Bienvenidos a mi blog!!

En este blog compartiré mis experiencias personales, pasadas y presentes. Esperando que leer mis palabras ayude a las mujeres que pasan, o han pasado, por lo mismo que yo.
Los nombres de las personas mencionadas en mis historias han sido cambiados para proteger las identidades de los aludidos.
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lunes, 17 de agosto de 2015

Maquillaje y aros

Por siglos, las mujeres fueros tratadas como adornos. Nuestra única función era deleitar la vista. La prioridad era la apariencia. En muchos sentidos, hemos evolucionado. Podemos votar, y ya no estamos obligadas a quedarnos en casa a criar hijos. Pero la obsesión con la imagen de la mujer continua.
“¡Conmigo así no salís!”, exclamó mi madre, cuando nos encontrábamos a punto de dejar mi casa para ir a comprar los anteojos nuevos que preciso. Yo necesitaba ir con ella o, que me diera  el dinero necesario.
No era la primera vez que se rehusaba a ser vista conmigo en público. ¿Lo hizo porque yo estaba usando ropa sucia o rota? No. Mi ropa se encontraba impecable. ¿Mis cabellos se encontraban despeinados? Tampoco. ¿Vestía yo como una prostituta barata? Menos. 
El problema era que yo no estaba maquillada, ni usaba aros. Para mi madre, eso es motivo de profunda vergüenza. Dice que “doy lastima” cuando me muestro como soy, sin artificios.
Desea que me maquille incluso cuando estoy en mi casa, porque tiene su salón de Uñas Esculpidas allí. Me observan cientos de clientas. La mortifica que me vean sin maquillaje.  Los aros y los cosméticos son su respuesta para todo. Cuando me quejo de que no tengo novio, ella dice que es porque no me “produzco”. Si lloro por estar desempleada: “Es que nunca te arreglás”.
Cuando tenía doce años, todos mis compañeros de clase decían que yo era un adefesio. Entonces, intenté  mejorar mi apariencia con maquillaje. Mi madre quiso disuadirme diciendo: “las casas se pintan cuando son viejas”.  Es decir que, ahora, soy vieja. ¿No?
¿La cara que Dios me dio debe, necesariamente, ser cubierta con pintura para evitar causar repulsión a otros? Mi madre parece creer eso. Piensa que verme sin maquillaje es un motivo válido para rechazarme, mientras que, si lo usara, yo sería amada por todos…. ¿Por cuánto tiempo?
A veces, ocurre que un hombre conoce, bajo el manto de la noche, una joven que parece una diosa. Pero, huyen despavoridos al verla al día siguiente, au naturel. Se sienten tan traicionados como un perro al que le dijeron “¿Vamos a la plaza?” antes de llevarlo al veterinario. Por eso, hay mujeres que, al comenzar una relación, se levantan media hora antes que sus novios, para maquillarse y peinarse antes de que él despierte. Todo sea por mantener la treta el mayor tiempo posible. ¡Una locura!
¿Qué sentido tiene?
Mis ojos  siguen siendo marrones y saltones, aunque use mascara, delineador y sombra. Tendría que comprar lentes de contacto para cambiar el color, pero sería un gran engaño.
Los lunares en mi cara podrían disimularse, pero seguirían estando allí, se verían. Los más espantosos, tuvo que quitármelos un cirujano plástico.
Mis eternas ojeras se notan, aunque utilice mucho corrector.
Durante mucho tiempo, usé unas zapatillas de plataforma, para disimular mi baja estatura. Mi tía Raquel las llamaba “los tractores”, por su enorme tamaño. Pero yo seguía midiendo 1,53, aunque pareciera de 1,60…. Y, tarde o temprano, tenía que bajarme.
De niña, podía cubrir mi oreja deforme (la derecha) con el cabello, pero esta no se corrigió hasta que pasé por una dolorosa cirugía estética. Con todo, no quedó del todo bien (mi madre dijo una vez que el cirujano “hizo un desastre”), aunque mejoró bastante.
Cuando mi pecho era plano, intenté rellenar mi corpiño.  Pero aquello causó más problemas de los que evitó. Varios años después, mis pechos crecieron en exceso, y desparejos. Ningún corpiño disimulaba el defecto. Sólo una cirugía plástica pudo solucionar el problema. (Quedé conforme con el resultado, aunque mi madre diga que tengo los pechos por el piso).
En definitiva, el maquillaje y los accesorios no cambian lo que uno es.
Incluso usando cosméticos, mis compañeros se burlaban de mí. Fui a bailar todos los sábados, con ropa provocativa y pintada como una prostituta. Pero ningún chico deseaba ser mi novio. Durante años, asistí a mis clases de Inglés, y a la universidad, usando maquillaje y aros. No obstante, fui rechazada por todos los hombres.
Eventualmente, me di cuenta que, para ser fea igual, mejor no perder tiempo ni energía con tanto artificio.
Me niego a ser de esas mujeres que se maquillan para ir al gimnasio o al supermercado.
Actualmente, solo me maquillo, ligeramente, en ciertas ocasiones: si tengo una entrevista, o para ir al trabajo (cuando consigo), o si voy a alguna fiesta. Es decir, cuando a mí me interesa maquillarme.  Estoy lista en menos de diez minutos.
Pero si voy a pasar el día escribiendo, o si me quedo un sábado a la noche en mi casa, viendo Game of Thrones con Belén, no me voy a producir. Lo más probable es que me ponga el piyama antes de las 7.30 PM. Tampoco uso maquillaje para ir de compras, a terapia, o a mi taller de escritura.
No debería ser humillada por ello.
“¿Y si te cruzás con un conocido?”, pregunta mi madre, horrorizada. ¡Dios nos libre de que alguien me vea sin maquillaje! ¡Que espanto!
Cuando te dicen, constantemente, durante años, que tu apariencia natural es horrible, resulta muy difícil no creerlo.
Me resulta muy difícil callar su voz, y ser yo misma. Lucho día a día para aceptarme tal cual soy. Como dijo una vez mi heroína: “Cuando alguien te critica, ten en cuenta que, lo que otros dicen de ti, tiene más que ver con ellos que contigo”.
Mi madre me anula porque necesita controlarme. Le urge dominar. No me ve como un individuo, sino como una parte de sí misma. Aunque pasé los treinta, me considera una muñeca, a la cual puede vestir, peinar y maquillar como le plazca.
Su obsesión por controlarme llega a extremos increíbles. Una vez que salimos a almorzar, yo quería comer una hamburguesa y papas fritas. Ella detesta que yo coma eso, por lo que amenazó con levantarse de la mesa e irse. La hubiera dejado partir, pero yo necesitaba que pagara el almuerzo, lo cual me resultó humillante. 
Siempre que me peino o visto de una manera que le disgusta, me agrede. Dice cosas tan horribles sobre mi apariencia, que termina destruyendo la poca autoconfianza que tengo. ¿De verdad tengo un gusto tan espantoso? ¿Acaso todas mis decisiones son equivocadas? Aniquilando mi autoestima, y al desvalorizar todas mis elecciones (de ropa, look, comida, amistades, etc…), logró lo que siempre quiso: que yo dependiera de ella hasta los treinta años. 

