Bienvenidos a mi blog!!

En este blog compartiré mis experiencias personales, pasadas y presentes. Esperando que leer mis palabras ayude a las mujeres que pasan, o han pasado, por lo mismo que yo.
Los nombres de las personas mencionadas en mis historias han sido cambiados para proteger las identidades de los aludidos.
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sábado, 6 de febrero de 2016

La tormenta perfecta

Como muchos millenials, pase demasiado tiempo estancada en una  adolescencia tardía. A los 31 continuaba sin trabajo, sin ganarme la vida, viviendo con mi madre. No encontraba la forma de volar por mi misma. 
Algunos dicen que es culpa mía, que no intente con suficiente ahínco encontrar trabajo, que soy demasiado selectiva. Otros más inteligentes culparon Mar del Plata, ciudad que ha liderado el ranking de desocupación de la Argentina durante años. Muchas veces, yo culpaba a mi apariencia. 
La verdad es que, nunca, las cosas ocurren por un único motivo. Distintos fenómenos colisionan, formando esa tormenta perfecta que denominamos: circunstancias.
Nací en una ciudad desfavorable para mi profesión. Pocos lugares en los cuales ejercer el periodismo, la comunicación empresarial, o el marketing. Y, en general, hay que insertarse mediante amistades.
- Trabaja de lo que sea- me dijeron.  
- okay- acepte yo.
Abrí los clasificados del diario local, día tras día. Esto es lo que encontré:
Un 40% de avisos en los que se solicita personal de sexo masculino.
Un 30% solicitando títulos o aptitudes que no tengo (Por lo general contadores, abogados, secretarias jurídicas, administrativas con conocimientos de contabilidad, construcción, peluquería, maestra jardinera u operario de maquinaria)
El restante?
Avisos solicitando camarera: Edad, de 18 a 25 años. (A veces, con suerte, la edad se estira hasta los 27, o los 30). Excelente presencia. Con experiencia comprobable. Para los restaurantes de Mar del Plata, ya no tengo la "juventud", que, como todos sabemos, es tan vital a la hora de servir comida y limpiar mesas (Sarcasmo!). Experiencia nunca tuve, menos comprobable. 
Avisos solicitando mucama de hotel: Edad de 18 a 25 (o 30, como mucho), con experiencia comprobable. Experiencia como mucama tengo, pero no es comprobable.
Se solicita recepcionista: edad, menor de 35, experiencia comprobable, excelente presencia. Tengo experiencia y la edad correcta.  
Me sugirieron que ponga en el CV a mi tía Betty como referencia, y que ella se haga pasar por ex empleadora, para inventar la experiencia que necesitaba. Pero ella se negó de manera terminante, por motivos morales. Claro, después me acuso de no querer trabajar, pero cuando le propuse esa idea para que yo consiga trabajo le pareció inapropiada.   
Anyway…
Otros avisos solicitaban promotora: edad, feto recién salido del vientre…. Okay, eso no… pero casi. Requisito mas importante: tan bella y alta como una top-model.  Por razones obvias, para este trabajo, que si abunda en mi ciudad, nunca pude siquiera presentarme.  
Una sola vez tuve una oportunidad de ser promotora. Una clienta ofreció recomendarme para estar fuera de las camionetas donde se hacían los DNI, promocionado el servicio. La clienta aclaró que, en ese caso, no era necesario ser linda, por lo cual yo tendría una oportunidad. Me sentí demasiado ofendida y nunca me presenté, cosa que me madre jamás me dejo olvidar. En aquel momento yo estaba en un pozo depresivo, por lo cual me afectaron sus palabras.
Pero, entonces... a que avisos PODÍA presentarme?
Me quedaban aquellos solicitando vendedora, siempre y cuando no exigieran una edad menor a la mía. Me postule para tales empleos una y otra vez, sin mucho éxito.
Cada muerte obispo, surgía una vacante para un trabajo que despertaba genuinamente, y mucho, mi interés: Pasantias en el diario La Capital o alguna radio. Encargada de Comunicaciones del Museo Bruzzone (No me contrataron, pese a que fui la única que se tomo la molestia de llevar un plan de comunicación hecho). Asistente de Marketing (UN aviso. Me llamaron para una entrevista, no me contrataron, ni se molestaron en atender mi llamado, cuando quise preguntar que hice mal). 
