Bienvenidos a mi blog!!

En este blog compartiré mis experiencias personales, pasadas y presentes. Esperando que leer mis palabras ayude a las mujeres que pasan, o han pasado, por lo mismo que yo.
Los nombres de las personas mencionadas en mis historias han sido cambiados para proteger las identidades de los aludidos.
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lunes, 22 de febrero de 2016

BIENVENIDA A DONDE SEA QUE TE ENCUENTRES


Welcome to wherever you are
This is your life, you made it this far
Welcome, you gotta believe
That right here right now, you're exactly where you're supposed to be

Cuando decidí mudarme al Reino Unido, muchas personas dijeron que soy muy valiente, y continúan diciéndolo hasta hoy.  Pero no fue coraje lo que me trajo a Inglaterra, sino que mi la desesperación. 
Tras una larga batalla contra la depresión, me gradué de la universidad a los 29 años, con una licenciatura en Comunicación Social. Toda  mi vida creí que, un título universitario, finalmente sería alguien. Eso era lo que mi madre me decía de chica. Resultó ser una gran mentira. La promesa de una vida mejor no se cumplió. Mientras estudiaba, me postule a todas las pasantías o trabajos disponibles (los cuales no eran muchos). Fui rechazada vez tras vez. Un año después de la graduación, continuaba desempleada, viviendo con mi madre.
Lo que deben comprender es que, en Argentina, el atractivo, las conexiones y el carisma son mucho más importantes que cualquier otra cosa para conseguir un buen empleo. Y yo no poseo ninguna de dichas cualidades.
Naturalmente, busque cualquier trabajo disponible, la mayoría no estaban ni remotamente relacionados con los que yo deseaba. Me postulé en muchos trabajos en ventas, ya que solo tengo experiencia en eso. Fui rechazada muchas veces. Excepto las dos veces que me ofrecieron un trabajo, en el cual tendría que trabajar 12 horas diarias, en negro, por menos de 4000 pesos mensuales.
No, no estoy bromeando, ni exagerando. 
Mi única opción realista para mantenerme a mí misma era convertirme en docente de educación secundaria. La idea nunca me agradó. Aunque adoro los bebés y niños, me desagradan los adolescentes. Tal vez porque me recuerdan a todo el bullying que debí soportar en  la escuela, o capaz porque los adolescentes empeoran con cada generación. Se escuchan muchas historias terroríficas  sobre el comportamiento de los estudiantes.    
Lo era aún mas importante: convertirme en docente habría involucrado estudiar sin pago, por dos años mas, y varios años de trabajo muy mal pago. Tengo una buena amiga que es docente desde hace cuatro años, y aún le cuesta alcanzar un buen pasar económico, teniendo un novio con quien compartir los gastos. 
Para mí, irme de mi casa y ser independiente era la prioridad. Primero, estoy muy grande para vivir de otros. Segundo, vivir con mi madre era una autentica pesadilla. Una competencia de gritos tras  otras. Somos demasiado incompatibles para vivir bajo el mismo techo. 
Eventualmente, encontré una agencia llamada Twin Group que me encontraría trabajo en el Reino Unido, por una tarifa, Encuentran a cualquiera un trabajo en hotelería.  En un par de meses, me encontraron en Scarborough, en el Hackness Grandge Hotel. Seria asistente genera, ganando el salario mínimo.
Sintiéndome entusiasmada y con esperanza, llegué a Inglaterra con dos valijas de 25 kilos cada una.
Las primeras dos semanas pasaron sin grandes contratiempos. Lo difícil fue adaptarme a vivir en el medio de la nada, donde se ubicaba el hotel. Y no exagero cuando digo el medio de la nada. Nada excepto granjas, campos inmensos y ovejas durante kilómetros. La parada de colectivo mas cercana para llegar a la ciudad y ver la civilización, estaba a 50 minutos caminando. No bromeo.  La agencia me advirtió que los trabajos serían en pueblos pequeños, sin bares ni vida nocturna, pero jamás mencionaron que, sin auto, no habría manera de acceder a un poco de civilización.
No obstante, tenía trabajo. Finalmente vivía sola, y eso era todo lo que importaba.  
Los verdaderos problemas comenzaron a tres semanas de mi llegada.
El hotel también era utilizado como lugar de bodas, y yo tuve que trabajar en una por primera vez. Una boda extravagante que duró casi todo el día. La ceremonia por la mañana. Canapés y tragos para almorzar. Y la recepción  desde las 4 pm hasta que el ultimo invitado se desmayara de cansancio, cerca de las 2am. Todo mientras las otras áreas del hotel funcionaban regularmente.  