Lo peor de todo es que yo se lo permití, durante demasiado tiempo. 

martes, 11 de agosto de 2015

¿Ineptitud social?


El 20 de Julio, en Argentina, se celebra el día del amigo. Un día en la cual los restaurantes son desbordados. Salir a cenar sin reserva resulta ser una misión cuasi-kamikaze.

Se eligió dicha fecha para conmemorar la llegada del hombre a la luna. Aunque el primero en caminar sobre ella fue un norteamericano, aquél día fue emocionante para la humanidad entera. Solo sesenta años después de inventar el aeroplano, el hombre lograba caminar sobre la luna. La humanidad entera observó aquel momento en sus televisores. Todos unidos, celebrando el mismo logro.

Es un día para celebrar la amistad, y el afecto.

¿Qué ocurre cuando no contás con gente que celebre con vos?

Un estudio neuro-cognitivo en mujeres con Síndrome de Turner, como yo, muestra deficiencias cognitivas sociales. Un 5% de las mujeres con ST son autistas, mientras que un 25% tiene Trastornos de Espectro Autista, lo cual significa que muestran signos leves de autismo, sin llegar a serlo. Las personas con TEA tienen problemas significativos de socialización, comunicación y conducta, ya que procesan la información en su cerebro de manera distinta a los demás.

Muchas chicas con ST se quejan de las dificultades que tienen para socializar.