Una vez surgió una pasantía en una revista de la facultad, a la cual envié un artículo hecho con mucho esfuerzo. Fui rechazada, y pusieron excusas para ocultar que contrataron por amiguismo. Dijeron que el artículo no tenía suficiente opinión personal, cuando nunca aclararon si había que enviar artículos de opinión o informativos. No todos los artículos periodísticos deben, obligadamente, ser subjetivos, se permite intentar cierto nivel de objetividad.  Una vez más, la facultad me jugaba una mala pasada.    
Porque nadie quiere contratarme?, me preguntaba una y otra vez, mientras mi barco se sacudía.
Un segundo viento en contra: mi apariencia. Cara llena de lunares, 1,52 de estatura, ojos espantosos, ridículo cuello extremadamente corto y ancho. Y, desde el 2007, sobrepeso. Seria idiota, o extremadamente idealista (Hay diferencia?) decir que una mujer con tal aspecto, aunque use maquillaje, aros y tacos (elemento de tortura que debería haber prohibido la convención de Ginebra), no tiene las puertas cerradas en muchos lados.
Tercer frente desfavorable: el gobierno. Al ser abiertamente opositora a la tiranía K, nunca tuve chances de encontrar empleo en el sector público. Fui a pedir trabajo a la municipalidad, varias veces, sin éxito. Una clienta, casi-casi, me consigue trabajo monitoreando cámaras de vigilancia. Pase dos entrevistas, sin conseguir el empleo. Otra clienta, intento que me contrataran como secretaria en el hospital materno infantil. El empleo fue para un militante de La Campora.
Sin embargo, una joven de 26 fue contratada como Presidenta del Banco Nación, sin experiencia y con títulos que resultaron ser falsos. Pero a mi no se me considera capaz de monitorear cámaras, ser secretaria, camarera, vender ropa, caminar por la costa repartiendo pavadas que, en su mayoría, terminan en la basura, etc...
Normal que mi frustración y amargura crecieran día a día. 
Un tercer ciclón que se uniría a los otros: mi propia ineptitud social. Porque, algunos vientos desfavorables, son generados por nosotros mismos.
Al tener problemas para socializar (Debido al Síndrome de Turner), nunca tuve demasiados amigos, ni conocidos, con posibilidades o inclinación para recomendarme a algún empleador.
Mi ex amiga Dalia consiguió su mejor trabajo solo porque un chico se enamoro de ella, e hizo que la contrataran como camarera una confitería de lujo. (Que ese fuera el mejor trabajo que tuvo es triste, pero bue… Al menos recibía un sueldo)
Una joven de mi facultad consiguió empleo en una radio, solo por ser mejor amiga de otro joven que trabajaba allí. Cuando me enteré, caí en otro pozo depresivo y me quejé durante semanas.  Las horas que pasé llevando CVs a todas las radios habían sido un desperdicio.
Como esos, conozco cientos de casos.
Una clienta me dio trabajo en su tienda de ropa, pero se traslado a Buenos Aires y perdí el empleo.
Solo una de las 1000 amigas que tiene mi madre intento conseguirme trabajo como empleada administrativa (Pero, eso si, para criticarme conté con las 1000). No obstante, la potencial empleadora contrato a su propia sobrina. 
Intenté buscar trabajo en Buenos Aires, pero no contaba con dinero para mudarme y probar mi suerte. Por tanto, debía asegurarme un trabajo en la ciudad capital antes de mudarme a ella. Me anoté en un sitio web de búsqueda de trabajo, y envié por Internet más de 200 solicitudes de empleo.  Solo recibí un llamado, y era porque el empleador no había puesto atención al leer el CV y creía que yo ya vivía en Buenos Aires. Cuando explique mi situación, termino la conversación sin que me permitiera, siquiera ir a una entrevista o entrevistarme mediante skype.
Mi depresión también fue un serio obstáculo.  No solo impidió que me recibiera de joven, sino que me mantuvo en la cama, sin siquiera intentar algo durante mucho tiempo. Estaba convencida de que nunca conseguiría un buen empleo, por lo cual me di por vencida. Mi cerebro ya vino programado para ver el vaso medio vacío, y las malas experiencias vividas no ayudaron.

