüenza. Dice que “doy lastima” cuando me muestro como soy, sin artificios.
Desea que me maquille incluso cuando estoy en mi casa, porque tiene su salón de Uñas Esculpidas allí. Me observan cientos de clientas. La mortifica que me vean sin maquillaje.  Los aros y los cosméticos son su respuesta para todo. Cuando me quejo de que no tengo novio, ella dice que es porque no me “produzco”. Si lloro por estar desempleada: “Es que nunca te arreglás”.
Cuando tenía doce años, todos mis compañeros de clase decían que yo era un adefesio. Entonces, intenté  mejorar mi apariencia con maquillaje. Mi madre quiso disuadirme diciendo: “las casas se pintan cuando son viejas”.  Es decir que, ahora, soy vieja. ¿No?
¿La cara que Dios me dio debe, necesariamente, ser cubierta con pintura para evitar causar repulsión a otros? Mi madre parece creer eso. Piensa que verme sin maquillaje es un motivo válido para rechazarme, mientras que, si lo usara, yo sería amada por todos…. ¿Por cuánto tiempo?
A veces, ocurre que un hombre conoce, bajo el manto de la noche, una joven que parece una diosa. Pero, huyen despavoridos al verla al día siguiente, au naturel. Se sienten tan traicionados como un perro al que le dijeron “¿Vamos a la plaza?” antes de llevarlo al veterinario. Por eso, hay mujeres que, al comenzar una relación, se levantan media hora antes que sus novios, para maquillarse y peinarse antes de que él despierte. Todo sea por mantener la treta el mayor tiempo posible. ¡Una locura!
¿Qué sentido tiene?
Mis ojos  siguen siendo marrones y saltones, aunque use mascara, delineador y sombra. Tendría que comprar lentes de contacto para cambiar el color, pero sería un gran engaño.
Los lunares en mi cara podrían disimularse, pero seguirían estando allí, se verían. Los más espantosos, tuvo que quitármelos un cirujano plástico.
Mis eternas ojeras se notan, aunque utilice mucho corrector.
Durante mucho tiempo, usé unas zapatillas de plataforma, para disimular mi baja estatura. Mi tía Raquel las llamaba “los tractores”, por su enorme tamaño. Pero yo seguía midiendo 1,53, aunque pareciera de 1,60…. Y, tarde o temprano, tenía que bajarme.
De niña, podía cubrir mi oreja deforme (la derecha) con el cabello, pero esta no se corrigió hasta que pasé por una dolorosa cirugía estética. Con todo, no quedó del todo bien (mi madre dijo una vez que el cirujano “hizo un desastre”), aunque mejoró bastante.
Cuando mi pecho era plano, intenté rellenar mi corpiño.  Pero aquello causó más problemas de los que evitó. Varios años después, mis pechos crecieron en exceso, y desparejos. Ningún corpiño disimulaba el defecto. Sólo una cirugía plástica pudo solucionar el problema. (Quedé conforme con el resultado, aunque mi madre diga que tengo los pechos por el piso).
En definitiva, el maquillaje y los accesorios no cambian lo que uno es.
Incluso usando cosméticos, mis compañeros se burlaban de mí. Fui a bailar todos los sábados, con ropa provocativa y pintada como una prostituta. Pero ningún chico deseaba ser mi novio. Durante años, asistí a mis clases de Inglés, y a la universidad, usando maquillaje y aros. No obstante, fui rechazada por todos los hombres.
Eventualmente, me di cuenta que, para ser fea igual, mejor no perder tiempo ni energía con tanto artificio.
Me niego a ser de esas mujeres que se maquillan para ir al gimnasio o al supermercado.
Actualmente, solo me maquillo, ligeramente, en ciertas ocasiones: si tengo una entrevista, o para ir al trabajo (cuando consigo), o si voy a alguna fiesta. Es decir, cuando a mí me interesa maquillarme.  Estoy lista en menos de diez minutos.
Pero si voy a pasar el día escribiendo, o si me quedo un sábado a la noche en mi casa, viendo Game of Thrones con Belén, no me voy a producir. Lo más probable es que me ponga el piyama antes de las 7.30 PM. Tampoco uso maquillaje para ir de compras, a terapia, o a mi taller de escritura.
No debería ser humillada por ello.
“¿Y si te cruzás con un conocido?”, pregunta mi madre, horrorizada. ¡Dios nos libre de que alguien me vea sin maquillaje! ¡Que espanto!
Cuando te dicen, constantemente, durante años, que tu apariencia natural es horrible, resulta muy difícil no creerlo.
