Bienvenidos a mi blog!!

En este blog compartiré mis experiencias personales, pasadas y presentes. Esperando que leer mis palabras ayude a las mujeres que pasan, o han pasado, por lo mismo que yo.
Los nombres de las personas mencionadas en mis historias han sido cambiados para proteger las identidades de los aludidos.
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sábado, 6 de febrero de 2016

La tormenta perfecta

Como muchos millenials, pase demasiado tiempo estancada en una  adolescencia tardía. A los 31 continuaba sin trabajo, sin ganarme la vida, viviendo con mi madre. No encontraba la forma de volar por mi misma. 
Algunos dicen que es culpa mía, que no intente con suficiente ahínco encontrar trabajo, que soy demasiado selectiva. Otros más inteligentes culparon Mar del Plata, ciudad que ha liderado el ranking de desocupación de la Argentina durante años. Muchas veces, yo culpaba a mi apariencia. 
La verdad es que, nunca, las cosas ocurren por un único motivo. Distintos fenómenos colisionan, formando esa tormenta perfecta que denominamos: circunstancias.
Nací en una ciudad desfavorable para mi profesión. Pocos lugares en los cuales ejercer el periodismo, la comunicación empresarial, o el marketing. Y, en general, hay que insertarse mediante amistades.
- Trabaja de lo que sea- me dijeron.  
- okay- acepte yo.
Abrí los clasificados del diario local, día tras día. Esto es lo que encontré:
Un 40% de avisos en los que se solicita personal de sexo masculino.
Un 30% solicitando títulos o aptitudes que no tengo (Por lo general contadores, abogados, secretarias jurídicas, administrativas con conocimientos de contabilidad, construcción, peluquería, maestra jardinera u operario de maquinaria)
El restante?
Avisos solicitando camarera: Edad, de 18 a 25 años. (A veces, con suerte, la edad se estira hasta los 27, o los 30). Excelente presencia. Con experiencia comprobable. Para los restaurantes de Mar del Plata, ya no tengo la "juventud", que, como todos sabemos, es tan vital a la hora de servir comida y limpiar mesas (Sarcasmo!). Experiencia nunca tuve, menos comprobable. 
Avisos solicitando mucama de hotel: Edad de 18 a 25 (o 30, como mucho), con experiencia comprobable. Experiencia como mucama tengo, pero no es comprobable.
Se solicita recepcionista: edad, menor de 35, experiencia comprobable, excelente presencia. Tengo experiencia y la edad correcta.  
Me sugirieron que ponga en el CV a mi tía Betty como referencia, y que ella se haga pasar por ex empleadora, para inventar la experiencia que necesitaba. Pero ella se negó de manera terminante, por motivos morales. Claro, después me acuso de no querer trabajar, pero cuando le propuse esa idea para que yo consiga trabajo le pareció inapropiada.   
Anyway…
Otros avisos solicitaban promotora: edad, feto recién salido del vientre…. Okay, eso no… pero casi. Requisito mas importante: tan bella y alta como una top-model.  Por razones obvias, para este trabajo, que si abunda en mi ciudad, nunca pude siquiera presentarme.  
Una sola vez tuve una oportunidad de ser promotora. Una clienta ofreció recomendarme para estar fuera de las camionetas donde se hacían los DNI, promocionado el servicio. La clienta aclaró que, en ese caso, no era necesario ser linda, por lo cual yo tendría una oportunidad. Me sentí demasiado ofendida y nunca me presenté, cosa que me madre jamás me dejo olvidar. En aquel momento yo estaba en un pozo depresivo, por lo cual me afectaron sus palabras.
Pero, entonces... a que avisos PODÍA presentarme?
Me quedaban aquellos solicitando vendedora, siempre y cuando no exigieran una edad menor a la mía. Me postule para tales empleos una y otra vez, sin mucho éxito.
Cada muerte obispo, surgía una vacante para un trabajo que despertaba genuinamente, y mucho, mi interés: Pasantias en el diario La Capital o alguna radio. Encargada de Comunicaciones del Museo Bruzzone (No me contrataron, pese a que fui la única que se tomo la molestia de llevar un plan de comunicación hecho). Asistente de Marketing (UN aviso. Me llamaron para una entrevista, no me contrataron, ni se molestaron en atender mi llamado, cuando quise preguntar que hice mal). 