Mientras tanto, todos los conocidos dieron opiniones y criticaron. Vieron mi fracaso, pero desconocían las tormentas por las que yo debía atravesar. Una unión de tormentas que la mayoría de las personas ni siquiera sabe que existe.  Y no seria la ultima… 

domingo, 30 de agosto de 2015

El camino difícil


Cuando uno es niño, los adultos de tu vida tomaban todas las decisiones que afectan tu vida. Como yo fui criada únicamente por mi madre, ella era la única persona que eligió el camino que seguiría hasta ser adulta. No había otra persona dispuesta a intervenir, a opinar.
Algunas decisiones de mi madre fueron acertadas, como la de separarse de mi padre, a tres años de casarse. Me alegra no haber convivido con un padre sin intenciones de abandonar la bebida. Además, descubrí que, si un matrimonio no funciona, es mejor divorciarse cuando los hijos son pequeños. Durante mi infancia, vi a varios compañeros de colegio sufriendo horrores las rupturas sentimentales de sus padres. Todos tenían dificultades para adaptarse a la situación nueva. Pero yo estaba acostumbrada a que padre viviera en otra casa. Era natural, para mí, verlo cada tanto.
Que vaya a trabajar a Estados Unidos, cuando yo tenía 17 años, dejándome a cuidado de la tía Betty, fue lo mejor que nos pudo pasar.
En cambio, otras decisiones tomadas por mi madre no fueron tan acertadas. Permitirme cambiar de colegio constantemente resultó ser un error. El ser siempre “la nueva” solo empeoró el bullying.
Al crecer, me convertí en responsable de mis propios tropiezos.
Mi primer error grave lo cometí a los dieciocho años.
Mi madre vivía en California; yo, con mi tía Betty. Teníamos un plan, yo me iría a Estados Unidos al terminar el secundario. Los ataques del 11 de Septiembre dificultaron la situación,  ya que resultaba mucho más complicado conseguir visa para entrar a Norteamérica. Sin embargo, podría haberlo intentado. Con esfuerzo, podría haber logrado reunirme con mi madre. Pero me acobardé.
Mi tía Betty siempre me decía que, de mudarme a Estados Unidos, terminaría “sirviendo hamburguesas” por el resto de mi vida. Según ella, una latina jamás conseguiría un trabajo importante en aquél país, porque enfrentaría discriminación. El tener trabajos insignificantes, y no ser nadie, por los siguientes cincuenta años me resultó aterrador.
Decidí quedarme e ingresar a la universidad. Pero ¿Qué estudiar?
Me tome un año sabático, en el 2002, mientras decidía que hacer con mi vida. Miraba doce horas de televisión diaria y me reunía con mis amigas. También estudié inglés e hice un curso de auxiliar de jardín maternal.
Ahí comenzó mi amor por la lengua de Shakespeare. ¿Sería profesora de inglés? Descarté esa idea rápidamente, ya que nunca me gustó la enseñanza. ¿Sería maestra de jardín? Siempre tuve debilidad por los niños, pero la idea de tratar con 20 al mismo tiempo me pareció abrumadora.
Finalmente, tomé una decisión: sería periodista gráfica. Me gustaba la idea de investigar y escribir. En aquél entonces, podía estudiarse periodismo en el instituto Ieres, o periodismo deportivo en DeporTea. Pero el deporte no me gusta. Además, deseaba obtener una Licenciatura. No me conformaba un título terciario. Por tanto, decidí estudiar Licenciatura en Comunicación Social. ¿Dónde? En la Universidad FASTA, de Mar del Plata.
Terminé profundamente decepcionada.
La carrera era perfecta para mí. Me permitía adquirir un conocimiento básico de una variedad de temas interesantes. Pero el nivel académico de FASTA es mediocre, y la universidad no produjo los resultados que yo esperaba.
