Bienvenidos a mi blog!!

En este blog compartiré mis experiencias personales, pasadas y presentes. Esperando que leer mis palabras ayude a las mujeres que pasan, o han pasado, por lo mismo que yo.
Los nombres de las personas mencionadas en mis historias han sido cambiados para proteger las identidades de los aludidos.
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sábado, 23 de enero de 2016

LA MONTAÑA RUSA DEL CUMPLEAÑOS

Despierto una mañana y, derrepente, ya no tengo 31 años, sino 32. De verdad paso tanto tiempo? De verdad soy una mujer adulta? Esta fecha siempre me lleva a sacar cuentas insospechadas, sintiendo ansiedad: 15 años desde que terminé el secundario. 17 desde mi viaje a Disney Word. 16 desde el nacimiento de mi ahijado. 7 desde que vivi en Colorado. 24 desde que soy amiga de Valeria y su familia. 25 desde que me diagnosticaron el Síndrome de Turner. 3 me faltan para cumplir 35, y.... 8 para cumplir cuarenta!!!! Hacer un balance de mi vida en este momento es inevitable. Adonde se fueron todos esos años? Que logré? De verdad cometí tantos errores? Por un lado, hablo dos idiomas, tengo un título universitario, escribí una novela y vivo en el exterior. Por otro lado, me gradué de una universidad mala, sigo soltera, no tengo hijos, todavía no logré insertarme laboralmente en inglaterra y mi novela permanece inédita. Participé de una gran cantidad de concursos literarios, y solo logré salir finalista en uno. Definitivamente no es la vida que ambicionaba cuando era chica. Imaginaba que, para cuando pasara los 30, tendría mi propia familia, y sería exitosa en la profesión que eligiera. Me imaginaba trabajando para un diario importante, en una gran ciudad. Me dijo un nuevo amigo que no debería ser tan dura conmigo misma. Después de todo, la vida es extra-dificil para mi. Es la primera persona, en toda mi vida, que reconoció lo duro que debo trabajar en el juego de la vida. Mucha gente necia me dijo que mi vida es fácil, pues mi familia siempre pudo mantenerse económicamente, y pude vivir sin trabajar por mucho tiempo. Otras veces, me han dicho que la vida es dificil para todos, que todo se gana con esfuerzo. Eso es, en cierta medida, cierto. Sin embargo, la gran mayoría de las personas enfrenta sus problemas teniendo la cantidad correcta de cromosomas, mientras que a mi me falta uno. Y no saben la diferencia que eso hace. La mayoría de las mujeres puede quedar embarazada teniendo sexo, lo cual, si me permiten decirlo, es algo maravilloso. Donde está el esfuerzo y sacrificio que TODOS deben hacer? Yo tendré que pasar por tratamientos de fertilidad, o por un proceso de adopción. Piensan que es facil? Piensen otra vez. A la mayoría de las personas las relaciones sociales les resultan algo sencillo y natural. Al tener un desorden de aprendizaje con verbal, hacer amigos siempre me resultó más dificil. Mientras que todos mis compañeros formaban grupo, y hacían trabajos en equipo, yo debía completar la tarea sola. El resto de los alumnos, podía copiar la tarea de un amigo. Eso nunca fue una opción para mí. Que hay del bullying? Que hay de la depresión? No todos sufren de un desbalance químico que les dificulta realizar las tareas diarias. Para no hablar de mi apariencia, que siempre fue un freno en la vida. Las mujeres bendecidas con belleza nacen con una ventaja, una ventaja que no ganaron con esfuerzo. No necesitan desarrollar inteligencia, ni una personalidad agradable. Claro, muchas igual lo hacen, pero no están OBLIGADAS hacerlo. Consiguen pareja y trabajo con facilidad. Recuerdo cuando hace muchos años una persona me dijo que una de mis amigas (rubia, alta, de ojos claros), siempre obtendría todo lo que quisiera, solo por su belleza. No fue tan así, pero tuvo algunas ventajas. Pudo conseguir trabajo de promotora cuando lo necesitó, cosa imposible para mi. También está el caso de Alyssa Ramos, una bloguera que escribe sobre viajes. Escribió un artículo lleno de arrogancia que provocó mi ira. El mismo se titula: Sí, soy bonita y viajo sola. En él ella se queja de lo dificil que es para una mujer hermosa viajar sola. DIFICIL???!!! Se queja de que, adonde vaya, los hombres la miran y creen que es una chica fácil porque es hermosa y viaja sola. También dice que, por su belleza, la confunden con una prostituta. Además, por su apariencia tan agradable, todos asumen que es estúpida, y que un hombre la mantiene y pagó por su viaje (Aclara que muchos hombre le ofrecieron viajes gratis, pero ella declinó las invitaciones). Alega que viaja con dinero que gana trabajando arduamente. Aunque no aclara cómo consiguió ese trabajo fabuloso, que le permite recorrer el mundo, ni toma en cuenta que para una mujer como ella conseguir trabajo es más sencillo que respirar. Es decir, que hace alarde de una belleza que no ganó, le fue dada. Querida madre, tías, clientas, amigas de mi madre, y críticos en general: ESO es ser malcriada, recibir todo de arriba y tener una vida fácil. Lo insultante es que ese artículo banal, hueco e hiriente para mujeres como yo , FUE PUBLICADO por el fucking Huffington Post.... el Huffington post!!! Yo ni siquiera logré ser publicada por un pequeño diario insignificante de Mar del Plata. Al enterarme de casos como ese, no puedo evitar preguntarme: Porque la vida tiene que ser tan dificil para mí? Es algo que las guerreras de mi grupo para mujeres con ST se preguntan muy a menudo: Por qué nos tocó una vida extra-dificil? Por qué debemos luchar más que el resto? Porque nos cuesta tanto obtener aquello que la mayoría de las personas da por seguro? Al final del camino, se me dará una medalla por aguantar tantos golpes? Se reconocerá que, adonde sea que llegue, llegué con el doble de esfuerzo que cualquier otra persona? Tal vez alguien me despierte un día, diciendo que todo fue un sueño. O que todos somos parte de un juego que juega Dios, llamado vida.