Por la tarde, las sillas y mesas del restaurante del hotel debían ser movidas de la planta baja, al primer piso, sin ascensor. Hice eso con ayuda de dos colegas Búlgaros. Sin embargo, el manager noto que me costaba cargar peso. Y los jóvenes de Bulgaria volverían pronto a su país, lo cual significaba que yo tendría que mover todo sola. Las sillas no eran problema, pero las mesas eran grandes y pesadas. Yo soy una mujer pequeña. Otras mujeres pueden hacerlo, y lo hacen, pero yo no tengo la condición física para tal tarea. 
Al día siguiente, el manager me dijo que vaya a su oficina. Me explico que, durante las bodas, yo tendría que mover el mobiliario sin ayuda, sin ascensor, y en menos de 20 minutos. Yo podría haberlo hecho con ayuda, o en mas de 20 minutos, ya que solo puedo cargar una silla o mesa ala vez. Sin embargo, eso no era suficiente para el manager. Dijo que, si no podía hacer la tarea sola y rápido, tendría que irme.
Me pareció muy poco razonable. Ya que yo podía hacer todas las otras tareas, y otra persona podía mover los muebles. Los búlgaros y yo no éramos los únicos empleados (Una alemana estaba por llegar a trabajar).  Pero el manager no quiso buscar otra solución. (Sin embargo, el ayudante de cocina que vino al trabajo borracho mantuvo su empleo y recibió entrenamiento para un mejor puesto).
Entonces, después de hablar con mi sponsor,  Nicholas Roycroft, me transfirieron a un hotel diferente: The Lamb Inn, en Great Rissington. No sabía que, en ese lugar, conocería al peor empleador que he tenido en mi vida.
Todo resulto bien los primeros dos días de trabajo. Serví el desayuno y aprendí a atender la barra por la noche. Note cierta hostilidad departe de dos chicas con las cuales trabajaba, Tina y Katie, y el entrenamiento era débil, como mucho. Fui ignorada la mayor parte del tiempo, y tuve que aprender a hacer el trabajo con pocas explicaciones. Sin embargo, estaba aprendiendo. Me sentía confiada en que mejoraría pronto.  (Antes de mudarme a  Inglaterra no tenia experiencia como camarera, menos bartender).
Durante mi tercer día de trabajo, me dijeron que planche las sabanas del hotel. Cuando estaba doblando una sabana grande, la plancha se cayó de la mesa y quemo la alfombra. Continué haciendo mi trabajo, hasta que alguien finalmente apareció para ver como iba y traer más sabanas, momento en el cual explique lo sucedido.
Una hora después, el manager  dijo que le costaría mucho dinero reemplazar la alfombra, así que yo tendría que irme.  También dijo que, en general, yo no le servia para nada, que nadie le dijo que mi audición era mala, y que mi inglés no era tan bueno como le dijeron los de la agencia. 
Se negó a darme otra oportunidad. Simplemente me despidió de una, sin periodo de prueba, sin darme tiempo razonable para mejorar.
El hecho de que estuviera tan ansioso por deshacerse de mí me pareció sospechoso, para decir poco.  Mi radar para detectar discriminación comenzó a sonar con fuerza. Un pensamiento en mi mente: El decidió despedirme en cuanto me vio, solo necesitaba una excusa. Me echo porque soy muy baja (1,52), algo excedida de peso y no atractiva, detalles que la agencia nunca comunicó.     
Me baso en mi experiencia personal. Fui discriminada por mi exterior toda mi vida. Uno no sobrevive 10 años de bullying, y  una vida de soltería, sin aprender algunas cosas.  Se demasiado bien como reacciona el mundo al verme.
Además, el hotel tenía una empleada llamada Mimi que llevaba tres semanas trabajando, pero ni siquiera sabia usar la maquina de café, ni sostener la bandeja. La tomaba de los bordes, como quien se lleva el desayuno a la cama. En efecto, Mimi me pidió a mí que la ayudara cuando debía servir café, porque ella no se animaba a descargar la bandeja y sostenerla al mismo tiempo. Pero ella es alta y hermosa, y una mujer así puede ser inepta. A mi me despidieron al tercer día por un accidente.    
Hablé con la agencia, otra vez, esperando cambiar de hotel una vez más. Pero, esta vuelta, Twin Group me abandono por completo y me culpó a mí por todo lo sucedido. Ellos fueron gran parte del problema.
Primero que nada, me prometieron que recibiría entrenamiento apropiado, lo cual no fue verdad.  Me preocupaba mi falta de experiencia. Y a mi tía le preocupaba que me despidieran enseguida, al primer error. Le comunicamos nuestros temores a quien representa a la agencia en Mar del Plata, Noelia Salerno. Ella prácticamente juró que el empleador me enseñaría y seria paciente, porque sabe que yo tengo cero experiencia. Nada de lo que ella dijo resulto ser cierto.