Recibí el primer golpe durante mi segundo año. Cursé la materia “Géneros Informativos”, la cual me encantó y confirmo que el periodismo era la profesión para mí. Sin embargo, durante una clase, la profesora, Romina, dijo que invitaría a dos alumnos a una cena importante, con periodistas del diario “La Capital”. Yo fui ignorada. Invitó a un joven, a quien llamaré Juan. Él era muy capaz, pero yo también. ¿La diferencia? Romina tenía afinidad personal con él. Le caía bien. Era más carismático. Ella nunca se molestó en conocerme.
En Argentina, la amistad y el carisma son mucho más importantes que la capacidad y las ganas, a la hora de conseguir trabajo.  Además, en todo el mundo, la gente de baja estatura no es respetada. Se nos considera insignificantes.
Juan fue a la cena y conoció a todos los periodistas de La Capital. Cuando el diario ofreció pasantías, ¿A quién creen que eligieron? ¿A mí? ¿O al pibe simpático con quien compartieron una cena?
Él obtuvo el puesto. Adquirió la experiencia y los contactos que lo llevaron a trabajar para un diario mucho mejor.
¿Yo? Sufrí un golpe a mi ego, una desilusión de la cual nunca me recuperé por completo.  
Durante mis años de estudio, me postulé para varias pasantías. Fui ignorada cada vez.
En el tercer año, la única amiga que tenía en FASTA dejó de hablarme, dijo que simplemente no me quería.
Cuando, al tiempo, desaprobé un examen final por segunda vez, caí en un pozo depresivo. Se trataba de la materia más difícil de toda la carrera. La mayoría de los alumnos fallan en el examen final, al menos una vez. Pero yo me sentí desalentada.
Fue entonces que abandone la universidad por primera vez, y tomé un trabajo de vendedora en un stand de ropa.
Al año siguiente, decidí estudiar realización de cine. Muy pronto, me di cuenta que esa profesión no era para mí. Adoro las películas, pero no hacerlas.  El cuatrimestre que pasé en el instituto Bristol, estudiando cine, me sirvió para cono conocerme un poquito más.
Convencida de que el periodismo era mi vocación, decidí darle a FASTA una segunda oportunidad. Con renovado entusiasmo, aprobé varios exámenes y perdí quince kilos.
A finales del 2008, a los 24 años, logré lo que soñaba desde los dieciocho. Entré en un programa para trabajar en Estados Unidos. Pasé cuatro meses fantásticos, aunque llenos de desafíos, trabajando en Colorado. Culminé la experiencia con un mes inolvidable en Nueva Jersey, visitando Nueva York, Philadelfia y Washington DC.
No obstante, regresar fue horrible. Volví a hundirme en el profundo océano de la depresión, sin lograr ver orilla alguna.  
Después de haber visto la Universidad de Princeton, estudiar en FASTA hizo que me sintiera insignificante, como una hoja en un bosque.
Tras haber saboreado la libertad, vivir con mi madre me resultó insoportable. Ella no dejaba de recordarme, que mi amiga Valeria, y su prima, regresaron con grandes sumas de dinero tras trabajar en USA.
Lo peor fue que FASTA continuó  tratándome como un saco de boxeo.
El profesor de una materia en la cual sobresalí, deseaba que yo fuera su ayudante de cátedra. Habría obtenido descuentos en la cuota de la universidad y experiencia profesional, con aquél trabajo. Me sentí muy ilusionada. No obstante, el encargado de otorgar pasantías, dijo que no.  
Siempre me pregunté si él fue quien boicoteó mis otras oportunidades de obtener pasantías. Me resultó muy extraño que, tras años de postularme para ser pasante en diversas empresas, nunca me hayan contratado. Todos mis compañeros de universidad, todos, obtuvieron alguna pasantía en determinado momento.
Caemos nuevamente en el tema de las afinidades personales. Al no ser yo una persona carismática, carezco de amigos con posibilidades de ayudarme.
Una vez, recurrí a otro profesor de FASTA, encargado de los programas que ofrecía la universidad para estudiar en el extranjero, llamado Frank. Yo deseaba estudiar en Estados Unidos, pero no sabía cómo lograrlo, necesitaba orientación. Él me dijo que yo nunca podría estudiar en Estados Unidos, pues el nivel de esas universidades es demasiado elevado para mí, y es muy difícil ingresar. Sugirió que vaya a estudiar a Perú o México.