Una vez surgió una pasantía en una revista de la facultad, a la cual envié un artículo hecho con mucho esfuerzo. Fui rechazada, y pusieron excusas para ocultar que contrataron por amiguismo. Dijeron que el artículo no tenía suficiente opinión personal, cuando nunca aclararon si había que enviar artículos de opinión o informativos. No todos los artículos periodísticos deben, obligadamente, ser subjetivos, se permite intentar cierto nivel de objetividad.  Una vez más, la facultad me jugaba una mala pasada.    
Porque nadie quiere contratarme?, me preguntaba una y otra vez, mientras mi barco se sacudía.
Un segundo viento en contra: mi apariencia. Cara llena de lunares, 1,52 de estatura, ojos espantosos, ridículo cuello extremadamente corto y ancho. Y, desde el 2007, sobrepeso. Seria idiota, o extremadamente idealista (Hay diferencia?) decir que una mujer con tal aspecto, aunque use maquillaje, aros y tacos (elemento de tortura que debería haber prohibido la convención de Ginebra), no tiene las puertas cerradas en muchos lados.
Tercer frente desfavorable: el gobierno. Al ser abiertamente opositora a la tiranía K, nunca tuve chances de encontrar empleo en el sector público. Fui a pedir trabajo a la municipalidad, varias veces, sin éxito. Una clienta, casi-casi, me consigue trabajo monitoreando cámaras de vigilancia. Pase dos entrevistas, sin conseguir el empleo. Otra clienta, intento que me contrataran como secretaria en el hospital materno infantil. El empleo fue para un militante de La Campora.
Sin embargo, una joven de 26 fue contratada como Presidenta del Banco Nación, sin experiencia y con títulos que resultaron ser falsos. Pero a mi no se me considera capaz de monitorear cámaras, ser secretaria, camarera, vender ropa, caminar por la costa repartiendo pavadas que, en su mayoría, terminan en la basura, etc...
Normal que mi frustración y amargura crecieran día a día. 
Un tercer ciclón que se uniría a los otros: mi propia ineptitud social. Porque, algunos vientos desfavorables, son generados por nosotros mismos.
Al tener problemas para socializar (Debido al Síndrome de Turner), nunca tuve demasiados amigos, ni conocidos, con posibilidades o inclinación para recomendarme a algún empleador.
Mi ex amiga Dalia consiguió su mejor trabajo solo porque un chico se enamoro de ella, e hizo que la contrataran como camarera una confitería de lujo. (Que ese fuera el mejor trabajo que tuvo es triste, pero bue… Al menos recibía un sueldo)
Una joven de mi facultad consiguió empleo en una radio, solo por ser mejor amiga de otro joven que trabajaba allí. Cuando me enteré, caí en otro pozo depresivo y me quejé durante semanas.  Las horas que pasé llevando CVs a todas las radios habían sido un desperdicio.
Como esos, conozco cientos de casos.
Una clienta me dio trabajo en su tienda de ropa, pero se traslado a Buenos Aires y perdí el empleo.
Solo una de las 1000 amigas que tiene mi madre intento conseguirme trabajo como empleada administrativa (Pero, eso si, para criticarme conté con las 1000). No obstante, la potencial empleadora contrato a su propia sobrina. 
Intenté buscar trabajo en Buenos Aires, pero no contaba con dinero para mudarme y probar mi suerte. Por tanto, debía asegurarme un trabajo en la ciudad capital antes de mudarme a ella. Me anoté en un sitio web de búsqueda de trabajo, y envié por Internet más de 200 solicitudes de empleo.  Solo recibí un llamado, y era porque el empleador no había puesto atención al leer el CV y creía que yo ya vivía en Buenos Aires. Cuando explique mi situación, termino la conversación sin que me permitiera, siquiera ir a una entrevista o entrevistarme mediante skype.
Mi depresión también fue un serio obstáculo.  No solo impidió que me recibiera de joven, sino que me mantuvo en la cama, sin siquiera intentar algo durante mucho tiempo. Estaba convencida de que nunca conseguiría un buen empleo, por lo cual me di por vencida. Mi cerebro ya vino programado para ver el vaso medio vacío, y las malas experiencias vividas no ayudaron.