Segundo, yo ESPECIFICAMENTE, en los términos mas claros posibles, le pedí que revelara mi altura al empleador. Ella se rió, y dijo que mi altura se considera normal y no habría ningún problema. Yo insistí, sabiendo, por experiencia, que mi baja estatura provoca rechazo. Temía que el empleador se arrepintiera de contratarme al verme. Ella deshecho mis preocupaciones.     
La realidad fue que mi primer empleador quería que yo levante peso excesivo, sola, en menos de 20 minutos. Si el hubiera sabido mi tamaño antes de contratarme, se  habría dado cuenta de que yo no podría cumplir. O, si la agencia me hubiera advertido que el trabajo involucraba dicha tarea, yo no habría aceptado trabajar para ese hotel. Claro, me advirtieron que el trabajo involucraría todo tipo de tareas, pero no aclararon que algunas requerirían una fuerza física mayor a la mía.
Para empeorar todo, la agencia no declaró mis problemas de audición, y eso fue uno de los motivos que el segundo empleador, Paul Gabriel, dio para despedirme. Por cierto, despedir a alguien por dificultades auditivas el ilegal, no solo inmoral. Pero ese hecho no importó a la agencia.
Naturalmente, Paul Gabriel nunca admitió que mi apariencia y mala audición fueron los problemas. Quien lo haría? Despedir a alguien por esas razones, repito, es ilegal. Por tanto, al hizo lo que cualquier empleador habría hecho: mintió sin vergüenza.
Dijo que ataque a otra empleada, lo cual es ridículo. Apenas levante mi voz a una joven colega, porque ella, por razones que no comprendo, le mintió al manager, diciendo que yo me queje de tener que planchar, cosa que Paul menciono al despedirme. Tras ser despedida,  me enoje naturalmente, y quise saber porque la chica inventaría tal cosa.  Antes de eso, apenas habíamos intercambiado tres palabras. Casi todos los empleados me ignoraron, incluso las dos chicas que debían entrenarme. Por tanto, no pude haberme quejado de mi trabajo con nadie. Cuando? Si pasaba casi todo el día en mi habitación, sola, o trabajando. Además, planchar no era algo que me molestara.  Entonces, le pregunte a la chica: porque mentiste? Te das cuenta de lo que hiciste?  Eso fue todo. Paul exagero para justificarse y esconder sus propios prejuicios.
Vale aclarar, que jamás me pregunto si yo, en efecto, me había quejado. El hecho de que Paul automáticamente eligio creerle a la otra chica, sin siquiera escucharme, demuestra que estaba ansioso por utilizar cualquier excusa para deshacerse de mi.
También alego que yo intente esconder el incidente con la plancha, lo cual no fue así. Cuando una de las jóvenes supervisoras finalmente apareció, le mostré la quemadura. Luego, la cubrí con una alfombra pequeña, para que los huéspedes no la vieran. Después, otra supervisora apareció, y le expliqué lo ocurrido. Sin esconder, ni mentir. ¿Porque le mostraría la quemadura a la primera supervisora si quería esconderla? ¿Acaso soy tan imbesil como para confiar en una chica que me ignoró cuando debíamos trabajar juntas, en lugar de enseñarme?   
El punto es que estaba por convertirme en sin-techo, además de desempleada, porque The Lamb Inn me habia dado housing. Había fracasado, como muchos creían que lo haría. A regañadientes, Paul acepto que me quedara tres días (como si eso fuera suficiente tiempo para encontrar casa y trabajo, o incluso conseguir un vuelo para regresar a Argentina), pese a que la habitación de empleados tendría una cama disponible por mucho mas tiempo.
La situación estaba empeorando, se me terminaba el tiempo y el dinero.
Por fortuna, un grupo maravilloso de personas acudió a mi rescate. Mi madre, miembro extremadamente activo de la Iglesia Metodista Argentina, llamo al Obispo, quien contactó a dos buenos amigos que viven en Cumbria. Ellos no podían hacer mucho debido a unas grandes inundaciones en su área, pero me presentaron a un Reverendo, Simon Toppin, en Stroud, un pueblito de Inglaterra. El me  encontró una habitación Asbury Overseas House, en Birmingham, y la Iglesia de Cumbria pago el primer mes de alquiler. Estoy extremadamente agradecida por la ayuda.
Fe en la humanidad: restaurada.
Tan vergonzosa como fue para mi toda esta situación, habria sido mucho mas humillante volver a mi pais, enfrentar a todos mis conocidos como una fracasada, sin un logro en absoluto.
Ahora sigo viviendo en Birmingham, una ciudad maravillosa y multicultural, llena de posibilidades. Aún tengo que luchar duro. Pero continuo dando pelea, como el junco que se dobla pero siempre vuelve a estar en pie.
Me encuentro mas cerca que nunca de todo lo que siempre quise.   