Su idea no me interesó. Dejé su oficina con el corazón destrozado.
Pasé por otra larga época de profunda decepción, en la cual descuidé mis estudios. Apenas podía levantarme de la cama. Me parecía inútil estudiar, si nunca podría lograr mi sueño. Todo se tiñó de negro.
Nunca me costó aprender los contenidos de las materias, ya que el nivel de FASTA es muy bajo y nunca me faltó inteligencia, pero mis pensamientos negativos se interponían en mi camino.
¿De qué me serviría el título, si no podría seguir estudiando donde yo quería? ¿Para qué recibirme, si nadie valoraba mis logros? ¿Para qué explotar mi inteligencia, si el mundo solo se interesa por el exterior? ¿Me contrataría alguien sabiendo que me recibí de una universidad de bajo nivel académico?  
Con todo, intenté luchar contra la depresión y completar mis estudios. Yo fui criada con la idea de que una persona no puede “ser alguien” en la vida sin un título universitario. Pensé que, incluso un diploma de una mala universidad, era mejor que nada.
Cambié de terapeuta, y ajustaron mi medicación.
Finalmente, logré recibirme. Me convertí en Licenciada en Comunicación Social. Aunque los años de depresión hicieron que mi promedió fuera bajo, tenía un título universitario.  
Sin embargo, no lograba insertarme en el mundo laboral.
Hice todo lo posible. Hablé con todos mis conocidos, repartí curriculums, y envié cientos por internet, me inscribí en varias páginas de búsqueda de empleo. Incluso baje mis estándares, ya no buscaba empleo en los medios, comencé a buscar trabajo de lo que fuera.   Casas de ropa, negocios… nada.
Me llamaron de un bazar para que trabajar 12 horas diarias, por el salario mínimo, y en negro. Me contrataron para vender cursos… 2 horas diarias, por 3000 pesos mensuales, también en negro.
Me sentía descorazonada. Confié en la universidad, y en mi país. Me quedé porque creía que aquí podría obtener un buen trabajo.
¿Debería haberme mudado a Buenos Aires y estudiar en la UBA? Por mucho tiempo, creí que sí. Entonces, intenté hacer una maestría en la Universidad de La Plata. Pero aprendí a la manera a la manera difícil que las carrera de comunicación y periodismo en las universidades estatales están demasiado contaminadas por el gobierno. Solo te enseñan mentiras, y las ideas opuestas no son bienvenidas.
Debería haber luchado más duro para cumplir mi sueño de estudiar e Estados Unidos. Frank me dijo que era imposible. ¿Por qué lo escuché? Él no sabía nada de mí, pero me declaró demasiado insignificante para estudiar en USA.
Nunca mencionó, por ejemplo, las becas Funiber, que yo podría haber obtenido si me hubiera esforzado. Cuando las descubrí por mi cuenta, ya era demasiado tarde.
Tampoco dijo nada de los cursos de verano que ofrece la Universidad de Nueva York. Me enteré de ellos por mi cuenta, y pude hacer un taller de escritura en escritura allí, durante dos semanas. No fue imposible para mí.
Ahora, voy a mudarme a Inglaterra, donde podré trabajar, vivir por mi cuenta. Ser libre. Como no pude lograrlo donde vivo, busqué otra manera. Ansió alejarme, volver a empezar, y conocer el mundo.
¿Quién puede decir lo que ocurrirá?

Hay una lección que aprender en todo esto: la gente siempre va a intentar derribarte, y poner piedras en tu camino. No hay que escuchar a nadie que diga que tus sueños son demasiado grandes para vos. Lo difícil lleva tiempo, lo imposible solo tarda un poco más. 
Los errores son, tan solo, desvíos en el camino, un camino que lleva a donde debés estar.

miércoles, 3 de junio de 2015

Fucking 30!

Hace algunos años, fui a un seminario dictado por el brillante guionista Robert Mckee, escritor de Casablanca. Quedé maravillada con sus lecciones. Lamenté que la experiencia durara únicamente cuatro días. Compré su libro y, naturalmente, le pedí que lo firmara. Lo dedicó diciendo: “Escribe la verdad”.  Dichas palabras quedaron impresas en mi mente, para siempre.
