Bienvenidos a mi blog!!

En este blog compartiré mis experiencias personales, pasadas y presentes. Esperando que leer mis palabras ayude a las mujeres que pasan, o han pasado, por lo mismo que yo.
Los nombres de las personas mencionadas en mis historias han sido cambiados para proteger las identidades de los aludidos.

sábado, 6 de febrero de 2016

La tormenta perfecta

Como muchos millenials, pase demasiado tiempo estancada en una  adolescencia tardía. A los 31 continuaba sin trabajo, sin ganarme la vida, viviendo con mi madre. No encontraba la forma de volar por mi misma. 
Algunos dicen que es culpa mía, que no intente con suficiente ahínco encontrar trabajo, que soy demasiado selectiva. Otros más inteligentes culparon Mar del Plata, ciudad que ha liderado el ranking de desocupación de la Argentina durante años. Muchas veces, yo culpaba a mi apariencia. 
La verdad es que, nunca, las cosas ocurren por un único motivo. Distintos fenómenos colisionan, formando esa tormenta perfecta que denominamos: circunstancias.
Nací en una ciudad desfavorable para mi profesión. Pocos lugares en los cuales ejercer el periodismo, la comunicación empresarial, o el marketing. Y, en general, hay que insertarse mediante amistades.
- Trabaja de lo que sea- me dijeron.  
- okay- acepte yo.
Abrí los clasificados del diario local, día tras día. Esto es lo que encontré:
Un 40% de avisos en los que se solicita personal de sexo masculino.
Un 30% solicitando títulos o aptitudes que no tengo (Por lo general contadores, abogados, secretarias jurídicas, administrativas con conocimientos de contabilidad, construcción, peluquería, maestra jardinera u operario de maquinaria)
El restante?
Avisos solicitando camarera: Edad, de 18 a 25 años. (A veces, con suerte, la edad se estira hasta los 27, o los 30). Excelente presencia. Con experiencia comprobable. Para los restaurantes de Mar del Plata, ya no tengo la "juventud", que, como todos sabemos, es tan vital a la hora de servir comida y limpiar mesas (Sarcasmo!). Experiencia nunca tuve, menos comprobable. 
Avisos solicitando mucama de hotel: Edad de 18 a 25 (o 30, como mucho), con experiencia comprobable. Experiencia como mucama tengo, pero no es comprobable.
Se solicita recepcionista: edad, menor de 35, experiencia comprobable, excelente presencia. Tengo experiencia y la edad correcta.  
Me sugirieron que ponga en el CV a mi tía Betty como referencia, y que ella se haga pasar por ex empleadora, para inventar la experiencia que necesitaba. Pero ella se negó de manera terminante, por motivos morales. Claro, después me acuso de no querer trabajar, pero cuando le propuse esa idea para que yo consiga trabajo le pareció inapropiada.   
Anyway…
Otros avisos solicitaban promotora: edad, feto recién salido del vientre…. Okay, eso no… pero casi. Requisito mas importante: tan bella y alta como una top-model.  Por razones obvias, para este trabajo, que si abunda en mi ciudad, nunca pude siquiera presentarme.  
Una sola vez tuve una oportunidad de ser promotora. Una clienta ofreció recomendarme para estar fuera de las camionetas donde se hacían los DNI, promocionado el servicio. La clienta aclaró que, en ese caso, no era necesario ser linda, por lo cual yo tendría una oportunidad. Me sentí demasiado ofendida y nunca me presenté, cosa que me madre jamás me dejo olvidar. En aquel momento yo estaba en un pozo depresivo, por lo cual me afectaron sus palabras.
Pero, entonces... a que avisos PODÍA presentarme?
Me quedaban aquellos solicitando vendedora, siempre y cuando no exigieran una edad menor a la mía. Me postule para tales empleos una y otra vez, sin mucho éxito.
Cada muerte obispo, surgía una vacante para un trabajo que despertaba genuinamente, y mucho, mi interés: Pasantias en el diario La Capital o alguna radio. Encargada de Comunicaciones del Museo Bruzzone (No me contrataron, pese a que fui la única que se tomo la molestia de llevar un plan de comunicación hecho). Asistente de Marketing (UN aviso. Me llamaron para una entrevista, no me contrataron, ni se molestaron en atender mi llamado, cuando quise preguntar que hice mal). 
Una vez surgió una pasantía en una revista de la facultad, a la cual envié un artículo hecho con mucho esfuerzo. Fui rechazada, y pusieron excusas para ocultar que contrataron por amiguismo. Dijeron que el artículo no tenía suficiente opinión personal, cuando nunca aclararon si había que enviar artículos de opinión o informativos. No todos los artículos periodísticos deben, obligadamente, ser subjetivos, se permite intentar cierto nivel de objetividad.  Una vez más, la facultad me jugaba una mala pasada.    
Porque nadie quiere contratarme?, me preguntaba una y otra vez, mientras mi barco se sacudía.
Un segundo viento en contra: mi apariencia. Cara llena de lunares, 1,52 de estatura, ojos espantosos, ridículo cuello extremadamente corto y ancho. Y, desde el 2007, sobrepeso. Seria idiota, o extremadamente idealista (Hay diferencia?) decir que una mujer con tal aspecto, aunque use maquillaje, aros y tacos (elemento de tortura que debería haber prohibido la convención de Ginebra), no tiene las puertas cerradas en muchos lados.
Tercer frente desfavorable: el gobierno. Al ser abiertamente opositora a la tiranía K, nunca tuve chances de encontrar empleo en el sector público. Fui a pedir trabajo a la municipalidad, varias veces, sin éxito. Una clienta, casi-casi, me consigue trabajo monitoreando cámaras de vigilancia. Pase dos entrevistas, sin conseguir el empleo. Otra clienta, intento que me contrataran como secretaria en el hospital materno infantil. El empleo fue para un militante de La Campora.
Sin embargo, una joven de 26 fue contratada como Presidenta del Banco Nación, sin experiencia y con títulos que resultaron ser falsos. Pero a mi no se me considera capaz de monitorear cámaras, ser secretaria, camarera, vender ropa, caminar por la costa repartiendo pavadas que, en su mayoría, terminan en la basura, etc...
Normal que mi frustración y amargura crecieran día a día. 
Un tercer ciclón que se uniría a los otros: mi propia ineptitud social. Porque, algunos vientos desfavorables, son generados por nosotros mismos.
Al tener problemas para socializar (Debido al Síndrome de Turner), nunca tuve demasiados amigos, ni conocidos, con posibilidades o inclinación para recomendarme a algún empleador.
Mi ex amiga Dalia consiguió su mejor trabajo solo porque un chico se enamoro de ella, e hizo que la contrataran como camarera una confitería de lujo. (Que ese fuera el mejor trabajo que tuvo es triste, pero bue… Al menos recibía un sueldo)
Una joven de mi facultad consiguió empleo en una radio, solo por ser mejor amiga de otro joven que trabajaba allí. Cuando me enteré, caí en otro pozo depresivo y me quejé durante semanas.  Las horas que pasé llevando CVs a todas las radios habían sido un desperdicio.
Como esos, conozco cientos de casos.
Una clienta me dio trabajo en su tienda de ropa, pero se traslado a Buenos Aires y perdí el empleo.
Solo una de las 1000 amigas que tiene mi madre intento conseguirme trabajo como empleada administrativa (Pero, eso si, para criticarme conté con las 1000). No obstante, la potencial empleadora contrato a su propia sobrina. 
Intenté buscar trabajo en Buenos Aires, pero no contaba con dinero para mudarme y probar mi suerte. Por tanto, debía asegurarme un trabajo en la ciudad capital antes de mudarme a ella. Me anoté en un sitio web de búsqueda de trabajo, y envié por Internet más de 200 solicitudes de empleo.  Solo recibí un llamado, y era porque el empleador no había puesto atención al leer el CV y creía que yo ya vivía en Buenos Aires. Cuando explique mi situación, termino la conversación sin que me permitiera, siquiera ir a una entrevista o entrevistarme mediante skype.
Mi depresión también fue un serio obstáculo.  No solo impidió que me recibiera de joven, sino que me mantuvo en la cama, sin siquiera intentar algo durante mucho tiempo. Estaba convencida de que nunca conseguiría un buen empleo, por lo cual me di por vencida. Mi cerebro ya vino programado para ver el vaso medio vacío, y las malas experiencias vividas no ayudaron.