sábado, 6 de febrero de 2016

La tormenta perfecta

Como muchos millenials, pase demasiado tiempo estancada en una  adolescencia tardía. A los 31 continuaba sin trabajo, sin ganarme la vida, viviendo con mi madre. No encontraba la forma de volar por mi misma. 
Algunos dicen que es culpa mía, que no intente con suficiente ahínco encontrar trabajo, que soy demasiado selectiva. Otros más inteligentes culparon Mar del Plata, ciudad que ha liderado el ranking de desocupación de la Argentina durante años. Muchas veces, yo culpaba a mi apariencia. 
La verdad es que, nunca, las cosas ocurren por un único motivo. Distintos fenómenos colisionan, formando esa tormenta perfecta que denominamos: circunstancias.
Nací en una ciudad desfavorable para mi profesión. Pocos lugares en los cuales ejercer el periodismo, la comunicación empresarial, o el marketing. Y, en general, hay que insertarse mediante amistades.
- Trabaja de lo que sea- me dijeron.  
- okay- acepte yo.
Abrí los clasificados del diario local, día tras día. Esto es lo que encontré:
Un 40% de avisos en los que se solicita personal de sexo masculino.
Un 30% solicitando títulos o aptitudes que no tengo (Por lo general contadores, abogados, secretarias jurídicas, administrativas con conocimientos de contabilidad, construcción, peluquería, maestra jardinera u operario de maquinaria)
El restante?
Avisos solicitando camarera: Edad, de 18 a 25 años. (A veces, con suerte, la edad se estira hasta los 27, o los 30). Excelente presencia. Con experiencia comprobable. Para los restaurantes de Mar del Plata, ya no tengo la "juventud", que, como todos sabemos, es tan vital a la hora de servir comida y limpiar mesas (Sarcasmo!). Experiencia nunca tuve, menos comprobable. 
Avisos solicitando mucama de hotel: Edad de 18 a 25 (o 30, como mucho), con experiencia comprobable. Experiencia como mucama tengo, pero no es comprobable.
Se solicita recepcionista: edad, menor de 35, experiencia comprobable, excelente presencia. Tengo experiencia y la edad correcta.  
Me sugirieron que ponga en el CV a mi tía Betty como referencia, y que ella se haga pasar por ex empleadora, para inventar la experiencia que necesitaba. Pero ella se negó de manera terminante, por motivos morales. Claro, después me acuso de no querer trabajar, pero cuando le propuse esa idea para que yo consiga trabajo le pareció inapropiada.   
Anyway…
Otros avisos solicitaban promotora: edad, feto recién salido del vientre…. Okay, eso no… pero casi. Requisito mas importante: tan bella y alta como una top-model.  Por razones obvias, para este trabajo, que si abunda en mi ciudad, nunca pude siquiera presentarme.  
Una sola vez tuve una oportunidad de ser promotora. Una clienta ofreció recomendarme para estar fuera de las camionetas donde se hacían los DNI, promocionado el servicio. La clienta aclaró que, en ese caso, no era necesario ser linda, por lo cual yo tendría una oportunidad. Me sentí demasiado ofendida y nunca me presenté, cosa que me madre jamás me dejo olvidar. En aquel momento yo estaba en un pozo depresivo, por lo cual me afectaron sus palabras.
Pero, entonces... a que avisos PODÍA presentarme?
Me quedaban aquellos solicitando vendedora, siempre y cuando no exigieran una edad menor a la mía. Me postule para tales empleos una y otra vez, sin mucho éxito.
Cada muerte obispo, surgía una vacante para un trabajo que despertaba genuinamente, y mucho, mi interés: Pasantias en el diario La Capital o alguna radio. Encargada de Comunicaciones del Museo Bruzzone (No me contrataron, pese a que fui la única que se tomo la molestia de llevar un plan de comunicación hecho). Asistente de Marketing (UN aviso. Me llamaron para una entrevista, no me contrataron, ni se molestaron en atender mi llamado, cuando quise preguntar que hice mal). 