Esta es la dolorosa verdad: tengo 31 años y solo tuve sexo tres veces. La primera fue una experiencia horrible. Sentí más dolor del que había sentido en toda mi vida. Tenía veinticuatro años. Demasiado grande para ser virgen.
¿Cómo llegue a aquella situación tan peculiar?
A los dieciocho años, comencé a ir a bailar. Hasta entonces, sólo había asistido a unos pocos bailes escolares.  Criada por una madre opresiva; y encontrándome desprovista de amigos, no tuve la oportunidad de salir de noche hasta una edad tardía.
El último año del secundario, una joven, a quien llamaré Dalia, se convirtió en mi mejor amiga. Hasta aquel momento, mi única amiga era una joven cuatro años menor que yo. Salir a bailar con ella no era una opción. En cambio, con Dalia concurríamos cada quince días a un boliche mediocre y antiguo. (Mi propio padre solía beber allí). Rara vez nos retirábamos del lugar antes de la salida del sol.
El antro de perdición”, lo llamaba Dalia. ¡Y de verdad lo era! 
Allí, yo bebía cerveza, aunque no me gustaba el sabor. Y besaba hombres, los cuales eran, en su mayoría, menos atractivos que Hugo Chavez en calzoncillos. Me divertía llevar la cuenta de cuantas lenguas acariciaran la mía. Me enorgullecía “tranzar” (“chapar”, para los viejos) con muchos jóvenes, pues me hacía sentir atractiva. “La noche de los cuatro chicos”, que ahora me mortifica, levantó mi espíritu en aquel momento. 
Dejé de contarla cantidad de sapos besados después del número treinta.
¿Cuál fue el resultado de tal comportamiento desviado?
No logré absolutamente nada.
Esperaba encontrar un príncipe. Iba a aquel boliche lleno de humo, vestida de manera vulgar, en busca de un novio. Nunca sucedió.
Cerca de los veinticinco años me aburrí de tal rutina.
Ahora paso los fines de semana con mi actual mejor amiga, la llamaré Belén, mirando series de televisión norteamericanas; y comiendo pizza como condenada a muerte.
No significa que no nunca veo hombres. Conocí varios en mis clases de inglés y la universidad. También tuve compañeros de trabajo. No resultó.  
En los últimos cinco años besé a un total de dos hombres. ¿O tres?  
Me encuentro en mis 30, y más sola que nunca. Con una única mejor amiga y sin un alma gemela con quien compartir mi cumpleaños.
Gracias a mi independencia, puedo soñar con locuras, como mudarme a Nueva York, o unirme a Reporteros Sin Fronteras. No tengo un hombre que me ate a mi ciudad natal, lo cual es bueno. Sinceramente, no quiero desperdiciar mi vida en esta ciudad chata, donde reina la mediocridad, cuando hay un mundo enorme para ver.     
Pero, de tanto en tanto, las noches son frías y largas. Soy invadida por el deseo dormir en los brazos de alguien y despertar con un hombre a mi lado. Por supuesto, anhelo experimentar un momento de máxima cercanía con un hombre. Imagino que nada debe ser mejor que explorar el cuerpo de otro.
Tal meta podría cumplirla sin quedar atada, por siempre, a esta ciudad que llegué a detestar.
¿Es suficiente?
Hoy en día, ser una mujer soltera no es tan espantoso como lo era en otras épocas. Podemos trabajar de lo que deseemos, ya no necesitamos un hombre que nos mantenga. Y si deseamos tener un hijo, es posible buscar un donante de esperma.
No obstante, la sociedad todavía juzga a las mujeres que, pasados los treinta y cinco, no se han casado.
La tercera década llega cargada de presiones.
Se supone que es la mejor década de la mujer. Es cuando ya sabés quien sos y que querés. Te encontrás bien asentada en una profesión, ganando más dinero que nunca. Se acabó aquello de trabajar por monedas, para adquirir experiencia. Además, ya tenés tu propia familia, o estás muy cerca de ello.   
¿Qué pasa cuando, a los 31, estás soltera y sin trabajo? ¿Qué ocurre cuando tenés que vivir con tu madre y necesitás pedirle dinero para salir con tu amiga, como una adolescente?