Mientras tanto, todos los conocidos dieron opiniones y criticaron. Vieron mi fracaso, pero desconocían las tormentas por las que yo debía atravesar. Una unión de tormentas que la mayoría de las personas ni siquiera sabe que existe.  Y no seria la ultima… 

sábado, 23 de enero de 2016

LA MONTAÑA RUSA DEL CUMPLEAÑOS

Despierto una mañana y, derrepente, ya no tengo 31 años, sino 32. De verdad paso tanto tiempo? De verdad soy una mujer adulta? Esta fecha siempre me lleva a sacar cuentas insospechadas, sintiendo ansiedad: 15 años desde que terminé el secundario. 17 desde mi viaje a Disney Word. 16 desde el nacimiento de mi ahijado. 7 desde que vivi en Colorado. 24 desde que soy amiga de Valeria y su familia. 25 desde que me diagnosticaron el Síndrome de Turner. 3 me faltan para cumplir 35, y.... 8 para cumplir cuarenta!!!! Hacer un balance de mi vida en este momento es inevitable. Adonde se fueron todos esos años? Que logré? De verdad cometí tantos errores? Por un lado, hablo dos idiomas, tengo un título universitario, escribí una novela y vivo en el exterior. Por otro lado, me gradué de una universidad mala, sigo soltera, no tengo hijos, todavía no logré insertarme laboralmente en inglaterra y mi novela permanece inédita. Participé de una gran cantidad de concursos literarios, y solo logré salir finalista en uno. Definitivamente no es la vida que ambicionaba cuando era chica. Imaginaba que, para cuando pasara los 30, tendría mi propia familia, y sería exitosa en la profesión que eligiera. Me imaginaba trabajando para un diario importante, en una gran ciudad. Me dijo un nuevo amigo que no debería ser tan dura conmigo misma. Después de todo, la vida es extra-dificil para mi. Es la primera persona, en toda mi vida, que reconoció lo duro que debo trabajar en el juego de la vida. Mucha gente necia me dijo que mi vida es fácil, pues mi familia siempre pudo mantenerse económicamente, y pude vivir sin trabajar por mucho tiempo. Otras veces, me han dicho que la vida es dificil para todos, que todo se gana con esfuerzo. Eso es, en cierta medida, cierto. Sin embargo, la gran mayoría de las personas enfrenta sus problemas teniendo la cantidad correcta de cromosomas, mientras que a mi me falta uno. Y no saben la diferencia que eso hace. La mayoría de las mujeres puede quedar embarazada teniendo sexo, lo cual, si me permiten decirlo, es algo maravilloso. Donde está el esfuerzo y sacrificio que TODOS deben hacer? Yo tendré que pasar por tratamientos de fertilidad, o por un proceso de adopción. Piensan que es facil? Piensen otra vez. A la mayoría de las personas las relaciones sociales les resultan algo sencillo y natural. Al tener un desorden de aprendizaje con verbal, hacer amigos siempre me resultó más dificil. Mientras que todos mis compañeros formaban grupo, y hacían trabajos en equipo, yo debía completar la tarea sola. El resto de los alumnos, podía copiar la tarea de un amigo. Eso nunca fue una opción para mí. Que hay del bullying? Que hay de la depresión? No todos sufren de un desbalance químico que les dificulta realizar las tareas diarias. Para no hablar de mi apariencia, que siempre fue un freno en la vida. Las mujeres bendecidas con belleza nacen con una ventaja, una ventaja que no ganaron con esfuerzo. No necesitan desarrollar inteligencia, ni una personalidad agradable. Claro, muchas igual lo hacen, pero no están OBLIGADAS hacerlo. Consiguen pareja y trabajo con facilidad. Recuerdo cuando hace muchos años una persona me dijo que una de mis amigas (rubia, alta, de ojos claros), siempre obtendría todo lo que quisiera, solo por su belleza. No fue tan así, pero tuvo algunas ventajas. Pudo conseguir trabajo de promotora cuando lo necesitó, cosa imposible para mi. También está el caso de Alyssa Ramos, una bloguera que escribe sobre viajes. Escribió un artículo lleno de arrogancia que provocó mi ira. El mismo se titula: Sí, soy bonita y viajo sola. En él ella se queja de lo dificil que es para una mujer hermosa viajar sola. DIFICIL???!!! Se queja de que, adonde vaya, los hombres la miran y creen que es una chica fácil porque es hermosa y viaja sola. También dice que, por su belleza, la confunden con una prostituta. Además, por su apariencia tan agradable, todos asumen que es estúpida, y que un hombre la mantiene y pagó por su viaje (Aclara que muchos hombre le ofrecieron viajes gratis, pero ella declinó las invitaciones). Alega que viaja con dinero que gana trabajando arduamente. Aunque no aclara cómo consiguió ese trabajo fabuloso, que le permite recorrer el mundo, ni toma en cuenta que para una mujer como ella conseguir trabajo es más sencillo que respirar. Es decir, que hace alarde de una belleza que no ganó, le fue dada. Querida madre, tías, clientas, amigas de mi madre, y críticos en general: ESO es ser malcriada, recibir todo de arriba y tener una vida fácil. Lo insultante es que ese artículo banal, hueco e hiriente para mujeres como yo , FUE PUBLICADO por el fucking Huffington Post.... el Huffington post!!! Yo ni siquiera logré ser publicada por un pequeño diario insignificante de Mar del Plata. Al enterarme de casos como ese, no puedo evitar preguntarme: Porque la vida tiene que ser tan dificil para mí? Es algo que las guerreras de mi grupo para mujeres con ST se preguntan muy a menudo: Por qué nos tocó una vida extra-dificil? Por qué debemos luchar más que el resto? Porque nos cuesta tanto obtener aquello que la mayoría de las personas da por seguro? Al final del camino, se me dará una medalla por aguantar tantos golpes? Se reconocerá que, adonde sea que llegue, llegué con el doble de esfuerzo que cualquier otra persona? Tal vez alguien me despierte un día, diciendo que todo fue un sueño. O que todos somos parte de un juego que juega Dios, llamado vida.