Mientras tanto, todos los conocidos dieron opiniones y criticaron. Vieron mi fracaso, pero desconocían las tormentas por las que yo debía atravesar. Una unión de tormentas que la mayoría de las personas ni siquiera sabe que existe.  Y no seria la ultima… 

viernes, 29 de mayo de 2015

Body-shaming

 Sucede cada año, cuando llega la primavera: aquellas mujeres que, en el invierno, no abandonaron el sillón, acuden al gimnasio y siguen una variedad de dietas disparatadas.  ¿Por qué?  Desean bajar peso para evitar “pasar vergüenza” en la playa. Detestan su propia anatomía.
Se dice que una mujer tiene “cuerpo para bikini” cuando su figura no muestra exceso de kilos, estrías, o celulitis. Las mayoría de las mujeres gordas , o se sienten demasiado avergonzadas para siquiera ir a la playa, o utilizan una maya entera.  ¿Deberían sentirse abochornadas?  ¡Claro que no! Pero la sociedad hace que una mujer sin un cuerpo perfecto (¿Y quién dice que es perfecto y que no?) se sienta avergonzada y deprimida.
 Miles de mujeres se someten a riesgosas cirugías estéticas para cumplir con el mandato social. Liposucción, implantes mamarios, liftings, etc…. Yo misma acudí al cirujano plástico, a los veinticuatro años,  para reducir mis pechos. Me avergonzaban profundamente, porque eran gigantes, caídos y desparejos. (Uno era notablemente más grande que el otro. Tal defecto era visible incluso con remera puesta).
Generar que una persona odie su propio cuerpo es algo que los norteamericanos llaman “body-shaming”.
En octavo grado, tuve una compañera que sufría de obesidad. Teníamos buen trato. Un día, la invité a almorzar a mi casa. Sin que nadie me dijera nada, yo supuse que ella estaba a dieta. Imaginé que, una adolescente de su tamaño, desearía perder el peso extra. ¿Cómo podía querer continuar con sobrepeso? Por tanto, pedí a mi madre que prepara un menú bajo en calorías, sin consultar con mi compañera. Resultó ser que yo estaba equivocada. Mi amiga no estaba interesada en perder peso. ¿Por qué asumí lo contrario?
La sociedad espera que las mujeres con sobrepeso se odien a sí mismas, que quieran cambiar. A las personas delgadas les sorprende conocer una mujer obesa con alta autoestima. ¿Por qué? ¿Acaso no deberían amarse?  
Aprendí lo duro que es ser una mujer gorda cuando subí quince kilos a los 22 años. Quince kilos de más, en una mujer que mide 1,53, se hacen notar, y mucho. Parecía un buñuelo. Engordé por un problema de tiroides, el cual se debe a mi síndrome de Turner. Las pastillas que tomo para tratar mi deficiencia hormonal, no ayudaron.  
Fui a la nutricionista y logré bajar el peso extra, en tres meses. Seguí la dieta con una fuerza de voluntad inusitada.  Ejercité una hora diaria. El cirujano arregló el defecto de mis pechos. Al final del 2008, cuando fui a trabajar a Estados Unidos, poseía el cuerpo que sociedad exige a las mujeres.  
Sin embargo, al regresar de mi aventura en USA, caí en un profundo pozo depresivo. Desprovista de la libertad que disfrute en aquellas tierras, de vuelta a una vida gris, no tenía voluntad para siquiera salir de mi cama. Los ejercicios y la dieta quedaron en el olvido. En tiempos difíciles, hay gente que se refugia en el alcohol, las drogas, la iglesia, o la New Age. Yo busqué consuelo en la comida. Pastas y dulces de panadería. Como resultado, engordé veinte kilos.  Llegué a pesar 68.
Mi madre y mi tía Betty, constantemente, me decían gorda y hacían que me odiara a mí misma. Sobre todo mi madre. Ella observaba con atención lo que yo comía, y emitía opinión al respecto. “¿Todo eso vas a comer?”. Una vez, dije que deseaba comer lechón con papas fritas en año nuevo. Entonces, mi madre infló sus mejillas e imitó a un chancho, para indicar que yo era una cerda.  Fue como un golpe en el estómago.