Al llegar a los treinta, descubrís que la mayoría de tus conocidos  se encuentran casados y con hijos.
Tengo como amigos en el Facebook a mis ex compañeros de secundario. Los agregué a mis contactos, lo admito, esperando  descubrir que sus vidas desembocaron en un completo desastre, que las mujeres engordaron diez kilos y se llenaron de canas prematuras. En vez de eso, descubrí que la mayoría de ellos se ha casado y tenido hijos. La única gordita fracasada soy yo.
Probablemente las personas que tanto envidié porque se casaron jóvenes terminen divorciados antes de los cuarenta. (Sé que algunos ya lo están, de hecho). Pero no puedo evitar sentir que fallé. ¿Qué está mal conmigo?  
Incluso Dalia encontró pareja. Llegar a los treinta la cambió. Un buen día, despertó y decidió que era momento de “Sentar cabeza”. Se ató de inmediato al primer hombre que encontró. La última vez que la vi planeaba tener un hijo antes de cumplir treinta uno. Porque “Es lo que hacen los adultos”. La misma chica que, cuatro años atrás, evitaba el compromiso como si fuera una enfermedad. Ella parecía feliz con su novio, un pelmazo aburrido. Ambos sentían estar haciendo lo correcto.
La verdad es que, cuando veo las vidas de los otros me siento como una adolescente. No hay nada más difícil sentirte como una adulta cuando tus años de juventud quedaron atrás sin haber experimentado aquellas cosas que la mayoría de las personas da por sentado: el sexo, el amor, una carrera, el matrimonio y la maternidad.  
De adolescente, me imaginaba a los treinta casada, exitosa y con hijos. Creía que encontraría a mi alma gemela y mi trabajo de ensueño. Nunca se me ocurrió que mi vida  resultaría de manera distinta.     
Belén es parecida a mí. No tiene ni novio ni trabajo. Pero hay una diferencia fundamental: a ella no le importa ser como una adolescente. Mientras que yo sufro y necesito antidepresivos, ella es perfectamente feliz con su vida. Me desconcierta su falta de preocupación por las experiencias que deberíamos haber vivido a nuestra edad.
Me desconcierta y, al mismo tiempo, me produce admiración. Deseo ser más como ella.
Yo sufro pensando en todas esas personas que ya tenían el mundo a sus manos a mi edad. Leer  las biografías de quienes lograron grandes cosas a los veinticinco me resulta una tortura que debería estar prohibida por la convención de ginebra.
Pero en la vida no existe un botón de rebobinado.
Sólo existe el luchar para alcanzar un futuro por el que valga la pena vivir.
Así que, cargué mi equipaje y me subí (aunque sea con retraso) a ese tren que lleva a la estación llamada Lo Que Quiero Ser. Pero no puedo evitar ser como una niña, preguntando una y otra vez:
                                              Mami, ¿Ya llegamos?  


lunes, 13 de abril de 2015

Somos nuestra historia

No nací siendo una Licenciada en Comunicación Social depresiva, solitaria y adicta a las series norteamericanas, que sueña con ser periodista y vivir en Nueva York.  
Mi historia comienza cuando una mujer neurótica se casó con un hombre alcohólico. 
Llegué al mundo un 20 de enero, capricorniana. La astrología me define como ambiciosa, melancólica, racional y calculadora, casi maquiavélica. Las personas de mi signo, en teoría, son perseverantes y exitosas. La realidad dice que mis ambiciones son muchas, mis sueños son grandes, pero me falta tenacidad. Tengo baja tolerancia para el fracaso. Caigo en un pozo depresivo cada vez que fallo, lo cual ocurre seguido. La perseverancia no me caracteriza.
Nacida en 1984, pertenezco a la generación “millennial”, también llamada “Generación Y” o “Generación Peter Pan”. De acuerdo con los sociólogos, los millennials se caracterizan, principalmente, por el narcisismo: nos gustan las selfies y compartir nuestros problemas personales en los medios sociales.
Vivimos una adolescencia prolongada. Los ritos de la edad adulta, como el matrimonio y la paternidad, son pospuestos. Yo soy un ejemplo extremo de ello.  Todavía vivo con mi madre, sin lograr la independencia económica, aunque tal hecho me avergüence.  