miércoles, 13 de enero de 2016

El blues de fin de año, y la esperanza del nuevo

Descubrí a los seis años que Papá Noel no existía. Me dijo mi prima Carlita, un mes menor que yo. Ella había notado que sus vecinos de entonces, gente muy pobre, nunca recibían regalos en esta época, por lo cual preguntó: Porqué Papá Noel no les trae nada? Mi tía le explicó que, en realidad, los regalos los compra la gente, y sus vecinos no tenían dinero para ello.

Cuando Carlita me lo dijo, no me sorprendí, ni dudé. Solo sentí cierto desencanto, y nerviosismo. Mi mayor temor era que, al enterarse que yo no creía en Papa Noel, mi familia comenzara a comprarme menos regalos, o juguetes no tan impresionantes. Imaginé que, ahora, mis padres podrían usar el No-Tengo-Plata como excusa para darme presentes inferiores. Eso fue lo primero que pensé, lo cual muestra mi materialismo innato, cuyo origen aún desconozco (mi padre??); algo que me cuesta cambiar.

Además, una navidad sin la ilusión de Papá Noel me parecía extremadamente aburrida, triste. Cuando celebrabamos con la familia de mi padre, yo era la única pequeña, por lo cual sentía en mis hombros la responsabilidad de alegrarle la navidad al resto de nuestra familia de cinco personas.

Por tanto, me hice la tonta y fingí que seguía creyendo en Papá Noel, una charada que mantuve hasta los diez años. La calidad de los regalos no decayó, (aunque, algúna que otra vez, me dijeron: Papá Noel está pobre este año), pero se perdió algo de diversión y magia.

Pareciera ser que, crecer, no es otra cosa que golpearse contra la realidad:

Las historias de amor no siempre tienen finales felices.

El perro no fue enviado a una granja.

Se rumorea que el gato de la pelicula Las Aventuras de Chatrán fue, de hecho, interpretado por catorce felinos iguales, lo cuales murieron durante el rodaje.

Los personajes que merodean por los parques de Disney World son aspirantes a actores y actrices, explotados hasta el extremo.

Lo que se compra con tarjeta de crédito, se debe pagar tarde o temprano.

Nunca podras ser modelo o estrella de cine.

No todos los que juegan al fútbol o al tenis se convierten en millonarios.

Para casarse con un rico hay que tener la apariencia de Valeria Massa.

Etc... etc... etc...

Crecer pareciera traer nada más que decepciones.

Solo se puede confiar en Dios, pero incluso él tiende a no actuar como esperábamos que lo hiciera.

Desde chica, mi madre me alentó a orar por lo que yo quisiera. Pero yo mal interprete como funcionaba eso de rezar.

Cada noche rezaba: <Señor, hazme bella y alta>. A la mañana siguiente, yo me miraba al espejo esperando ver mi cara libre de lunares, mis ojos hermosos, y mis dientes perfectos. Naturalmente, eso nunca ocurrió. Dios escucha nuestras oraciones, pero, muchas veces, responde: no.

Mick Jagger expresó en una canción la lección más dura que aprendemos al crecer: No siempre obtenemos lo que queremos. Pero podemos aferrarnos a la idea de que, con un poco de trabajo duro, recibiremos exactamente lo que necesitamos.