lunes, 17 de agosto de 2015

Maquillaje y aros

Por siglos, las mujeres fueros tratadas como adornos. Nuestra única función era deleitar la vista. La prioridad era la apariencia. En muchos sentidos, hemos evolucionado. Podemos votar, y ya no estamos obligadas a quedarnos en casa a criar hijos. Pero la obsesión con la imagen de la mujer continua.
“¡Conmigo así no salís!”, exclamó mi madre, cuando nos encontrábamos a punto de dejar mi casa para ir a comprar los anteojos nuevos que preciso. Yo necesitaba ir con ella o, que me diera  el dinero necesario.
No era la primera vez que se rehusaba a ser vista conmigo en público. ¿Lo hizo porque yo estaba usando ropa sucia o rota? No. Mi ropa se encontraba impecable. ¿Mis cabellos se encontraban despeinados? Tampoco. ¿Vestía yo como una prostituta barata? Menos. 
El problema era que yo no estaba maquillada, ni usaba aros. Para mi madre, eso es motivo de profunda vergüenza. Dice que “doy lastima” cuando me muestro como soy, sin artificios.
Desea que me maquille incluso cuando estoy en mi casa, porque tiene su salón de Uñas Esculpidas allí. Me observan cientos de clientas. La mortifica que me vean sin maquillaje.  Los aros y los cosméticos son su respuesta para todo. Cuando me quejo de que no tengo novio, ella dice que es porque no me “produzco”. Si lloro por estar desempleada: “Es que nunca te arreglás”.
Cuando tenía doce años, todos mis compañeros de clase decían que yo era un adefesio. Entonces, intenté  mejorar mi apariencia con maquillaje. Mi madre quiso disuadirme diciendo: “las casas se pintan cuando son viejas”.  Es decir que, ahora, soy vieja. ¿No?
¿La cara que Dios me dio debe, necesariamente, ser cubierta con pintura para evitar causar repulsión a otros? Mi madre parece creer eso. Piensa que verme sin maquillaje es un motivo válido para rechazarme, mientras que, si lo usara, yo sería amada por todos…. ¿Por cuánto tiempo?
A veces, ocurre que un hombre conoce, bajo el manto de la noche, una joven que parece una diosa. Pero, huyen despavoridos al verla al día siguiente, au naturel. Se sienten tan traicionados como un perro al que le dijeron “¿Vamos a la plaza?” antes de llevarlo al veterinario. Por eso, hay mujeres que, al comenzar una relación, se levantan media hora antes que sus novios, para maquillarse y peinarse antes de que él despierte. Todo sea por mantener la treta el mayor tiempo posible. ¡Una locura!
¿Qué sentido tiene?
Mis ojos  siguen siendo marrones y saltones, aunque use mascara, delineador y sombra. Tendría que comprar lentes de contacto para cambiar el color, pero sería un gran engaño.
Los lunares en mi cara podrían disimularse, pero seguirían estando allí, se verían. Los más espantosos, tuvo que quitármelos un cirujano plástico.
Mis eternas ojeras se notan, aunque utilice mucho corrector.
Durante mucho tiempo, usé unas zapatillas de plataforma, para disimular mi baja estatura. Mi tía Raquel las llamaba “los tractores”, por su enorme tamaño. Pero yo seguía midiendo 1,53, aunque pareciera de 1,60…. Y, tarde o temprano, tenía que bajarme.