Una vez surgió una pasantía en una revista de la facultad, a la cual envié un artículo hecho con mucho esfuerzo. Fui rechazada, y pusieron excusas para ocultar que contrataron por amiguismo. Dijeron que el artículo no tenía suficiente opinión personal, cuando nunca aclararon si había que enviar artículos de opinión o informativos. No todos los artículos periodísticos deben, obligadamente, ser subjetivos, se permite intentar cierto nivel de objetividad.  Una vez más, la facultad me jugaba una mala pasada.    
Porque nadie quiere contratarme?, me preguntaba una y otra vez, mientras mi barco se sacudía.
Un segundo viento en contra: mi apariencia. Cara llena de lunares, 1,52 de estatura, ojos espantosos, ridículo cuello extremadamente corto y ancho. Y, desde el 2007, sobrepeso. Seria idiota, o extremadamente idealista (Hay diferencia?) decir que una mujer con tal aspecto, aunque use maquillaje, aros y tacos (elemento de tortura que debería haber prohibido la convención de Ginebra), no tiene las puertas cerradas en muchos lados.
Tercer frente desfavorable: el gobierno. Al ser abiertamente opositora a la tiranía K, nunca tuve chances de encontrar empleo en el sector público. Fui a pedir trabajo a la municipalidad, varias veces, sin éxito. Una clienta, casi-casi, me consigue trabajo monitoreando cámaras de vigilancia. Pase dos entrevistas, sin conseguir el empleo. Otra clienta, intento que me contrataran como secretaria en el hospital materno infantil. El empleo fue para un militante de La Campora.
Sin embargo, una joven de 26 fue contratada como Presidenta del Banco Nación, sin experiencia y con títulos que resultaron ser falsos. Pero a mi no se me considera capaz de monitorear cámaras, ser secretaria, camarera, vender ropa, caminar por la costa repartiendo pavadas que, en su mayoría, terminan en la basura, etc...
Normal que mi frustración y amargura crecieran día a día. 
Un tercer ciclón que se uniría a los otros: mi propia ineptitud social. Porque, algunos vientos desfavorables, son generados por nosotros mismos.
Al tener problemas para socializar (Debido al Síndrome de Turner), nunca tuve demasiados amigos, ni conocidos, con posibilidades o inclinación para recomendarme a algún empleador.
Mi ex amiga Dalia consiguió su mejor trabajo solo porque un chico se enamoro de ella, e hizo que la contrataran como camarera una confitería de lujo. (Que ese fuera el mejor trabajo que tuvo es triste, pero bue… Al menos recibía un sueldo)
Una joven de mi facultad consiguió empleo en una radio, solo por ser mejor amiga de otro joven que trabajaba allí. Cuando me enteré, caí en otro pozo depresivo y me quejé durante semanas.  Las horas que pasé llevando CVs a todas las radios habían sido un desperdicio.
Como esos, conozco cientos de casos.
Una clienta me dio trabajo en su tienda de ropa, pero se traslado a Buenos Aires y perdí el empleo.
Solo una de las 1000 amigas que tiene mi madre intento conseguirme trabajo como empleada administrativa (Pero, eso si, para criticarme conté con las 1000). No obstante, la potencial empleadora contrato a su propia sobrina. 
Intenté buscar trabajo en Buenos Aires, pero no contaba con dinero para mudarme y probar mi suerte. Por tanto, debía asegurarme un trabajo en la ciudad capital antes de mudarme a ella. Me anoté en un sitio web de búsqueda de trabajo, y envié por Internet más de 200 solicitudes de empleo.  Solo recibí un llamado, y era porque el empleador no había puesto atención al leer el CV y creía que yo ya vivía en Buenos Aires. Cuando explique mi situación, termino la conversación sin que me permitiera, siquiera ir a una entrevista o entrevistarme mediante skype.
Mi depresión también fue un serio obstáculo.  No solo impidió que me recibiera de joven, sino que me mantuvo en la cama, sin siquiera intentar algo durante mucho tiempo. Estaba convencida de que nunca conseguiría un buen empleo, por lo cual me di por vencida. Mi cerebro ya vino programado para ver el vaso medio vacío, y las malas experiencias vividas no ayudaron.