domingo, 30 de agosto de 2015

El camino difícil


Cuando uno es niño, los adultos de tu vida tomaban todas las decisiones que afectan tu vida. Como yo fui criada únicamente por mi madre, ella era la única persona que eligió el camino que seguiría hasta ser adulta. No había otra persona dispuesta a intervenir, a opinar.
Algunas decisiones de mi madre fueron acertadas, como la de separarse de mi padre, a tres años de casarse. Me alegra no haber convivido con un padre sin intenciones de abandonar la bebida. Además, descubrí que, si un matrimonio no funciona, es mejor divorciarse cuando los hijos son pequeños. Durante mi infancia, vi a varios compañeros de colegio sufriendo horrores las rupturas sentimentales de sus padres. Todos tenían dificultades para adaptarse a la situación nueva. Pero yo estaba acostumbrada a que padre viviera en otra casa. Era natural, para mí, verlo cada tanto.
Que vaya a trabajar a Estados Unidos, cuando yo tenía 17 años, dejándome a cuidado de la tía Betty, fue lo mejor que nos pudo pasar.
En cambio, otras decisiones tomadas por mi madre no fueron tan acertadas. Permitirme cambiar de colegio constantemente resultó ser un error. El ser siempre “la nueva” solo empeoró el bullying.
Al crecer, me convertí en responsable de mis propios tropiezos.
Mi primer error grave lo cometí a los dieciocho años.
Mi madre vivía en California; yo, con mi tía Betty. Teníamos un plan, yo me iría a Estados Unidos al terminar el secundario. Los ataques del 11 de Septiembre dificultaron la situación,  ya que resultaba mucho más complicado conseguir visa para entrar a Norteamérica. Sin embargo, podría haberlo intentado. Con esfuerzo, podría haber logrado reunirme con mi madre. Pero me acobardé.
Mi tía Betty siempre me decía que, de mudarme a Estados Unidos, terminaría “sirviendo hamburguesas” por el resto de mi vida. Según ella, una latina jamás conseguiría un trabajo importante en aquél país, porque enfrentaría discriminación. El tener trabajos insignificantes, y no ser nadie, por los siguientes cincuenta años me resultó aterrador.
Decidí quedarme e ingresar a la universidad. Pero ¿Qué estudiar?
Me tome un año sabático, en el 2002, mientras decidía que hacer con mi vida. Miraba doce horas de televisión diaria y me reunía con mis amigas. También estudié inglés e hice un curso de auxiliar de jardín maternal.
Ahí comenzó mi amor por la lengua de Shakespeare. ¿Sería profesora de inglés? Descarté esa idea rápidamente, ya que nunca me gustó la enseñanza. ¿Sería maestra de jardín? Siempre tuve debilidad por los niños, pero la idea de tratar con 20 al mismo tiempo me pareció abrumadora.
Finalmente, tomé una decisión: sería periodista gráfica. Me gustaba la idea de investigar y escribir. En aquél entonces, podía estudiarse periodismo en el instituto Ieres, o periodismo deportivo en DeporTea. Pero el deporte no me gusta. Además, deseaba obtener una Licenciatura. No me conformaba un título terciario. Por tanto, decidí estudiar Licenciatura en Comunicación Social. ¿Dónde? En la Universidad FASTA, de Mar del Plata.
Terminé profundamente decepcionada.
La carrera era perfecta para mí. Me permitía adquirir un conocimiento básico de una variedad de temas interesantes. Pero el nivel académico de FASTA es mediocre, y la universidad no produjo los resultados que yo esperaba.
Recibí el primer golpe durante mi segundo año. Cursé la materia “Géneros Informativos”, la cual me encantó y confirmo que el periodismo era la profesión para mí. Sin embargo, durante una clase, la profesora, Romina, dijo que invitaría a dos alumnos a una cena importante, con periodistas del diario “La Capital”. Yo fui ignorada. Invitó a un joven, a quien llamaré Juan. Él era muy capaz, pero yo también. ¿La diferencia? Romina tenía afinidad personal con él. Le caía bien. Era más carismático. Ella nunca se molestó en conocerme.
En Argentina, la amistad y el carisma son mucho más importantes que la capacidad y las ganas, a la hora de conseguir trabajo.  Además, en todo el mundo, la gente de baja estatura no es respetada. Se nos considera insignificantes.
Juan fue a la cena y conoció a todos los periodistas de La Capital. Cuando el diario ofreció pasantías, ¿A quién creen que eligieron? ¿A mí? ¿O al pibe simpático con quien compartieron una cena?
Él obtuvo el puesto. Adquirió la experiencia y los contactos que lo llevaron a trabajar para un diario mucho mejor.
¿Yo? Sufrí un golpe a mi ego, una desilusión de la cual nunca me recuperé por completo.  
Durante mis años de estudio, me postulé para varias pasantías. Fui ignorada cada vez.
En el tercer año, la única amiga que tenía en FASTA dejó de hablarme, dijo que simplemente no me quería.
Cuando, al tiempo, desaprobé un examen final por segunda vez, caí en un pozo depresivo. Se trataba de la materia más difícil de toda la carrera. La mayoría de los alumnos fallan en el examen final, al menos una vez. Pero yo me sentí desalentada.
Fue entonces que abandone la universidad por primera vez, y tomé un trabajo de vendedora en un stand de ropa.
Al año siguiente, decidí estudiar realización de cine. Muy pronto, me di cuenta que esa profesión no era para mí. Adoro las películas, pero no hacerlas.  El cuatrimestre que pasé en el instituto Bristol, estudiando cine, me sirvió para cono conocerme un poquito más.
Convencida de que el periodismo era mi vocación, decidí darle a FASTA una segunda oportunidad. Con renovado entusiasmo, aprobé varios exámenes y perdí quince kilos.
A finales del 2008, a los 24 años, logré lo que soñaba desde los dieciocho. Entré en un programa para trabajar en Estados Unidos. Pasé cuatro meses fantásticos, aunque llenos de desafíos, trabajando en Colorado. Culminé la experiencia con un mes inolvidable en Nueva Jersey, visitando Nueva York, Philadelfia y Washington DC.
No obstante, regresar fue horrible. Volví a hundirme en el profundo océano de la depresión, sin lograr ver orilla alguna.  
Después de haber visto la Universidad de Princeton, estudiar en FASTA hizo que me sintiera insignificante, como una hoja en un bosque.
Tras haber saboreado la libertad, vivir con mi madre me resultó insoportable. Ella no dejaba de recordarme, que mi amiga Valeria, y su prima, regresaron con grandes sumas de dinero tras trabajar en USA.
Lo peor fue que FASTA continuó  tratándome como un saco de boxeo.
El profesor de una materia en la cual sobresalí, deseaba que yo fuera su ayudante de cátedra. Habría obtenido descuentos en la cuota de la universidad y experiencia profesional, con aquél trabajo. Me sentí muy ilusionada. No obstante, el encargado de otorgar pasantías, dijo que no.  
Siempre me pregunté si él fue quien boicoteó mis otras oportunidades de obtener pasantías. Me resultó muy extraño que, tras años de postularme para ser pasante en diversas empresas, nunca me hayan contratado. Todos mis compañeros de universidad, todos, obtuvieron alguna pasantía en determinado momento.
Caemos nuevamente en el tema de las afinidades personales. Al no ser yo una persona carismática, carezco de amigos con posibilidades de ayudarme.
Una vez, recurrí a otro profesor de FASTA, encargado de los programas que ofrecía la universidad para estudiar en el extranjero, llamado Frank. Yo deseaba estudiar en Estados Unidos, pero no sabía cómo lograrlo, necesitaba orientación. Él me dijo que yo nunca podría estudiar en Estados Unidos, pues el nivel de esas universidades es demasiado elevado para mí, y es muy difícil ingresar. Sugirió que vaya a estudiar a Perú o México.
Su idea no me interesó. Dejé su oficina con el corazón destrozado.
Pasé por otra larga época de profunda decepción, en la cual descuidé mis estudios. Apenas podía levantarme de la cama. Me parecía inútil estudiar, si nunca podría lograr mi sueño. Todo se tiñó de negro.
Nunca me costó aprender los contenidos de las materias, ya que el nivel de FASTA es muy bajo y nunca me faltó inteligencia, pero mis pensamientos negativos se interponían en mi camino.
¿De qué me serviría el título, si no podría seguir estudiando donde yo quería? ¿Para qué recibirme, si nadie valoraba mis logros? ¿Para qué explotar mi inteligencia, si el mundo solo se interesa por el exterior? ¿Me contrataría alguien sabiendo que me recibí de una universidad de bajo nivel académico?  
Con todo, intenté luchar contra la depresión y completar mis estudios. Yo fui criada con la idea de que una persona no puede “ser alguien” en la vida sin un título universitario. Pensé que, incluso un diploma de una mala universidad, era mejor que nada.
Cambié de terapeuta, y ajustaron mi medicación.
Finalmente, logré recibirme. Me convertí en Licenciada en Comunicación Social. Aunque los años de depresión hicieron que mi promedió fuera bajo, tenía un título universitario.  
Sin embargo, no lograba insertarme en el mundo laboral.
Hice todo lo posible. Hablé con todos mis conocidos, repartí curriculums, y envié cientos por internet, me inscribí en varias páginas de búsqueda de empleo. Incluso baje mis estándares, ya no buscaba empleo en los medios, comencé a buscar trabajo de lo que fuera.   Casas de ropa, negocios… nada.
Me llamaron de un bazar para que trabajar 12 horas diarias, por el salario mínimo, y en negro. Me contrataron para vender cursos… 2 horas diarias, por 3000 pesos mensuales, también en negro.
Me sentía descorazonada. Confié en la universidad, y en mi país. Me quedé porque creía que aquí podría obtener un buen trabajo.
¿Debería haberme mudado a Buenos Aires y estudiar en la UBA? Por mucho tiempo, creí que sí. Entonces, intenté hacer una maestría en la Universidad de La Plata. Pero aprendí a la manera a la manera difícil que las carrera de comunicación y periodismo en las universidades estatales están demasiado contaminadas por el gobierno. Solo te enseñan mentiras, y las ideas opuestas no son bienvenidas.
Debería haber luchado más duro para cumplir mi sueño de estudiar e Estados Unidos. Frank me dijo que era imposible. ¿Por qué lo escuché? Él no sabía nada de mí, pero me declaró demasiado insignificante para estudiar en USA.
Nunca mencionó, por ejemplo, las becas Funiber, que yo podría haber obtenido si me hubiera esforzado. Cuando las descubrí por mi cuenta, ya era demasiado tarde.
Tampoco dijo nada de los cursos de verano que ofrece la Universidad de Nueva York. Me enteré de ellos por mi cuenta, y pude hacer un taller de escritura en escritura allí, durante dos semanas. No fue imposible para mí.
Ahora, voy a mudarme a Inglaterra, donde podré trabajar, vivir por mi cuenta. Ser libre. Como no pude lograrlo donde vivo, busqué otra manera. Ansió alejarme, volver a empezar, y conocer el mundo.
¿Quién puede decir lo que ocurrirá?