Como tengo un cuerpo tan espantoso, ella repite una y otra vez que debo “entrar la panza” y usar camisetas elásticas que aplasten el estómago, aunque sea verano y haga 35 grados a la sombra. La comodidad no interesa. Lo primordial dar un buen espectáculo al otro. Ocultar la grasa abdominal, como sea posible.  
No es culpa de de mi madre, o de mi tía Betty. Como todo ser humano expuesto a los medios de comunicación, ellas son víctimas de los estándares de belleza impuestos por la sociedad occidental. Nos enseñan desde pequeños a sentirnos asqueados ante la gordura. Las princesas de Disney, y las muñecas Barbies,  tienen un cuerpo  imposible para las mujeres en la vida real.
Yo también crecí aprendiendo que la gordura es fea, mientras que la delgadez es lo bello, lo deseable. Al ver mis fotos del verano pasado, a veces, siento deseos de llorar. Se me ve con panza, una segunda barbilla y grasa bajo mis brazos.
Con sesenta y ocho kilos, fui discriminada en cada empleo que intenté obtener. Siendo mi título universitario inútil en Mar del Plata, busqué trabajo como empleada de negocios de ropa. Fue en vano. Como las camareras y las promotoras, las vendedoras  en boutiques deben jóvenes delgadas y altas.  
Para un hombre, la realidad es diferente. Ellos no son juzgados con la misma dureza. Un hombre obeso, estadísticamente, tiene mayores posibilidades de encontrar un buen trabajo que una mujer de igual tamaño.   
Toqué fondo una tarde, el verano pasado. Entré en una sala de chat, para buscar un hombre con el cual salir. Grande fue mi dolor cuando, tras ver mi página de Facebook, un joven dijo que no saldría conmigo porque yo era gorda.
Fue el colmo.
Era la primera vez que un hombre me decía gorda, y mencionaba mi peso como motivo para rechazarme.  
En la escuela, me insultaban a diario. Me decían deforme, fea, extraterrestre, monstruo, vomito, bicho feo, etc… pero nunca, jamás, me dijeron “gorda”.  En aquella época, yo era un bicho delgado. Si hubiera tenido sobrepeso, no habría sobrevivido a la crueldad de mis pares. Ser flaca era lo único bueno de mí.  
Mi metabolismo era envidiable. Podía comer lo que deseara, sin aumentar de peso. Comía como un perro callejero que pasó semanas sin alimento. Si mi abuela Nina hacía ñoquis, yo devoraba una fuente entera. Cuando servía ravioles, yo engullía tres platos. Otras veces, comía papas fritas en cantidades generosas.  (La abuela Nina preparaba las mejores papas fritas que probé en mi vida, y los ñoquis más sabrosos). Una noche, comí seis empanadas. En una época, tomé por costumbre merendar con panqueques. Increíblemente, la gordita de la clase siempre fue otra.
A los 22 años, el hipotiroidismo me arrebató mi mejor cualidad, el único aspecto positivo de mi apariencia, mi consuelo.  Mis malos hábitos alimenticios, ahora, afectan mi peso. Debo privarme de comer lo que deseo. Vivo de medallones de pescado con verdura.   
Al engordar, perdí gran parte de mi identidad.  
Actualmente fluctúo entre 61 y 62 kilos. Continúo teniendo sobrepeso, pero con seis kilos menos. No llego, ni nunca llegué, a niveles peligrosos para mi salud. No sufro de diabetes, ni tengo problemas cardíacos. Mi colesterol es normal. En mi caso, perder peso en meramente una cuestión de estética.
Debo sobrevivir en una sociedad  cruel, donde la gente como yo es despreciada. No es solo que la sociedad enseña “el sobrepeso es feo”, sino que la gente ve la gordura como indicador de gula y pereza.

No puedo cambiar esa realidad, sino que debo adaptarme.