Mientras tanto, todos los conocidos dieron opiniones y criticaron. Vieron mi fracaso, pero desconocían las tormentas por las que yo debía atravesar. Una unión de tormentas que la mayoría de las personas ni siquiera sabe que existe.  Y no seria la ultima… 

domingo, 30 de agosto de 2015

El camino difícil


Cuando uno es niño, los adultos de tu vida tomaban todas las decisiones que afectan tu vida. Como yo fui criada únicamente por mi madre, ella era la única persona que eligió el camino que seguiría hasta ser adulta. No había otra persona dispuesta a intervenir, a opinar.
Algunas decisiones de mi madre fueron acertadas, como la de separarse de mi padre, a tres años de casarse. Me alegra no haber convivido con un padre sin intenciones de abandonar la bebida. Además, descubrí que, si un matrimonio no funciona, es mejor divorciarse cuando los hijos son pequeños. Durante mi infancia, vi a varios compañeros de colegio sufriendo horrores las rupturas sentimentales de sus padres. Todos tenían dificultades para adaptarse a la situación nueva. Pero yo estaba acostumbrada a que padre viviera en otra casa. Era natural, para mí, verlo cada tanto.
Que vaya a trabajar a Estados Unidos, cuando yo tenía 17 años, dejándome a cuidado de la tía Betty, fue lo mejor que nos pudo pasar.
En cambio, otras decisiones tomadas por mi madre no fueron tan acertadas. Permitirme cambiar de colegio constantemente resultó ser un error. El ser siempre “la nueva” solo empeoró el bullying.
Al crecer, me convertí en responsable de mis propios tropiezos.
Mi primer error grave lo cometí a los dieciocho años.
Mi madre vivía en California; yo, con mi tía Betty. Teníamos un plan, yo me iría a Estados Unidos al terminar el secundario. Los ataques del 11 de Septiembre dificultaron la situación,  ya que resultaba mucho más complicado conseguir visa para entrar a Norteamérica. Sin embargo, podría haberlo intentado. Con esfuerzo, podría haber logrado reunirme con mi madre. Pero me acobardé.
Mi tía Betty siempre me decía que, de mudarme a Estados Unidos, terminaría “sirviendo hamburguesas” por el resto de mi vida. Según ella, una latina jamás conseguiría un trabajo importante en aquél país, porque enfrentaría discriminación. El tener trabajos insignificantes, y no ser nadie, por los siguientes cincuenta años me resultó aterrador.
Decidí quedarme e ingresar a la universidad. Pero ¿Qué estudiar?
Me tome un año sabático, en el 2002, mientras decidía que hacer con mi vida. Miraba doce horas de televisión diaria y me reunía con mis amigas. También estudié inglés e hice un curso de auxiliar de jardín maternal.
Ahí comenzó mi amor por la lengua de Shakespeare. ¿Sería profesora de inglés? Descarté esa idea rápidamente, ya que nunca me gustó la enseñanza. ¿Sería maestra de jardín? Siempre tuve debilidad por los niños, pero la idea de tratar con 20 al mismo tiempo me pareció abrumadora.
Finalmente, tomé una decisión: sería periodista gráfica. Me gustaba la idea de investigar y escribir. En aquél entonces, podía estudiarse periodismo en el instituto Ieres, o periodismo deportivo en DeporTea. Pero el deporte no me gusta. Además, deseaba obtener una Licenciatura. No me conformaba un título terciario. Por tanto, decidí estudiar Licenciatura en Comunicación Social. ¿Dónde? En la Universidad FASTA, de Mar del Plata.
Terminé profundamente decepcionada.
La carrera era perfecta para mí. Me permitía adquirir un conocimiento básico de una variedad de temas interesantes. Pero el nivel académico de FASTA es mediocre, y la universidad no produjo los resultados que yo esperaba.
Recibí el primer golpe durante mi segundo año. Cursé la materia “Géneros Informativos”, la cual me encantó y confirmo que el periodismo era la profesión para mí. Sin embargo, durante una clase, la profesora, Romina, dijo que invitaría a dos alumnos a una cena importante, con periodistas del diario “La Capital”. Yo fui ignorada. Invitó a un joven, a quien llamaré Juan. Él era muy capaz, pero yo también. ¿La diferencia? Romina tenía afinidad personal con él. Le caía bien. Era más carismático. Ella nunca se molestó en conocerme.
En Argentina, la amistad y el carisma son mucho más importantes que la capacidad y las ganas, a la hora de conseguir trabajo.  Además, en todo el mundo, la gente de baja estatura no es respetada. Se nos considera insignificantes.
Juan fue a la cena y conoció a todos los periodistas de La Capital. Cuando el diario ofreció pasantías, ¿A quién creen que eligieron? ¿A mí? ¿O al pibe simpático con quien compartieron una cena?
Él obtuvo el puesto. Adquirió la experiencia y los contactos que lo llevaron a trabajar para un diario mucho mejor.
¿Yo? Sufrí un golpe a mi ego, una desilusión de la cual nunca me recuperé por completo.  
Durante mis años de estudio, me postulé para varias pasantías. Fui ignorada cada vez.
En el tercer año, la única amiga que tenía en FASTA dejó de hablarme, dijo que simplemente no me quería.
Cuando, al tiempo, desaprobé un examen final por segunda vez, caí en un pozo depresivo. Se trataba de la materia más difícil de toda la carrera. La mayoría de los alumnos fallan en el examen final, al menos una vez. Pero yo me sentí desalentada.
Fue entonces que abandone la universidad por primera vez, y tomé un trabajo de vendedora en un stand de ropa.
Al año siguiente, decidí estudiar realización de cine. Muy pronto, me di cuenta que esa profesión no era para mí. Adoro las películas, pero no hacerlas.  El cuatrimestre que pasé en el instituto Bristol, estudiando cine, me sirvió para cono conocerme un poquito más.