Hay una lección que aprender en todo esto: la gente siempre va a intentar derribarte, y poner piedras en tu camino. No hay que escuchar a nadie que diga que tus sueños son demasiado grandes para vos. Lo difícil lleva tiempo, lo imposible solo tarda un poco más. 
Los errores son, tan solo, desvíos en el camino, un camino que lleva a donde debés estar.

lunes, 17 de agosto de 2015

Maquillaje y aros

Por siglos, las mujeres fueros tratadas como adornos. Nuestra única función era deleitar la vista. La prioridad era la apariencia. En muchos sentidos, hemos evolucionado. Podemos votar, y ya no estamos obligadas a quedarnos en casa a criar hijos. Pero la obsesión con la imagen de la mujer continua.
“¡Conmigo así no salís!”, exclamó mi madre, cuando nos encontrábamos a punto de dejar mi casa para ir a comprar los anteojos nuevos que preciso. Yo necesitaba ir con ella o, que me diera  el dinero necesario.
No era la primera vez que se rehusaba a ser vista conmigo en público. ¿Lo hizo porque yo estaba usando ropa sucia o rota? No. Mi ropa se encontraba impecable. ¿Mis cabellos se encontraban despeinados? Tampoco. ¿Vestía yo como una prostituta barata? Menos. 
El problema era que yo no estaba maquillada, ni usaba aros. Para mi madre, eso es motivo de profunda vergüenza. Dice que “doy lastima” cuando me muestro como soy, sin artificios.
Desea que me maquille incluso cuando estoy en mi casa, porque tiene su salón de Uñas Esculpidas allí. Me observan cientos de clientas. La mortifica que me vean sin maquillaje.  Los aros y los cosméticos son su respuesta para todo. Cuando me quejo de que no tengo novio, ella dice que es porque no me “produzco”. Si lloro por estar desempleada: “Es que nunca te arreglás”.
Cuando tenía doce años, todos mis compañeros de clase decían que yo era un adefesio. Entonces, intenté  mejorar mi apariencia con maquillaje. Mi madre quiso disuadirme diciendo: “las casas se pintan cuando son viejas”.  Es decir que, ahora, soy vieja. ¿No?
¿La cara que Dios me dio debe, necesariamente, ser cubierta con pintura para evitar causar repulsión a otros? Mi madre parece creer eso. Piensa que verme sin maquillaje es un motivo válido para rechazarme, mientras que, si lo usara, yo sería amada por todos…. ¿Por cuánto tiempo?
A veces, ocurre que un hombre conoce, bajo el manto de la noche, una joven que parece una diosa. Pero, huyen despavoridos al verla al día siguiente, au naturel. Se sienten tan traicionados como un perro al que le dijeron “¿Vamos a la plaza?” antes de llevarlo al veterinario. Por eso, hay mujeres que, al comenzar una relación, se levantan media hora antes que sus novios, para maquillarse y peinarse antes de que él despierte. Todo sea por mantener la treta el mayor tiempo posible. ¡Una locura!
¿Qué sentido tiene?
Mis ojos  siguen siendo marrones y saltones, aunque use mascara, delineador y sombra. Tendría que comprar lentes de contacto para cambiar el color, pero sería un gran engaño.
Los lunares en mi cara podrían disimularse, pero seguirían estando allí, se verían. Los más espantosos, tuvo que quitármelos un cirujano plástico.
Mis eternas ojeras se notan, aunque utilice mucho corrector.
Durante mucho tiempo, usé unas zapatillas de plataforma, para disimular mi baja estatura. Mi tía Raquel las llamaba “los tractores”, por su enorme tamaño. Pero yo seguía midiendo 1,53, aunque pareciera de 1,60…. Y, tarde o temprano, tenía que bajarme.
De niña, podía cubrir mi oreja deforme (la derecha) con el cabello, pero esta no se corrigió hasta que pasé por una dolorosa cirugía estética. Con todo, no quedó del todo bien (mi madre dijo una vez que el cirujano “hizo un desastre”), aunque mejoró bastante.
Cuando mi pecho era plano, intenté rellenar mi corpiño.  Pero aquello causó más problemas de los que evitó. Varios años después, mis pechos crecieron en exceso, y desparejos. Ningún corpiño disimulaba el defecto. Sólo una cirugía plástica pudo solucionar el problema. (Quedé conforme con el resultado, aunque mi madre diga que tengo los pechos por el piso).
En definitiva, el maquillaje y los accesorios no cambian lo que uno es.
Incluso usando cosméticos, mis compañeros se burlaban de mí. Fui a bailar todos los sábados, con ropa provocativa y pintada como una prostituta. Pero ningún chico deseaba ser mi novio. Durante años, asistí a mis clases de Inglés, y a la universidad, usando maquillaje y aros. No obstante, fui rechazada por todos los hombres.
Eventualmente, me di cuenta que, para ser fea igual, mejor no perder tiempo ni energía con tanto artificio.
Me niego a ser de esas mujeres que se maquillan para ir al gimnasio o al supermercado.
Actualmente, solo me maquillo, ligeramente, en ciertas ocasiones: si tengo una entrevista, o para ir al trabajo (cuando consigo), o si voy a alguna fiesta. Es decir, cuando a mí me interesa maquillarme.  Estoy lista en menos de diez minutos.
Pero si voy a pasar el día escribiendo, o si me quedo un sábado a la noche en mi casa, viendo Game of Thrones con Belén, no me voy a producir. Lo más probable es que me ponga el piyama antes de las 7.30 PM. Tampoco uso maquillaje para ir de compras, a terapia, o a mi taller de escritura.
No debería ser humillada por ello.
“¿Y si te cruzás con un conocido?”, pregunta mi madre, horrorizada. ¡Dios nos libre de que alguien me vea sin maquillaje! ¡Que espanto!
Cuando te dicen, constantemente, durante años, que tu apariencia natural es horrible, resulta muy difícil no creerlo.
Me resulta muy difícil callar su voz, y ser yo misma. Lucho día a día para aceptarme tal cual soy. Como dijo una vez mi heroína: “Cuando alguien te critica, ten en cuenta que, lo que otros dicen de ti, tiene más que ver con ellos que contigo”.
Mi madre me anula porque necesita controlarme. Le urge dominar. No me ve como un individuo, sino como una parte de sí misma. Aunque pasé los treinta, me considera una muñeca, a la cual puede vestir, peinar y maquillar como le plazca.
Su obsesión por controlarme llega a extremos increíbles. Una vez que salimos a almorzar, yo quería comer una hamburguesa y papas fritas. Ella detesta que yo coma eso, por lo que amenazó con levantarse de la mesa e irse. La hubiera dejado partir, pero yo necesitaba que pagara el almuerzo, lo cual me resultó humillante. 
Siempre que me peino o visto de una manera que le disgusta, me agrede. Dice cosas tan horribles sobre mi apariencia, que termina destruyendo la poca autoconfianza que tengo. ¿De verdad tengo un gusto tan espantoso? ¿Acaso todas mis decisiones son equivocadas? Aniquilando mi autoestima, y al desvalorizar todas mis elecciones (de ropa, look, comida, amistades, etc…), logró lo que siempre quiso: que yo dependiera de ella hasta los treinta años. 