Me resulta muy difícil callar su voz, y ser yo misma. Lucho día a día para aceptarme tal cual soy. Como dijo una vez mi heroína: “Cuando alguien te critica, ten en cuenta que, lo que otros dicen de ti, tiene más que ver con ellos que contigo”.
Mi madre me anula porque necesita controlarme. Le urge dominar. No me ve como un individuo, sino como una parte de sí misma. Aunque pasé los treinta, me considera una muñeca, a la cual puede vestir, peinar y maquillar como le plazca.
Su obsesión por controlarme llega a extremos increíbles. Una vez que salimos a almorzar, yo quería comer una hamburguesa y papas fritas. Ella detesta que yo coma eso, por lo que amenazó con levantarse de la mesa e irse. La hubiera dejado partir, pero yo necesitaba que pagara el almuerzo, lo cual me resultó humillante. 
Siempre que me peino o visto de una manera que le disgusta, me agrede. Dice cosas tan horribles sobre mi apariencia, que termina destruyendo la poca autoconfianza que tengo. ¿De verdad tengo un gusto tan espantoso? ¿Acaso todas mis decisiones son equivocadas? Aniquilando mi autoestima, y al desvalorizar todas mis elecciones (de ropa, look, comida, amistades, etc…), logró lo que siempre quiso: que yo dependiera de ella hasta los treinta años. 

Lo peor de todo es que yo se lo permití, durante demasiado tiempo. 

miércoles, 3 de junio de 2015

Fucking 30!

Hace algunos años, fui a un seminario dictado por el brillante guionista Robert Mckee, escritor de Casablanca. Quedé maravillada con sus lecciones. Lamenté que la experiencia durara únicamente cuatro días. Compré su libro y, naturalmente, le pedí que lo firmara. Lo dedicó diciendo: “Escribe la verdad”.  Dichas palabras quedaron impresas en mi mente, para siempre.
Esta es la dolorosa verdad: tengo 31 años y solo tuve sexo tres veces. La primera fue una experiencia horrible. Sentí más dolor del que había sentido en toda mi vida. Tenía veinticuatro años. Demasiado grande para ser virgen.
¿Cómo llegue a aquella situación tan peculiar?
A los dieciocho años, comencé a ir a bailar. Hasta entonces, sólo había asistido a unos pocos bailes escolares.  Criada por una madre opresiva; y encontrándome desprovista de amigos, no tuve la oportunidad de salir de noche hasta una edad tardía.
El último año del secundario, una joven, a quien llamaré Dalia, se convirtió en mi mejor amiga. Hasta aquel momento, mi única amiga era una joven cuatro años menor que yo. Salir a bailar con ella no era una opción. En cambio, con Dalia concurríamos cada quince días a un boliche mediocre y antiguo. (Mi propio padre solía beber allí). Rara vez nos retirábamos del lugar antes de la salida del sol.
El antro de perdición”, lo llamaba Dalia. ¡Y de verdad lo era! 
Allí, yo bebía cerveza, aunque no me gustaba el sabor. Y besaba hombres, los cuales eran, en su mayoría, menos atractivos que Hugo Chavez en calzoncillos. Me divertía llevar la cuenta de cuantas lenguas acariciaran la mía. Me enorgullecía “tranzar” (“chapar”, para los viejos) con muchos jóvenes, pues me hacía sentir atractiva. “La noche de los cuatro chicos”, que ahora me mortifica, levantó mi espíritu en aquel momento. 
Dejé de contarla cantidad de sapos besados después del número treinta.
¿Cuál fue el resultado de tal comportamiento desviado?
No logré absolutamente nada.
Esperaba encontrar un príncipe. Iba a aquel boliche lleno de humo, vestida de manera vulgar, en busca de un novio. Nunca sucedió.
Cerca de los veinticinco años me aburrí de tal rutina.
Ahora paso los fines de semana con mi actual mejor amiga, la llamaré Belén, mirando series de televisión norteamericanas; y comiendo pizza como condenada a muerte.
No significa que no nunca veo hombres. Conocí varios en mis clases de inglés y la universidad. También tuve compañeros de trabajo. No resultó.  
En los últimos cinco años besé a un total de dos hombres. ¿O tres?  
Me encuentro en mis 30, y más sola que nunca. Con una única mejor amiga y sin un alma gemela con quien compartir mi cumpleaños.