Convencida de que el periodismo era mi vocación, decidí darle a FASTA una segunda oportunidad. Con renovado entusiasmo, aprobé varios exámenes y perdí quince kilos.
A finales del 2008, a los 24 años, logré lo que soñaba desde los dieciocho. Entré en un programa para trabajar en Estados Unidos. Pasé cuatro meses fantásticos, aunque llenos de desafíos, trabajando en Colorado. Culminé la experiencia con un mes inolvidable en Nueva Jersey, visitando Nueva York, Philadelfia y Washington DC.
No obstante, regresar fue horrible. Volví a hundirme en el profundo océano de la depresión, sin lograr ver orilla alguna.  
Después de haber visto la Universidad de Princeton, estudiar en FASTA hizo que me sintiera insignificante, como una hoja en un bosque.
Tras haber saboreado la libertad, vivir con mi madre me resultó insoportable. Ella no dejaba de recordarme, que mi amiga Valeria, y su prima, regresaron con grandes sumas de dinero tras trabajar en USA.
Lo peor fue que FASTA continuó  tratándome como un saco de boxeo.
El profesor de una materia en la cual sobresalí, deseaba que yo fuera su ayudante de cátedra. Habría obtenido descuentos en la cuota de la universidad y experiencia profesional, con aquél trabajo. Me sentí muy ilusionada. No obstante, el encargado de otorgar pasantías, dijo que no.  
Siempre me pregunté si él fue quien boicoteó mis otras oportunidades de obtener pasantías. Me resultó muy extraño que, tras años de postularme para ser pasante en diversas empresas, nunca me hayan contratado. Todos mis compañeros de universidad, todos, obtuvieron alguna pasantía en determinado momento.
Caemos nuevamente en el tema de las afinidades personales. Al no ser yo una persona carismática, carezco de amigos con posibilidades de ayudarme.
Una vez, recurrí a otro profesor de FASTA, encargado de los programas que ofrecía la universidad para estudiar en el extranjero, llamado Frank. Yo deseaba estudiar en Estados Unidos, pero no sabía cómo lograrlo, necesitaba orientación. Él me dijo que yo nunca podría estudiar en Estados Unidos, pues el nivel de esas universidades es demasiado elevado para mí, y es muy difícil ingresar. Sugirió que vaya a estudiar a Perú o México.
Su idea no me interesó. Dejé su oficina con el corazón destrozado.
Pasé por otra larga época de profunda decepción, en la cual descuidé mis estudios. Apenas podía levantarme de la cama. Me parecía inútil estudiar, si nunca podría lograr mi sueño. Todo se tiñó de negro.
Nunca me costó aprender los contenidos de las materias, ya que el nivel de FASTA es muy bajo y nunca me faltó inteligencia, pero mis pensamientos negativos se interponían en mi camino.
¿De qué me serviría el título, si no podría seguir estudiando donde yo quería? ¿Para qué recibirme, si nadie valoraba mis logros? ¿Para qué explotar mi inteligencia, si el mundo solo se interesa por el exterior? ¿Me contrataría alguien sabiendo que me recibí de una universidad de bajo nivel académico?  
Con todo, intenté luchar contra la depresión y completar mis estudios. Yo fui criada con la idea de que una persona no puede “ser alguien” en la vida sin un título universitario. Pensé que, incluso un diploma de una mala universidad, era mejor que nada.
Cambié de terapeuta, y ajustaron mi medicación.
Finalmente, logré recibirme. Me convertí en Licenciada en Comunicación Social. Aunque los años de depresión hicieron que mi promedió fuera bajo, tenía un título universitario.  
Sin embargo, no lograba insertarme en el mundo laboral.
Hice todo lo posible. Hablé con todos mis conocidos, repartí curriculums, y envié cientos por internet, me inscribí en varias páginas de búsqueda de empleo. Incluso baje mis estándares, ya no buscaba empleo en los medios, comencé a buscar trabajo de lo que fuera.   Casas de ropa, negocios… nada.
Me llamaron de un bazar para que trabajar 12 horas diarias, por el salario mínimo, y en negro. Me contrataron para vender cursos… 2 horas diarias, por 3000 pesos mensuales, también en negro.
Me sentía descorazonada. Confié en la universidad, y en mi país. Me quedé porque creía que aquí podría obtener un buen trabajo.
¿Debería haberme mudado a Buenos Aires y estudiar en la UBA? Por mucho tiempo, creí que sí. Entonces, intenté hacer una maestría en la Universidad de La Plata. Pero aprendí a la manera a la manera difícil que las carrera de comunicación y periodismo en las universidades estatales están demasiado contaminadas por el gobierno. Solo te enseñan mentiras, y las ideas opuestas no son bienvenidas.
Debería haber luchado más duro para cumplir mi sueño de estudiar e Estados Unidos. Frank me dijo que era imposible. ¿Por qué lo escuché? Él no sabía nada de mí, pero me declaró demasiado insignificante para estudiar en USA.
Nunca mencionó, por ejemplo, las becas Funiber, que yo podría haber obtenido si me hubiera esforzado. Cuando las descubrí por mi cuenta, ya era demasiado tarde.
Tampoco dijo nada de los cursos de verano que ofrece la Universidad de Nueva York. Me enteré de ellos por mi cuenta, y pude hacer un taller de escritura en escritura allí, durante dos semanas. No fue imposible para mí.
Ahora, voy a mudarme a Inglaterra, donde podré trabajar, vivir por mi cuenta. Ser libre. Como no pude lograrlo donde vivo, busqué otra manera. Ansió alejarme, volver a empezar, y conocer el mundo.
¿Quién puede decir lo que ocurrirá?