Lo peor de todo es que yo se lo permití, durante demasiado tiempo. 

martes, 11 de agosto de 2015

¿Ineptitud social?


El 20 de Julio, en Argentina, se celebra el día del amigo. Un día en la cual los restaurantes son desbordados. Salir a cenar sin reserva resulta ser una misión cuasi-kamikaze.

Se eligió dicha fecha para conmemorar la llegada del hombre a la luna. Aunque el primero en caminar sobre ella fue un norteamericano, aquél día fue emocionante para la humanidad entera. Solo sesenta años después de inventar el aeroplano, el hombre lograba caminar sobre la luna. La humanidad entera observó aquel momento en sus televisores. Todos unidos, celebrando el mismo logro.

Es un día para celebrar la amistad, y el afecto.

¿Qué ocurre cuando no contás con gente que celebre con vos?

Un estudio neuro-cognitivo en mujeres con Síndrome de Turner, como yo, muestra deficiencias cognitivas sociales. Un 5% de las mujeres con ST son autistas, mientras que un 25% tiene Trastornos de Espectro Autista, lo cual significa que muestran signos leves de autismo, sin llegar a serlo. Las personas con TEA tienen problemas significativos de socialización, comunicación y conducta, ya que procesan la información en su cerebro de manera distinta a los demás.

Muchas chicas con ST se quejan de las dificultades que tienen para socializar.

De pequeña, tuve muchos amigos. A mis fiestas de cumpleaños siempre asistían todos mis compañeros del Jesús Redentor, más mis amigos de la colonia de vacaciones.

Algunos chicos venían a mi casa a hacer deberes, o a jugar videojuegos. La verdad es que nunca volví a tener verdaderos amigos varones, como los de aquella época.

En cuarto grado, cambié de colegio, y mi vida se arruinó. Desde aquel momento, hasta que cumplí diecisiete años, sólo tuve una amiga, a quien llamaré Valeria. Ella vivía rodeada de cientos de amigas. Cuando llegaba el 20 de julio, nos reuníamos para festejar el día juntas. No obstante, ella, siendo tan popular, tenía demasiados compromisos sociales y no contaba con demasiado tiempo para mí. Muchas veces, debimos celebrar nuestra amistad, e intercambiar regalos, en otra fecha. Por lo que yo quedaba sola y deprimida.

Para ser justos, Valeria intentó varias veces integrarme a su grupo de amistades. Pero yo nunca hice un esfuerzo para mezclarme con su gente. Pero nunca me sentí cómoda con ese grupo. Yo siempre fui alguien “de afuera”, cuatro años mayor, mientras que ellas compartían todas las jornadas escolares y tenían más cosas en común.

Mi gran anhelo era ser amiga de mis propios compañeros de colegio, quienes se comportaban de manera espantosa conmigo. Me decían cosas como “deforme” y “bicho feo”. Incluso aquellas chicas que no eran malas, tampoco llegaban a convertirse en verdaderas amigas mías.

Yo no sabía el motivo de mi soledad. Mi madre no fue de ayuda en este sentido. Siempre repetía que si yo no cambiaba “todos te van a ralear”, “todos se burlan de vos, sos un arlequín” (ella tiene por costumbre usar palabras que nadie jamás utiliza).

Ser siempre “la nueva” (fui a cinco colegios seguidos), solo empeoro la situación.

En séptimo grado, comencé a ir al colegio Carlos Tejedor. Una compañera judía celebró su Bat Mitzvah, y yo fui la única no invitada. Varios días después, una profesora dedicó la hora de clase a ver el video de la fiesta. Yo tuve que observar como todos habían pasado una gran noche, menos yo.

Fue una agonía cuando, años más tarde, todas mis compañeras cumplieron 15 años. Repartían las invitaciones, pero yo nunca recibía una. Por supuesto, mi madre me culpó a mí, a mis ataques de llanto. Dijo varias veces “Nadie te invita porque tienen miedo que les arruines la fiesta”.