De niña, podía cubrir mi oreja deforme (la derecha) con el cabello, pero esta no se corrigió hasta que pasé por una dolorosa cirugía estética. Con todo, no quedó del todo bien (mi madre dijo una vez que el cirujano “hizo un desastre”), aunque mejoró bastante.
Cuando mi pecho era plano, intenté rellenar mi corpiño.  Pero aquello causó más problemas de los que evitó. Varios años después, mis pechos crecieron en exceso, y desparejos. Ningún corpiño disimulaba el defecto. Sólo una cirugía plástica pudo solucionar el problema. (Quedé conforme con el resultado, aunque mi madre diga que tengo los pechos por el piso).
En definitiva, el maquillaje y los accesorios no cambian lo que uno es.
Incluso usando cosméticos, mis compañeros se burlaban de mí. Fui a bailar todos los sábados, con ropa provocativa y pintada como una prostituta. Pero ningún chico deseaba ser mi novio. Durante años, asistí a mis clases de Inglés, y a la universidad, usando maquillaje y aros. No obstante, fui rechazada por todos los hombres.
Eventualmente, me di cuenta que, para ser fea igual, mejor no perder tiempo ni energía con tanto artificio.
Me niego a ser de esas mujeres que se maquillan para ir al gimnasio o al supermercado.
Actualmente, solo me maquillo, ligeramente, en ciertas ocasiones: si tengo una entrevista, o para ir al trabajo (cuando consigo), o si voy a alguna fiesta. Es decir, cuando a mí me interesa maquillarme.  Estoy lista en menos de diez minutos.
Pero si voy a pasar el día escribiendo, o si me quedo un sábado a la noche en mi casa, viendo Game of Thrones con Belén, no me voy a producir. Lo más probable es que me ponga el piyama antes de las 7.30 PM. Tampoco uso maquillaje para ir de compras, a terapia, o a mi taller de escritura.
No debería ser humillada por ello.
“¿Y si te cruzás con un conocido?”, pregunta mi madre, horrorizada. ¡Dios nos libre de que alguien me vea sin maquillaje! ¡Que espanto!
Cuando te dicen, constantemente, durante años, que tu apariencia natural es horrible, resulta muy difícil no creerlo.
Me resulta muy difícil callar su voz, y ser yo misma. Lucho día a día para aceptarme tal cual soy. Como dijo una vez mi heroína: “Cuando alguien te critica, ten en cuenta que, lo que otros dicen de ti, tiene más que ver con ellos que contigo”.
Mi madre me anula porque necesita controlarme. Le urge dominar. No me ve como un individuo, sino como una parte de sí misma. Aunque pasé los treinta, me considera una muñeca, a la cual puede vestir, peinar y maquillar como le plazca.
Su obsesión por controlarme llega a extremos increíbles. Una vez que salimos a almorzar, yo quería comer una hamburguesa y papas fritas. Ella detesta que yo coma eso, por lo que amenazó con levantarse de la mesa e irse. La hubiera dejado partir, pero yo necesitaba que pagara el almuerzo, lo cual me resultó humillante. 
Siempre que me peino o visto de una manera que le disgusta, me agrede. Dice cosas tan horribles sobre mi apariencia, que termina destruyendo la poca autoconfianza que tengo. ¿De verdad tengo un gusto tan espantoso? ¿Acaso todas mis decisiones son equivocadas? Aniquilando mi autoestima, y al desvalorizar todas mis elecciones (de ropa, look, comida, amistades, etc…), logró lo que siempre quiso: que yo dependiera de ella hasta los treinta años. 