De pequeña, tuve muchos amigos. A mis fiestas de cumpleaños siempre asistían todos mis compañeros del Jesús Redentor, más mis amigos de la colonia de vacaciones.

Algunos chicos venían a mi casa a hacer deberes, o a jugar videojuegos. La verdad es que nunca volví a tener verdaderos amigos varones, como los de aquella época.

En cuarto grado, cambié de colegio, y mi vida se arruinó. Desde aquel momento, hasta que cumplí diecisiete años, sólo tuve una amiga, a quien llamaré Valeria. Ella vivía rodeada de cientos de amigas. Cuando llegaba el 20 de julio, nos reuníamos para festejar el día juntas. No obstante, ella, siendo tan popular, tenía demasiados compromisos sociales y no contaba con demasiado tiempo para mí. Muchas veces, debimos celebrar nuestra amistad, e intercambiar regalos, en otra fecha. Por lo que yo quedaba sola y deprimida.

Para ser justos, Valeria intentó varias veces integrarme a su grupo de amistades. Pero yo nunca hice un esfuerzo para mezclarme con su gente. Pero nunca me sentí cómoda con ese grupo. Yo siempre fui alguien “de afuera”, cuatro años mayor, mientras que ellas compartían todas las jornadas escolares y tenían más cosas en común.

Mi gran anhelo era ser amiga de mis propios compañeros de colegio, quienes se comportaban de manera espantosa conmigo. Me decían cosas como “deforme” y “bicho feo”. Incluso aquellas chicas que no eran malas, tampoco llegaban a convertirse en verdaderas amigas mías.

Yo no sabía el motivo de mi soledad. Mi madre no fue de ayuda en este sentido. Siempre repetía que si yo no cambiaba “todos te van a ralear”, “todos se burlan de vos, sos un arlequín” (ella tiene por costumbre usar palabras que nadie jamás utiliza).

Ser siempre “la nueva” (fui a cinco colegios seguidos), solo empeoro la situación.

En séptimo grado, comencé a ir al colegio Carlos Tejedor. Una compañera judía celebró su Bat Mitzvah, y yo fui la única no invitada. Varios días después, una profesora dedicó la hora de clase a ver el video de la fiesta. Yo tuve que observar como todos habían pasado una gran noche, menos yo.

Fue una agonía cuando, años más tarde, todas mis compañeras cumplieron 15 años. Repartían las invitaciones, pero yo nunca recibía una. Por supuesto, mi madre me culpó a mí, a mis ataques de llanto. Dijo varias veces “Nadie te invita porque tienen miedo que les arruines la fiesta”.

La profesora de Ciencias Naturales fue la única que sintió lástima de mí. Al año siguiente, dijo a sus nuevas alumnas: “Si no van a invitar a todos a la fiesta de quince, no traigan las invitaciones a la escuela. El año pasado había una alumna que sufría mucho cuando no la invitaban”. Me enteré de ello cuando fui amiga, por breve tiempo, de dos alumnos un año menores que yo: Germán y su melliza Karen. Dicha amistad finalizó abruptamente cuando se enteraron que yo sentía atracción por Germán, lo cual provocó que todo su círculo se burlara cruelmente de mí. Como el resto de los chicos, él me consideraba fea.

Cuando llegó el momento de mi fiesta de quince, elegí viajar a Disney con mi tía Betty, en lugar de hacer una gran fiesta. Cuando regresé del viaje, mi madre preparó una sencilla celebración en mi honor. Solo asistieron cinco jóvenes amigos míos, incluyendo a Valeria, dos de sus hermanos y mi actual amiga Belén. El resto de los invitados fueron familiares y amigos de mi madre. En total, fueron a mi fiesta 32 personas.

De todos modos, a mí no me interesaba una gran fiesta, con 150 personas y un DJ. Viajar a Disney resultó ser mucho más gratificante, y uno de los momentos más felices de mi vida. Soñaba con ir allí desde los cinco años. Lo que me dolió, fue saber que aunque hubiera querido un festejo extravagante, no habría tenido a quien invitar.

No supe lo que era una verdadera fiesta de quinceañera hasta que Valeria, y otra vecina nuestra, cumplieron esa edad.

En octavo grado logré formar amistades con dos chicas buenas, quienes también eran martirizadas y rechazadas por ser obesas. Una de ellas vivía en la extrema pobreza, y era golpeada por su madre, quien la usaba de niñera para sus hijos menores.