La profesora de Ciencias Naturales fue la única que sintió lástima de mí. Al año siguiente, dijo a sus nuevas alumnas: “Si no van a invitar a todos a la fiesta de quince, no traigan las invitaciones a la escuela. El año pasado había una alumna que sufría mucho cuando no la invitaban”. Me enteré de ello cuando fui amiga, por breve tiempo, de dos alumnos un año menores que yo: Germán y su melliza Karen. Dicha amistad finalizó abruptamente cuando se enteraron que yo sentía atracción por Germán, lo cual provocó que todo su círculo se burlara cruelmente de mí. Como el resto de los chicos, él me consideraba fea.

Cuando llegó el momento de mi fiesta de quince, elegí viajar a Disney con mi tía Betty, en lugar de hacer una gran fiesta. Cuando regresé del viaje, mi madre preparó una sencilla celebración en mi honor. Solo asistieron cinco jóvenes amigos míos, incluyendo a Valeria, dos de sus hermanos y mi actual amiga Belén. El resto de los invitados fueron familiares y amigos de mi madre. En total, fueron a mi fiesta 32 personas.

De todos modos, a mí no me interesaba una gran fiesta, con 150 personas y un DJ. Viajar a Disney resultó ser mucho más gratificante, y uno de los momentos más felices de mi vida. Soñaba con ir allí desde los cinco años. Lo que me dolió, fue saber que aunque hubiera querido un festejo extravagante, no habría tenido a quien invitar.

No supe lo que era una verdadera fiesta de quinceañera hasta que Valeria, y otra vecina nuestra, cumplieron esa edad.

En octavo grado logré formar amistades con dos chicas buenas, quienes también eran martirizadas y rechazadas por ser obesas. Una de ellas vivía en la extrema pobreza, y era golpeada por su madre, quien la usaba de niñera para sus hijos menores.

Nunca voy a olvidar que, tras conocerlas, mi madre dijo: “A vos siempre se te pega lo peor de la escuela”. Me hizo sentir que los pocos que se acercaban a mí era gente sin valor, inferior. No obstante, continué mi amistad con las jóvenes rechazadas, hasta que finalizamos la escuela primaria.

Comencé el secundario llena de ilusiones, en un nuevo colegio. Intenté hacer amigas, pero nunca logré formar lazos duraderos.

El curso estaba dividido en varios subgrupos: Las chicas y chicos que eran los más populares y “cool” del colegio, por un lado. Los jóvenes estudiosos, junto a dos vagos atorrantes, por el otro. Otro conjunto era compuesto por las gemelas Benitez y la mejor amiga de ambas. Dalia y su mejor amiga, Ana, permanecían separadas del resto, ajenas a todos. Vivían y dejaban vivir.

Mi gran anhelo era formar parte del grupo “cool”, liderado por una joven a quien llamaré Cristina. Por una breve época, ese grupo fue amable conmigo. Almorzábamos en un cuchitril, al salir de la escuela, mientras esperábamos que fuera el horario de ir al gimnasio. Pero nunca me trataron como parte del grupo. No me llamaban por teléfono para conversar, ni me invitaban a salir con ellas. Una tarde, fuimos a la biblioteca juntas, y me ignoraron. Siendo yo tan sensible, peleamos por ello, y nunca más volvimos a tener una buena relación.

En el último año del secundario, comenzó mi amistad con Dalia. Fue cuando yo me mudé, por un tiempo, con mi tía Betty, al centro de la ciudad.

Dalia vivía en una casa pequeña, en las afueras de Mar del Plata, en el medio de la nada. Comprensiblemente, nunca deseaba regresar a su hogar cuando finalizaran las clases. Ella no tenía nada que hacer allí. Prefería quedarse en el centro, para pasear y juntarse con amigos. Yo la invité a almorzar a la casa de mi tía, ella vino todos los días durante dos años. Yo solía bromear diciendo: “La alimenté y nunca más se fue”. Fuimos mejores amigas, como hermanas, durante diez años.

Casi al mismo tiempo, comenzó mi amistad con Laura. La conocí porque ambas éramos fans de la serie Friends, y participábamos de la misma sala de chat. Un día, al descubrir que ambas vivíamos en Mar del Plata, nos reunimos a tomar un café.

Desde aquel momento, Dalia, Laura y yo formamos un grupo de amigas, al cual, eventualmente, se unió Belén.

Yo estaba encantada. Finalmente había encontrado lo que quería, me había convertido en líder de mi propia banda. Por una década, fuimos como las amigas de Sex and The City, pero sin sexo para dos de nosotras, lamentablemente. Creí que nuestra amistad nunca acabaría.

Al mismo tiempo, recibí un duro golpe. Al ingresar a la universidad, hice amistad con una compañera, a quien llamaré Scully. Ambas éramos seguidoras de la serie de televisión, Los Expedientes X. Teníamos en común nuestro amor por ese programa, y la música de Ricardo Arjona. Ella era discapacitada motriz, y necesitaba un bastón para desplazarse. Por todo ello, sentí que era la amiga ideal para mí, ya que comprendía como se siente ser traicionada por el propio cuerpo.

Fuimos muy cercanas durante tres años. Cuando comencé mi tercer año de universidad, Scully rompió toda relación conmigo. Dijo que yo nunca le había caído bien. Se quejó de mi costumbre de cambiar los planes a último momento. En aquella época, planificábamos salir a bailar toda la noche, hasta la salida del sol, pero al llegar la medianoche yo me sentía cansada y sin ánimos de salir, por lo cual decidía regresar a mi casa temprano. No comprendió que yo sufría de depresión y ansiedad social, me costaba controlar mi impulso de meterme en la cama.

Prometí cambiar, pero fue inútil. Jamás me dio una segunda oportunidad, lo cual habla volúmenes de lo poco que yo significaba para ella.

Una vez más, me encontraba sintiendo afecto por alguien que no me valoraba, en absoluto. Me sumergí más en la depresión, lo cual llevó a que dejara la universidad por primera vez.

Sin embargo, contaba con Dalia, Laura y Belén. Las tres eran mis pilares. La consideraba mis hermanas del alma.

Me estaba engañando a mí misma.

Sólo Belén me aprecia de verdad. La realidad era que ni Dalia, ni Laura, me querían tanto como yo las adoraba a ellas. Para ellas, yo era solo alguien con quien pasaban el tiempo. Mi mamá siempre me decía que mi amistad con ellas era superficial, como mucho. Comprobé, a la manera difícil, que tenía razón.

Ninguna de las dos se presentó al entierro de mi padre. Asistieron todos los amigos de mi tía Betty y mi madre, pero solo una de mis mejores amigas. Para ser justas, Laura había pasado por una tragedia familia, y un funeral le resultaba traumático. La comprendí. Y Verónica se encontraba en el exterior. Pero Dalia debió haber estado allí. Seguí saliendo con ella, pero nunca la perdoné del todo. Fue el comienzo del fin.