Lo peor de todo es que yo se lo permití, durante demasiado tiempo. 

viernes, 29 de mayo de 2015

Body-shaming

 Sucede cada año, cuando llega la primavera: aquellas mujeres que, en el invierno, no abandonaron el sillón, acuden al gimnasio y siguen una variedad de dietas disparatadas.  ¿Por qué?  Desean bajar peso para evitar “pasar vergüenza” en la playa. Detestan su propia anatomía.
Se dice que una mujer tiene “cuerpo para bikini” cuando su figura no muestra exceso de kilos, estrías, o celulitis. Las mayoría de las mujeres gordas , o se sienten demasiado avergonzadas para siquiera ir a la playa, o utilizan una maya entera.  ¿Deberían sentirse abochornadas?  ¡Claro que no! Pero la sociedad hace que una mujer sin un cuerpo perfecto (¿Y quién dice que es perfecto y que no?) se sienta avergonzada y deprimida.
 Miles de mujeres se someten a riesgosas cirugías estéticas para cumplir con el mandato social. Liposucción, implantes mamarios, liftings, etc…. Yo misma acudí al cirujano plástico, a los veinticuatro años,  para reducir mis pechos. Me avergonzaban profundamente, porque eran gigantes, caídos y desparejos. (Uno era notablemente más grande que el otro. Tal defecto era visible incluso con remera puesta).
Generar que una persona odie su propio cuerpo es algo que los norteamericanos llaman “body-shaming”.
En octavo grado, tuve una compañera que sufría de obesidad. Teníamos buen trato. Un día, la invité a almorzar a mi casa. Sin que nadie me dijera nada, yo supuse que ella estaba a dieta. Imaginé que, una adolescente de su tamaño, desearía perder el peso extra. ¿Cómo podía querer continuar con sobrepeso? Por tanto, pedí a mi madre que prepara un menú bajo en calorías, sin consultar con mi compañera. Resultó ser que yo estaba equivocada. Mi amiga no estaba interesada en perder peso. ¿Por qué asumí lo contrario?
La sociedad espera que las mujeres con sobrepeso se odien a sí mismas, que quieran cambiar. A las personas delgadas les sorprende conocer una mujer obesa con alta autoestima. ¿Por qué? ¿Acaso no deberían amarse?  
Aprendí lo duro que es ser una mujer gorda cuando subí quince kilos a los 22 años. Quince kilos de más, en una mujer que mide 1,53, se hacen notar, y mucho. Parecía un buñuelo. Engordé por un problema de tiroides, el cual se debe a mi síndrome de Turner. Las pastillas que tomo para tratar mi deficiencia hormonal, no ayudaron.  
Fui a la nutricionista y logré bajar el peso extra, en tres meses. Seguí la dieta con una fuerza de voluntad inusitada.  Ejercité una hora diaria. El cirujano arregló el defecto de mis pechos. Al final del 2008, cuando fui a trabajar a Estados Unidos, poseía el cuerpo que sociedad exige a las mujeres.  
Sin embargo, al regresar de mi aventura en USA, caí en un profundo pozo depresivo. Desprovista de la libertad que disfrute en aquellas tierras, de vuelta a una vida gris, no tenía voluntad para siquiera salir de mi cama. Los ejercicios y la dieta quedaron en el olvido. En tiempos difíciles, hay gente que se refugia en el alcohol, las drogas, la iglesia, o la New Age. Yo busqué consuelo en la comida. Pastas y dulces de panadería. Como resultado, engordé veinte kilos.  Llegué a pesar 68.
Mi madre y mi tía Betty, constantemente, me decían gorda y hacían que me odiara a mí misma. Sobre todo mi madre. Ella observaba con atención lo que yo comía, y emitía opinión al respecto. “¿Todo eso vas a comer?”. Una vez, dije que deseaba comer lechón con papas fritas en año nuevo. Entonces, mi madre infló sus mejillas e imitó a un chancho, para indicar que yo era una cerda.  Fue como un golpe en el estómago.
