Despierto una mañana y, derrepente, ya no tengo 31 años, sino 32. De verdad paso tanto tiempo? De verdad soy una mujer adulta? Esta fecha siempre me lleva a sacar cuentas insospechadas, sintiendo ansiedad:
15 años desde que terminé el secundario.
17 desde mi viaje a Disney Word.
16 desde el nacimiento de mi ahijado.
7 desde que vivi en Colorado.
24 desde que soy amiga de Valeria y su familia.
25 desde que me diagnosticaron el Síndrome de Turner.
3 me faltan para cumplir 35, y.... 8 para cumplir cuarenta!!!!
Hacer un balance de mi vida en este momento es inevitable. Adonde se fueron todos esos años? Que logré? De verdad cometí tantos errores?
Por un lado, hablo dos idiomas, tengo un título universitario, escribí una novela y vivo en el exterior.
Por otro lado, me gradué de una universidad mala, sigo soltera, no tengo hijos, todavía no logré insertarme laboralmente en inglaterra y mi novela permanece inédita. Participé de una gran cantidad de concursos literarios, y solo logré salir finalista en uno.
Definitivamente no es la vida que ambicionaba cuando era chica.
Imaginaba que, para cuando pasara los 30, tendría mi propia familia, y sería exitosa en la profesión que eligiera. Me imaginaba trabajando para un diario importante, en una gran ciudad.
Me dijo un nuevo amigo que no debería ser tan dura conmigo misma. Después de todo, la vida es extra-dificil para mi. Es la primera persona, en toda mi vida, que reconoció lo duro que debo trabajar en el juego de la vida.
Mucha gente necia me dijo que mi vida es fácil, pues mi familia siempre pudo mantenerse económicamente, y pude vivir sin trabajar por mucho tiempo.
Otras veces, me han dicho que la vida es dificil para todos, que todo se gana con esfuerzo. Eso es, en
cierta medida, cierto.
Sin embargo, la gran mayoría de las personas enfrenta sus problemas teniendo la cantidad correcta de cromosomas, mientras que a mi me falta uno. Y no saben la diferencia que eso hace.
La mayoría de las mujeres puede quedar embarazada teniendo sexo, lo cual, si me permiten decirlo, es algo maravilloso. Donde está el esfuerzo y sacrificio que TODOS deben hacer? Yo tendré que pasar por tratamientos de fertilidad, o por un proceso de adopción. Piensan que es facil? Piensen otra vez.
A la mayoría de las personas las relaciones sociales les resultan algo sencillo y natural. Al tener un desorden de aprendizaje con verbal, hacer amigos siempre me resultó más dificil. Mientras que todos mis compañeros formaban grupo, y hacían trabajos en equipo, yo debía completar la tarea sola. El resto de los alumnos, podía copiar la tarea de un amigo. Eso nunca fue una opción para mí.
Que hay del bullying?
Que hay de la depresión? No todos sufren de un desbalance químico que les dificulta realizar las tareas diarias.
Para no hablar de mi apariencia, que siempre fue un freno en la vida. Las mujeres bendecidas con belleza nacen con una ventaja, una ventaja que no ganaron con esfuerzo. No necesitan desarrollar inteligencia, ni una personalidad agradable. Claro, muchas igual lo hacen, pero no están OBLIGADAS hacerlo. Consiguen pareja y trabajo con facilidad.
Recuerdo cuando hace muchos años una persona me dijo que una de mis amigas (rubia, alta, de ojos claros), siempre obtendría todo lo que quisiera, solo por su belleza. No fue tan así, pero tuvo algunas ventajas. Pudo conseguir trabajo de promotora cuando lo necesitó, cosa imposible para mi.
También está el caso de Alyssa Ramos, una bloguera que escribe sobre viajes. Escribió un artículo lleno de arrogancia que provocó mi ira. El mismo se titula: Sí, soy bonita y viajo sola. En él ella se queja de lo dificil que es para una mujer hermosa viajar sola. DIFICIL???!!! Se queja de que, adonde vaya, los hombres la miran y creen que es una chica fácil porque es hermosa y viaja sola. También dice que, por su belleza, la confunden con una prostituta. Además, por su apariencia tan agradable, todos asumen que es estúpida, y que un hombre la mantiene y pagó por su viaje (Aclara que muchos hombre le ofrecieron viajes gratis, pero ella declinó las invitaciones). Alega que viaja con dinero que gana trabajando arduamente. Aunque no aclara cómo consiguió ese trabajo fabuloso, que le permite recorrer el mundo, ni toma en cuenta que para una mujer como ella conseguir trabajo es más sencillo que respirar. Es decir, que hace alarde de una belleza que no ganó, le fue dada.
Querida madre, tías, clientas, amigas de mi madre, y críticos en general: ESO es ser malcriada, recibir todo de arriba y tener una vida fácil.
Lo insultante es que ese artículo banal, hueco e hiriente para mujeres como yo , FUE PUBLICADO por el fucking Huffington Post.... el Huffington post!!! Yo ni siquiera logré ser publicada por un pequeño diario insignificante de Mar del Plata.
Al enterarme de casos como ese, no puedo evitar preguntarme: Porque la vida tiene que ser tan dificil
para mí?
Es algo que las guerreras de mi grupo para mujeres con ST se preguntan muy a menudo: Por qué nos tocó una vida extra-dificil? Por qué debemos luchar más que el resto? Porque nos cuesta tanto obtener aquello que la mayoría de las personas da por seguro?