Hay una lección que aprender en todo esto: la gente siempre va a intentar derribarte, y poner piedras en tu camino. No hay que escuchar a nadie que diga que tus sueños son demasiado grandes para vos. Lo difícil lleva tiempo, lo imposible solo tarda un poco más. 
Los errores son, tan solo, desvíos en el camino, un camino que lleva a donde debés estar.

martes, 28 de abril de 2015

Mi Tia Sarita

Una vez al año veía a mi tía Sarita. El destino nos colocó a cuatrocientos kilómetros de distancia. Por lo cual estoy agradecida.
Mi tía Sarita jamás puso pie en una universidad, pero cree que es jueza. Opina sobre todo y todos. Su boca carece de filtro. Dispara dardos envenenados. Tal actitud es un rasgo familiar. 
Mi tía Sarita, sentenciosa como pocas, me otorgó el título de vaga.
Me recibí de la universidad tardíamente, admito. Pero me esforcé para terminar mis estudios.
Hablo dos idiomas. ¿Mi tía Sarita hablaba dos idiomas cuando tenía mi edad? No. 
Quien escucha hablar a mi tía Sarita cae en el error de pensar que yo nunca trabajé en treinta y un años de vida. Vendí cosméticos por más de una década. Trabajé en una tienda de ropa durante un verano. Caminé casi toda la ciudad haciendo encuestas durante un mes. Todo un verano recorrí las hermosas playas de Mar del Plata vendiendo perfumes más falsos que un billete de tres pesos. Trabajé en los Estados Unidos durante cuatro meses. Allí fui empleada de una guardería y mucama de un hotel. Tuve que fregar pisos y limpiar inmundos inodoros  durante ocho horas diarias. ¿No es eso acaso trabajar?
Mi CV es corto. ¡Si lo sabré! Pero no soy ajena al trabajo. No desconozco los tormentos causados por una supervisora que hace que el personaje de Meryll Streep en “El Diablo viste a la moda” parezca un ángel.       Otra falsedad forjada por mi Tía Sarita es la creencia de que no trabajo porque no es mi deseo. 
He hecho todo lo que alguien que busca un trabajo debe hacer. Leo el diario todos los días y me postulo a aquellos puestos para los que califico. Recorrí el centro de la ciudad repartiendo curriculums (ejercicio que resultó ser una completa futilidad).  Asistí a entrevistas laborales. Vez tras vez sufrí la profunda decepción de no recibir el llamado tan esperado.
Mi tía Sarita trabajó toda su vida sin detenerse. Nunca fue golpeada por el drama de la desocupación. No concibe que alguien simplemente no consiga trabajo. Y me envidia. Envidia el hecho de que, aunque yo no trabaje, vivo mejor que ella. Engendra bronca dentro el ella el hecho de que no necesito trabajar. Busco trabajo porque lo deseo. Tengo todo lo que necesito. Casa grande. Ropas caras. Y hasta viajo de tanto en tanto.
Mi tía Sarita, quien trabajó como una burra toda su vida, apenas tiene un minúsculo departamento. ¿El cual compró con el sudor de su frente? No. Lo obtuvo gracias a una herencia y a un préstamo. Además, en su hora de necesidad, recibió ayuda de sus hermanas. Sin embargo se cree con derecho a criticar lo que yo tomé sin esfuerzo.   
En la mesa familiar se me compara constantemente con su hija, mi prima Lupita, quien completó una carrera universitaria mientras trabajaba arduamente, pues la tía Sarita jamás le dio ni un pase para el subte. No contaba los medios para ayudarla. Eso le duele. Ver a mi madre quitarme un peso de mis espaldas le recuerda lo que ella misma no pudo hacer. Y le duele. 
La lucha diaria de mi tía Sarita jamás fue compensada mientras que, a su entender, mi supuesta vida de haraganería me ha dado todo. Como si yo, en efecto, lo tuviera todo. ¿Lo tiene alguien?  Mi constante lucha contra la mala salud es ignorada en las conversaciones familiares.
La tía Sarita también envidia mis dones dados por el Dios en quien no cree. Ella nunca se destacó en nada. Nunca fue el lápiz más afilado de la cartuchera.
Envidia mi potencial. Ve el futuro que tengo por delante. Ve hasta donde puedo llegar. Y se amarga.

Simplemente envidia.