Como tengo un cuerpo tan espantoso, ella repite una y otra vez que debo “entrar la panza” y usar camisetas elásticas que aplasten el estómago, aunque sea verano y haga 35 grados a la sombra. La comodidad no interesa. Lo primordial dar un buen espectáculo al otro. Ocultar la grasa abdominal, como sea posible.  
No es culpa de de mi madre, o de mi tía Betty. Como todo ser humano expuesto a los medios de comunicación, ellas son víctimas de los estándares de belleza impuestos por la sociedad occidental. Nos enseñan desde pequeños a sentirnos asqueados ante la gordura. Las princesas de Disney, y las muñecas Barbies,  tienen un cuerpo  imposible para las mujeres en la vida real.
Yo también crecí aprendiendo que la gordura es fea, mientras que la delgadez es lo bello, lo deseable. Al ver mis fotos del verano pasado, a veces, siento deseos de llorar. Se me ve con panza, una segunda barbilla y grasa bajo mis brazos.
Con sesenta y ocho kilos, fui discriminada en cada empleo que intenté obtener. Siendo mi título universitario inútil en Mar del Plata, busqué trabajo como empleada de negocios de ropa. Fue en vano. Como las camareras y las promotoras, las vendedoras  en boutiques deben jóvenes delgadas y altas.  
Para un hombre, la realidad es diferente. Ellos no son juzgados con la misma dureza. Un hombre obeso, estadísticamente, tiene mayores posibilidades de encontrar un buen trabajo que una mujer de igual tamaño.   
Toqué fondo una tarde, el verano pasado. Entré en una sala de chat, para buscar un hombre con el cual salir. Grande fue mi dolor cuando, tras ver mi página de Facebook, un joven dijo que no saldría conmigo porque yo era gorda.
Fue el colmo.
Era la primera vez que un hombre me decía gorda, y mencionaba mi peso como motivo para rechazarme.  
En la escuela, me insultaban a diario. Me decían deforme, fea, extraterrestre, monstruo, vomito, bicho feo, etc… pero nunca, jamás, me dijeron “gorda”.  En aquella época, yo era un bicho delgado. Si hubiera tenido sobrepeso, no habría sobrevivido a la crueldad de mis pares. Ser flaca era lo único bueno de mí.  
Mi metabolismo era envidiable. Podía comer lo que deseara, sin aumentar de peso. Comía como un perro callejero que pasó semanas sin alimento. Si mi abuela Nina hacía ñoquis, yo devoraba una fuente entera. Cuando servía ravioles, yo engullía tres platos. Otras veces, comía papas fritas en cantidades generosas.  (La abuela Nina preparaba las mejores papas fritas que probé en mi vida, y los ñoquis más sabrosos). Una noche, comí seis empanadas. En una época, tomé por costumbre merendar con panqueques. Increíblemente, la gordita de la clase siempre fue otra.
A los 22 años, el hipotiroidismo me arrebató mi mejor cualidad, el único aspecto positivo de mi apariencia, mi consuelo.  Mis malos hábitos alimenticios, ahora, afectan mi peso. Debo privarme de comer lo que deseo. Vivo de medallones de pescado con verdura.   
Al engordar, perdí gran parte de mi identidad.  
Actualmente fluctúo entre 61 y 62 kilos. Continúo teniendo sobrepeso, pero con seis kilos menos. No llego, ni nunca llegué, a niveles peligrosos para mi salud. No sufro de diabetes, ni tengo problemas cardíacos. Mi colesterol es normal. En mi caso, perder peso en meramente una cuestión de estética.
Debo sobrevivir en una sociedad  cruel, donde la gente como yo es despreciada. No es solo que la sociedad enseña “el sobrepeso es feo”, sino que la gente ve la gordura como indicador de gula y pereza.

No puedo cambiar esa realidad, sino que debo adaptarme.