Nunca voy a olvidar que, tras conocerlas, mi madre dijo: “A vos siempre se te pega lo peor de la escuela”. Me hizo sentir que los pocos que se acercaban a mí era gente sin valor, inferior. No obstante, continué mi amistad con las jóvenes rechazadas, hasta que finalizamos la escuela primaria.

Comencé el secundario llena de ilusiones, en un nuevo colegio. Intenté hacer amigas, pero nunca logré formar lazos duraderos.

El curso estaba dividido en varios subgrupos: Las chicas y chicos que eran los más populares y “cool” del colegio, por un lado. Los jóvenes estudiosos, junto a dos vagos atorrantes, por el otro. Otro conjunto era compuesto por las gemelas Benitez y la mejor amiga de ambas. Dalia y su mejor amiga, Ana, permanecían separadas del resto, ajenas a todos. Vivían y dejaban vivir.

Mi gran anhelo era formar parte del grupo “cool”, liderado por una joven a quien llamaré Cristina. Por una breve época, ese grupo fue amable conmigo. Almorzábamos en un cuchitril, al salir de la escuela, mientras esperábamos que fuera el horario de ir al gimnasio. Pero nunca me trataron como parte del grupo. No me llamaban por teléfono para conversar, ni me invitaban a salir con ellas. Una tarde, fuimos a la biblioteca juntas, y me ignoraron. Siendo yo tan sensible, peleamos por ello, y nunca más volvimos a tener una buena relación.

En el último año del secundario, comenzó mi amistad con Dalia. Fue cuando yo me mudé, por un tiempo, con mi tía Betty, al centro de la ciudad.

Dalia vivía en una casa pequeña, en las afueras de Mar del Plata, en el medio de la nada. Comprensiblemente, nunca deseaba regresar a su hogar cuando finalizaran las clases. Ella no tenía nada que hacer allí. Prefería quedarse en el centro, para pasear y juntarse con amigos. Yo la invité a almorzar a la casa de mi tía, ella vino todos los días durante dos años. Yo solía bromear diciendo: “La alimenté y nunca más se fue”. Fuimos mejores amigas, como hermanas, durante diez años.

Casi al mismo tiempo, comenzó mi amistad con Laura. La conocí porque ambas éramos fans de la serie Friends, y participábamos de la misma sala de chat. Un día, al descubrir que ambas vivíamos en Mar del Plata, nos reunimos a tomar un café.

Desde aquel momento, Dalia, Laura y yo formamos un grupo de amigas, al cual, eventualmente, se unió Belén.

Yo estaba encantada. Finalmente había encontrado lo que quería, me había convertido en líder de mi propia banda. Por una década, fuimos como las amigas de Sex and The City, pero sin sexo para dos de nosotras, lamentablemente. Creí que nuestra amistad nunca acabaría.

Al mismo tiempo, recibí un duro golpe. Al ingresar a la universidad, hice amistad con una compañera, a quien llamaré Scully. Ambas éramos seguidoras de la serie de televisión, Los Expedientes X. Teníamos en común nuestro amor por ese programa, y la música de Ricardo Arjona. Ella era discapacitada motriz, y necesitaba un bastón para desplazarse. Por todo ello, sentí que era la amiga ideal para mí, ya que comprendía como se siente ser traicionada por el propio cuerpo.

Fuimos muy cercanas durante tres años. Cuando comencé mi tercer año de universidad, Scully rompió toda relación conmigo. Dijo que yo nunca le había caído bien. Se quejó de mi costumbre de cambiar los planes a último momento. En aquella época, planificábamos salir a bailar toda la noche, hasta la salida del sol, pero al llegar la medianoche yo me sentía cansada y sin ánimos de salir, por lo cual decidía regresar a mi casa temprano. No comprendió que yo sufría de depresión y ansiedad social, me costaba controlar mi impulso de meterme en la cama.

Prometí cambiar, pero fue inútil. Jamás me dio una segunda oportunidad, lo cual habla volúmenes de lo poco que yo significaba para ella.

Una vez más, me encontraba sintiendo afecto por alguien que no me valoraba, en absoluto. Me sumergí más en la depresión, lo cual llevó a que dejara la universidad por primera vez.