Poco a poco, descubrí lo sola que me encontraba.

Cuando cumplí los treinta años, el grupo se encontró reducido a la mitad.

Solo Belén y yo permanecemos unidas, reuniéndonos cada fin de semana para devorar pizza y mirar películas o series de televisión. Para mucha gente, es patético pasar el sábado a la noche mirando TV, pero ella y yo disfrutamos sumergiéndonos en la vida de personajes como Dexter Morgan, Walter White, Tony Soprano, y los habitantes del universo imaginario de Game of Thrones.

Por supuesto, tenemos nuestros desacuerdos. Yo me avergüenzo de mi falta de vida sexual e independencia económica, ella acepta que su vida es diferente de la vida de otras mujeres adultas. Pero rara vez peleamos.

No obstante, ninguna persona puede sobrevivir en este mundo con una única compinche. Por lo cual, intenté hacer más amigos.

Había un grupo de personas de la universidad que me caían bien. Inteligentes, amables. Me invitaron a salir con ellos un par de veces, y vinieron a mi casa una noche, pero eso fue todo. No volvieron a invitarme a ningún lado.

Un chico esa banda, Cesar, viajó conmigo a Colorado, para trabajar allí, pero pasó la mayor parte del tiempo con un grupo de jóvenes que conoció gracias la aventura. Mientras que sus amigos de universidad me caían bien, los compañeros de viaje de Cesar me resultaron desagradables. Hombres demasiado inmaduros y superficiales, con chicas que parecían fáciles y consentidas. Me sentí fuera de lugar.

En mi último año de universidad, conocí a dos chicas muy simpáticas, con las cuales compartí clases, y tuvimos que realizar trabajos en equipo. Pero eran personas totalmente diferentes de mí. Salían a beber cada fin de semana hasta vomitar. Esa no soy yo.

Intenté ser amiga de otra joven, que parecía agradable, madura e inteligente. Sin embargo, me rechazó cuando la invité a tomar un café.

Me ocurrió lo mismo con una mujer cuarentona que conocí en un taller de escritura. Por una casualidad, fue mi profesora de inglés en séptimo grado. Me caía realmente bien. Tomamos café un par de veces, pero, por motivos que desconozco, nunca quiso volver a verme. Me sentí herida.

Nunca pude comprender por qué la gente me desprecia tanto.

Mi terapista dice que, a veces, mis expresiones faciales causan rechazo. Sin desearlo, frunzo el ceño o pongo los ojos en blanco por un segundo, transmitiendo desdén. No es mi intención. Lo hago incluso cuando me agrada la persona con quien estoy hablando.

Creo que se debe al Trastorno de Espectro Autista y a mi depresión, que suele provocar el Síndrome de Turner.

O, tal vez, se deba al trauma provocado por años de bullying. Fui herida por tantas personas, que, de forma inconsciente, levanto una pared para evitar conectarme con otras personas.

Suelo crear lazos de amistad únicamente con personas a las cuales solo conozco mediante internet. Como mi amigo de Chile, con quien intercambiamos largos e-emails sinceros durante años. O mis queridas amigas de Escocia y Utah, con quienes solíamos chatear durante horas. O mi amigo de Colorado. O las guerreras con ST anglosajonas del grupo de Facebook del cual participo. Mis ciber-amistades significan para mi tanto como las personas que conozco en persona. Me resulta fácil relacionarme con ellas.

Me cuesta comprender. Sé que tengo mucho por mejorar. Pero, ¿De verdad soy un ser tan despreciable, que causa rechazo en las personas? Pasé toda mi vida preguntándome ¿por qué todos me odian?

Una de mis ciber-amigas con ST hizo una pregunta muy interesante: “¿Quién tiene problemas para socializar, la persona auténtica, o la persona que dice a otros que no sean quiénes son?”

jueves, 2 de julio de 2015

Botón de Rebobinado

COMPARTO UN RELATO BREVE, FICTICIO, QUE ESCRIBÍ.  
Salió finalista del  “I CERTAMEN MUNDIAL EXCELENCIA LITERARIA”. 

Será publicado una una antología  por la editorial M.P. Literary Edition, U.S.

---------------------------------------------------------------------------------------------

Botón de Rebobinado

Salgo de la cama sin nada de ganas. Dormí apenas unas tres horas plagadas de pesadillas. Hace ya una semana que el sueño no es mi amigo. Siento inmediatamente las, ahora, familiares nauseas. Corro al baño, donde arrojo mi cena, junto a  mi desesperación y la soledad. Sobre todo la soledad. Me lavo y me miro al espejo. Estoy pálida. Demasiado pálida. Tengo unas espantosas ojeras púrpura. 
Son las 6.30 y telefoneo a mi amiga porque sé que ya se levantó.
-¿Podés ayudarme a deshacer mi último error?-
Hace dos meses festejé mi cumpleaños en un bar. “Hoy y nunca más”, dije mientras empuñaba mi cuarto trago. “Dieciocho años no se cumplen todos los días”. Cuatro horas y seis tragos después, lo conocí a él. Casi sin darme cuenta, abandonamos el bar juntos.    
Ahora mi amiga me contacta con unas personas sin nombre que ofrecen una salida ilegal. Los encontramos en el medio de la noche para ocultarnos en la oscuridad. Luego de que el dinero cambie de manos, nos suben a una pequeña camioneta con los ojos vendados. No podemos ver dónde queda el sombrío lugar donde ocurren a diario tantas muertes sangrientas.
El miedo comienza a apoderarse de mí.
Dentro del lugar, se nos permite ver. Nos encontramos en el living de una pequeña casa viejísima y sucia. La humedad y una gran telaraña invaden los techos mientras que el polvo de apodera de los muebles. Es lo mejor que pude pagar.
Veo  una parejita joven, no parecen haber pasado los quince años. Parecen ser los estudiosos del colegio.  Junto a ellos hay otra adolescente, tan hermosa como asustada. La acompaña su madre de apariencia severa. Me recuerda a la directora de mi escuela.
Todos llegamos a esa terrorífica casa buscando desesperadamente el botón de rebobinado. Pero somos como trenes marchando sobre las vías que los llevan a sus destinos finales. No se puede ir hacia atrás ni saltearse las paradas, que fueron planeadas por un poder superior, con misteriosos motivos.
La vida sólo me permite sentarme en la bañera con la ducha abierta, acunar mi cabeza entre mis manos y llorar como una niña mientras sangro un río rojo.

Me dirijo a la siguiente parada con una nueva piedra en la valija que jamás podré abandonar. No importa cuanto lo intente. 

Autora: Lara García Costanzo