Gracias a mi independencia, puedo soñar con locuras, como mudarme a Nueva York, o unirme a Reporteros Sin Fronteras. No tengo un hombre que me ate a mi ciudad natal, lo cual es bueno. Sinceramente, no quiero desperdiciar mi vida en esta ciudad chata, donde reina la mediocridad, cuando hay un mundo enorme para ver.     
Pero, de tanto en tanto, las noches son frías y largas. Soy invadida por el deseo dormir en los brazos de alguien y despertar con un hombre a mi lado. Por supuesto, anhelo experimentar un momento de máxima cercanía con un hombre. Imagino que nada debe ser mejor que explorar el cuerpo de otro.
Tal meta podría cumplirla sin quedar atada, por siempre, a esta ciudad que llegué a detestar.
¿Es suficiente?
Hoy en día, ser una mujer soltera no es tan espantoso como lo era en otras épocas. Podemos trabajar de lo que deseemos, ya no necesitamos un hombre que nos mantenga. Y si deseamos tener un hijo, es posible buscar un donante de esperma.
No obstante, la sociedad todavía juzga a las mujeres que, pasados los treinta y cinco, no se han casado.
La tercera década llega cargada de presiones.
Se supone que es la mejor década de la mujer. Es cuando ya sabés quien sos y que querés. Te encontrás bien asentada en una profesión, ganando más dinero que nunca. Se acabó aquello de trabajar por monedas, para adquirir experiencia. Además, ya tenés tu propia familia, o estás muy cerca de ello.   
¿Qué pasa cuando, a los 31, estás soltera y sin trabajo? ¿Qué ocurre cuando tenés que vivir con tu madre y necesitás pedirle dinero para salir con tu amiga, como una adolescente?
Al llegar a los treinta, descubrís que la mayoría de tus conocidos  se encuentran casados y con hijos.
Tengo como amigos en el Facebook a mis ex compañeros de secundario. Los agregué a mis contactos, lo admito, esperando  descubrir que sus vidas desembocaron en un completo desastre, que las mujeres engordaron diez kilos y se llenaron de canas prematuras. En vez de eso, descubrí que la mayoría de ellos se ha casado y tenido hijos. La única gordita fracasada soy yo.
Probablemente las personas que tanto envidié porque se casaron jóvenes terminen divorciados antes de los cuarenta. (Sé que algunos ya lo están, de hecho). Pero no puedo evitar sentir que fallé. ¿Qué está mal conmigo?  
Incluso Dalia encontró pareja. Llegar a los treinta la cambió. Un buen día, despertó y decidió que era momento de “Sentar cabeza”. Se ató de inmediato al primer hombre que encontró. La última vez que la vi planeaba tener un hijo antes de cumplir treinta uno. Porque “Es lo que hacen los adultos”. La misma chica que, cuatro años atrás, evitaba el compromiso como si fuera una enfermedad. Ella parecía feliz con su novio, un pelmazo aburrido. Ambos sentían estar haciendo lo correcto.
La verdad es que, cuando veo las vidas de los otros me siento como una adolescente. No hay nada más difícil sentirte como una adulta cuando tus años de juventud quedaron atrás sin haber experimentado aquellas cosas que la mayoría de las personas da por sentado: el sexo, el amor, una carrera, el matrimonio y la maternidad.  
De adolescente, me imaginaba a los treinta casada, exitosa y con hijos. Creía que encontraría a mi alma gemela y mi trabajo de ensueño. Nunca se me ocurrió que mi vida  resultaría de manera distinta.     
Belén es parecida a mí. No tiene ni novio ni trabajo. Pero hay una diferencia fundamental: a ella no le importa ser como una adolescente. Mientras que yo sufro y necesito antidepresivos, ella es perfectamente feliz con su vida. Me desconcierta su falta de preocupación por las experiencias que deberíamos haber vivido a nuestra edad.
Me desconcierta y, al mismo tiempo, me produce admiración. Deseo ser más como ella.
Yo sufro pensando en todas esas personas que ya tenían el mundo a sus manos a mi edad. Leer  las biografías de quienes lograron grandes cosas a los veinticinco me resulta una tortura que debería estar prohibida por la convención de ginebra.
Pero en la vida no existe un botón de rebobinado.
Sólo existe el luchar para alcanzar un futuro por el que valga la pena vivir.
Así que, cargué mi equipaje y me subí (aunque sea con retraso) a ese tren que lleva a la estación llamada Lo Que Quiero Ser. Pero no puedo evitar ser como una niña, preguntando una y otra vez:
                                              Mami, ¿Ya llegamos?