Sin embargo, contaba con Dalia, Laura y Belén. Las tres eran mis pilares. La consideraba mis hermanas del alma.

Me estaba engañando a mí misma.

Sólo Belén me aprecia de verdad. La realidad era que ni Dalia, ni Laura, me querían tanto como yo las adoraba a ellas. Para ellas, yo era solo alguien con quien pasaban el tiempo. Mi mamá siempre me decía que mi amistad con ellas era superficial, como mucho. Comprobé, a la manera difícil, que tenía razón.

Ninguna de las dos se presentó al entierro de mi padre. Asistieron todos los amigos de mi tía Betty y mi madre, pero solo una de mis mejores amigas. Para ser justas, Laura había pasado por una tragedia familia, y un funeral le resultaba traumático. La comprendí. Y Verónica se encontraba en el exterior. Pero Dalia debió haber estado allí. Seguí saliendo con ella, pero nunca la perdoné del todo. Fue el comienzo del fin.

Poco a poco, descubrí lo sola que me encontraba.

Cuando cumplí los treinta años, el grupo se encontró reducido a la mitad.

Solo Belén y yo permanecemos unidas, reuniéndonos cada fin de semana para devorar pizza y mirar películas o series de televisión. Para mucha gente, es patético pasar el sábado a la noche mirando TV, pero ella y yo disfrutamos sumergiéndonos en la vida de personajes como Dexter Morgan, Walter White, Tony Soprano, y los habitantes del universo imaginario de Game of Thrones.

Por supuesto, tenemos nuestros desacuerdos. Yo me avergüenzo de mi falta de vida sexual e independencia económica, ella acepta que su vida es diferente de la vida de otras mujeres adultas. Pero rara vez peleamos.

No obstante, ninguna persona puede sobrevivir en este mundo con una única compinche. Por lo cual, intenté hacer más amigos.

Había un grupo de personas de la universidad que me caían bien. Inteligentes, amables. Me invitaron a salir con ellos un par de veces, y vinieron a mi casa una noche, pero eso fue todo. No volvieron a invitarme a ningún lado.

Un chico esa banda, Cesar, viajó conmigo a Colorado, para trabajar allí, pero pasó la mayor parte del tiempo con un grupo de jóvenes que conoció gracias la aventura. Mientras que sus amigos de universidad me caían bien, los compañeros de viaje de Cesar me resultaron desagradables. Hombres demasiado inmaduros y superficiales, con chicas que parecían fáciles y consentidas. Me sentí fuera de lugar.

En mi último año de universidad, conocí a dos chicas muy simpáticas, con las cuales compartí clases, y tuvimos que realizar trabajos en equipo. Pero eran personas totalmente diferentes de mí. Salían a beber cada fin de semana hasta vomitar. Esa no soy yo.

Intenté ser amiga de otra joven, que parecía agradable, madura e inteligente. Sin embargo, me rechazó cuando la invité a tomar un café.

Me ocurrió lo mismo con una mujer cuarentona que conocí en un taller de escritura. Por una casualidad, fue mi profesora de inglés en séptimo grado. Me caía realmente bien. Tomamos café un par de veces, pero, por motivos que desconozco, nunca quiso volver a verme. Me sentí herida.

Nunca pude comprender por qué la gente me desprecia tanto.

Mi terapista dice que, a veces, mis expresiones faciales causan rechazo. Sin desearlo, frunzo el ceño o pongo los ojos en blanco por un segundo, transmitiendo desdén. No es mi intención. Lo hago incluso cuando me agrada la persona con quien estoy hablando.

Creo que se debe al Trastorno de Espectro Autista y a mi depresión, que suele provocar el Síndrome de Turner.

O, tal vez, se deba al trauma provocado por años de bullying. Fui herida por tantas personas, que, de forma inconsciente, levanto una pared para evitar conectarme con otras personas.

Suelo crear lazos de amistad únicamente con personas a las cuales solo conozco mediante internet. Como mi amigo de Chile, con quien intercambiamos largos e-emails sinceros durante años. O mis queridas amigas de Escocia y Utah, con quienes solíamos chatear durante horas. O mi amigo de Colorado. O las guerreras con ST anglosajonas del grupo de Facebook del cual participo. Mis ciber-amistades significan para mi tanto como las personas que conozco en persona. Me resulta fácil relacionarme con ellas.