Las generaciones anteriores eran capaces de permanecer en un mismo puesto durante décadas, sin importar lo infelices que fueran.  Los millennials somos más selectivos a la hora de elegir un trabajo, y priorizamos la calidad de vida, el realizar lo que nos gusta, por sobre un empleo estable.  No puedo negarlo. Rechacé varios empleos porque las condiciones me parecieron inaceptables.
Pecamos de algo que en USA se llama “entitlement”. Significa creer que merecemos todo lo que deseamos, solo por existir. Sentimos que nos tienen que proveer de aquello que deseamos. 
No es culpa nuestra. Las personas narcisistas y con sentido de entitlement no nacen, se hacen. La mayoría de los millenials fueron criados por miembros de la Generacion X, generación que fue criada de manera en extremo estricta y autoritaria, con una enorme presión. Los padres X intentaron educar a sus hijos de la manera opuesta, para evitar que estos sufran lo que ellos mismos padecieron de pequeños.  
Entonces, los millenials somos la generación del “trofeo por participar”. Nos educaron con la idea de que todos merecemos un premio, solo por intentarlo. Nos dijeron de pequeños que todos somos ganadores, todos somos especiales. Tal concepto creó una camada de jóvenes que no tolera perder. La realidad es que no todos podemos ser estrellas. Fracasar es una parte natural de la vida, una parte que los millennials no aceptamos.   
Hay otro factor que marcó mi personalidad y dio forma a mi vida, para bien o para mal.
Cargo en mi espalda una pesada cruz. Es la forma en que Dios me puso a prueba, y el gran desafió que dio a mi madre.
Nací con Síndrome de Turner.
Es una falla genética, que consiste en la ausencia de parte de unos cromosomas.
Fui diagnosticada a los siete años. Mi anormal baja estatura delató que existía un problema con mi cuerpo.
Durante diez años, necesite dolorosas inyecciones diarias de hormonas de crecimiento para alcanzar una estatura aceptable. Llegué a medir un metro cincuenta y tres. Por ser la más baja de mi clase, mis compañeros de colegio nunca me respetaron.
Otros signos visibles del síndrome son mi cuello anormalmente corto, dientes apiñados (que corregí a los dieciocho años tras siete de ortodoncia) y mi piel seca e invadida de espantosos lunares, los cuales afloraron cuando cumplí nueve años. Mi antiestética apariencia me convirtió en víctima constante del bullyng, generó el rechazo del único hombre que me importó en mi vida, y provocó que no  me contrataran para varios empleos que solicité. Nunca pude trabajar de promotora, vendedora en una boutique importante o recepcionista, empleos reservados exclusivamente para mujeres bonitas y altas.        
Además, el síndrome causó que sufriera de hipotiroidismo, generando cansancio crónico y sobrepeso.
El síndrome también generó que mis ovarios fueran deficientes. Necesito, de por vida, seguir un tratamiento de reemplazo hormonal. Tal defecto causa desarrollo tardío e infertilidad. Si alguna vez pongo mi vida en orden y decido tener un hijo, tendré que gastar una obscena cantidad de dinero en in-vitro para quedar embarazada.    
Toda mi vida me sentí anormal, dañada. Me sentí como la pieza de un puzzle que no encaja en ninguna parte.
No ayudó que, durante la primaria y la secundaria, fui víctima constante del bullying. Mis compañeros insultaban, con dureza, mi aspecto continuamente.
Para colmo, mi madre siempre me sobreprotegió, tratándome como una discapacitada.
La verdad es que mi síndrome no convierte a quien lo sufre en alguien diferente al resto de las mujeres.
Mis genes causaron mis problemas de salud, pero mi vida anormal se explica por el profundo daño psicológico ocasionado por mi madre, por el hombre que rompió mi corazón y, sobretodo, por mis compañeros de colegio. El bullying deja cicatrices en tu alma que no son fáciles de borrar. El perjuicio que me causaron no pudo ser reparado porque nunca tuve una psicóloga competente.
Diversos factores me convirtieron en quien soy hoy.
Soy producto de mi historia, y viceversa.