Me cuesta comprender. Sé que tengo mucho por mejorar. Pero, ¿De verdad soy un ser tan despreciable, que causa rechazo en las personas? Pasé toda mi vida preguntándome ¿por qué todos me odian?

Una de mis ciber-amigas con ST hizo una pregunta muy interesante: “¿Quién tiene problemas para socializar, la persona auténtica, o la persona que dice a otros que no sean quiénes son?”

martes, 28 de abril de 2015

Mi Tia Sarita

Una vez al año veía a mi tía Sarita. El destino nos colocó a cuatrocientos kilómetros de distancia. Por lo cual estoy agradecida.
Mi tía Sarita jamás puso pie en una universidad, pero cree que es jueza. Opina sobre todo y todos. Su boca carece de filtro. Dispara dardos envenenados. Tal actitud es un rasgo familiar. 
Mi tía Sarita, sentenciosa como pocas, me otorgó el título de vaga.
Me recibí de la universidad tardíamente, admito. Pero me esforcé para terminar mis estudios.
Hablo dos idiomas. ¿Mi tía Sarita hablaba dos idiomas cuando tenía mi edad? No. 
Quien escucha hablar a mi tía Sarita cae en el error de pensar que yo nunca trabajé en treinta y un años de vida. Vendí cosméticos por más de una década. Trabajé en una tienda de ropa durante un verano. Caminé casi toda la ciudad haciendo encuestas durante un mes. Todo un verano recorrí las hermosas playas de Mar del Plata vendiendo perfumes más falsos que un billete de tres pesos. Trabajé en los Estados Unidos durante cuatro meses. Allí fui empleada de una guardería y mucama de un hotel. Tuve que fregar pisos y limpiar inmundos inodoros  durante ocho horas diarias. ¿No es eso acaso trabajar?
Mi CV es corto. ¡Si lo sabré! Pero no soy ajena al trabajo. No desconozco los tormentos causados por una supervisora que hace que el personaje de Meryll Streep en “El Diablo viste a la moda” parezca un ángel.       Otra falsedad forjada por mi Tía Sarita es la creencia de que no trabajo porque no es mi deseo. 
He hecho todo lo que alguien que busca un trabajo debe hacer. Leo el diario todos los días y me postulo a aquellos puestos para los que califico. Recorrí el centro de la ciudad repartiendo curriculums (ejercicio que resultó ser una completa futilidad).  Asistí a entrevistas laborales. Vez tras vez sufrí la profunda decepción de no recibir el llamado tan esperado.
Mi tía Sarita trabajó toda su vida sin detenerse. Nunca fue golpeada por el drama de la desocupación. No concibe que alguien simplemente no consiga trabajo. Y me envidia. Envidia el hecho de que, aunque yo no trabaje, vivo mejor que ella. Engendra bronca dentro el ella el hecho de que no necesito trabajar. Busco trabajo porque lo deseo. Tengo todo lo que necesito. Casa grande. Ropas caras. Y hasta viajo de tanto en tanto.
Mi tía Sarita, quien trabajó como una burra toda su vida, apenas tiene un minúsculo departamento. ¿El cual compró con el sudor de su frente? No. Lo obtuvo gracias a una herencia y a un préstamo. Además, en su hora de necesidad, recibió ayuda de sus hermanas. Sin embargo se cree con derecho a criticar lo que yo tomé sin esfuerzo.   
En la mesa familiar se me compara constantemente con su hija, mi prima Lupita, quien completó una carrera universitaria mientras trabajaba arduamente, pues la tía Sarita jamás le dio ni un pase para el subte. No contaba los medios para ayudarla. Eso le duele. Ver a mi madre quitarme un peso de mis espaldas le recuerda lo que ella misma no pudo hacer. Y le duele. 
La lucha diaria de mi tía Sarita jamás fue compensada mientras que, a su entender, mi supuesta vida de haraganería me ha dado todo. Como si yo, en efecto, lo tuviera todo. ¿Lo tiene alguien?  Mi constante lucha contra la mala salud es ignorada en las conversaciones familiares.
La tía Sarita también envidia mis dones dados por el Dios en quien no cree. Ella nunca se destacó en nada. Nunca fue el lápiz más afilado de la cartuchera.
Envidia mi potencial. Ve el futuro que tengo por delante. Ve hasta donde puedo llegar. Y se amarga.

Simplemente envidia.