Al final del camino, se me dará una medalla por aguantar tantos golpes?
Se reconocerá que, adonde sea que llegue, llegué con el doble de esfuerzo que cualquier otra persona?
Tal vez alguien me despierte un día, diciendo que todo fue un sueño. O que todos somos parte de un juego que juega Dios, llamado vida.
Bienvenidos a mi blog!!
En este blog compartiré mis experiencias personales, pasadas y presentes. Esperando que leer mis palabras ayude a las mujeres que pasan, o han pasado, por lo mismo que yo.
Los nombres de las personas mencionadas en mis historias han sido cambiados para proteger las identidades de los aludidos.
sábado, 23 de enero de 2016
LA MONTAÑA RUSA DEL CUMPLEAÑOS
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miércoles, 13 de enero de 2016
El blues de fin de año, y la esperanza del nuevo
Descubrí a los seis años que Papá Noel no existía. Me dijo mi prima Carlita, un mes menor que yo. Ella había notado que sus vecinos de entonces, gente muy pobre, nunca recibían regalos en esta época, por lo cual preguntó: Porqué Papá Noel no les trae nada? Mi tía le explicó que, en realidad, los regalos los compra la gente, y sus vecinos no tenían dinero para ello.
Cuando Carlita me lo dijo, no me sorprendí, ni dudé. Solo sentí cierto desencanto, y nerviosismo. Mi mayor temor era que, al enterarse que yo no creía en Papa Noel, mi familia comenzara a comprarme menos regalos, o juguetes no tan impresionantes. Imaginé que, ahora, mis padres podrían usar el No-Tengo-Plata como excusa para darme presentes inferiores. Eso fue lo primero que pensé, lo cual muestra mi materialismo innato, cuyo origen aún desconozco (mi padre??); algo que me cuesta cambiar.
Además, una navidad sin la ilusión de Papá Noel me parecía extremadamente aburrida, triste. Cuando celebrabamos con la familia de mi padre, yo era la única pequeña, por lo cual sentía en mis hombros la responsabilidad de alegrarle la navidad al resto de nuestra familia de cinco personas.
Por tanto, me hice la tonta y fingí que seguía creyendo en Papá Noel, una charada que mantuve hasta los diez años. La calidad de los regalos no decayó, (aunque, algúna que otra vez, me dijeron: Papá Noel está pobre este año), pero se perdió algo de diversión y magia.
Pareciera ser que, crecer, no es otra cosa que golpearse contra la realidad:
Las historias de amor no siempre tienen finales felices.
El perro no fue enviado a una granja.
Se rumorea que el gato de la pelicula Las Aventuras de Chatrán fue, de hecho, interpretado por catorce felinos iguales, lo cuales murieron durante el rodaje.
Los personajes que merodean por los parques de Disney World son aspirantes a actores y actrices, explotados hasta el extremo.
Lo que se compra con tarjeta de crédito, se debe pagar tarde o temprano.
Nunca podras ser modelo o estrella de cine.
No todos los que juegan al fútbol o al tenis se convierten en millonarios.
Para casarse con un rico hay que tener la apariencia de Valeria Massa.
Etc... etc... etc...
Crecer pareciera traer nada más que decepciones.
Solo se puede confiar en Dios, pero incluso él tiende a no actuar como esperábamos que lo hiciera.
Desde chica, mi madre me alentó a orar por lo que yo quisiera. Pero yo mal interprete como funcionaba eso de rezar.
Cada noche rezaba: <Señor, hazme bella y alta>. A la mañana siguiente, yo me miraba al espejo esperando ver mi cara libre de lunares, mis ojos hermosos, y mis dientes perfectos. Naturalmente, eso nunca ocurrió. Dios escucha nuestras oraciones, pero, muchas veces, responde: no.
Mick Jagger expresó en una canción la lección más dura que aprendemos al crecer: No siempre obtenemos lo que queremos. Pero podemos aferrarnos a la idea de que, con un poco de trabajo duro, recibiremos exactamente lo que necesitamos.
Cuando Carlita me lo dijo, no me sorprendí, ni dudé. Solo sentí cierto desencanto, y nerviosismo. Mi mayor temor era que, al enterarse que yo no creía en Papa Noel, mi familia comenzara a comprarme menos regalos, o juguetes no tan impresionantes. Imaginé que, ahora, mis padres podrían usar el No-Tengo-Plata como excusa para darme presentes inferiores. Eso fue lo primero que pensé, lo cual muestra mi materialismo innato, cuyo origen aún desconozco (mi padre??); algo que me cuesta cambiar.
Además, una navidad sin la ilusión de Papá Noel me parecía extremadamente aburrida, triste. Cuando celebrabamos con la familia de mi padre, yo era la única pequeña, por lo cual sentía en mis hombros la responsabilidad de alegrarle la navidad al resto de nuestra familia de cinco personas.
Por tanto, me hice la tonta y fingí que seguía creyendo en Papá Noel, una charada que mantuve hasta los diez años. La calidad de los regalos no decayó, (aunque, algúna que otra vez, me dijeron: Papá Noel está pobre este año), pero se perdió algo de diversión y magia.
Pareciera ser que, crecer, no es otra cosa que golpearse contra la realidad:
Las historias de amor no siempre tienen finales felices.
El perro no fue enviado a una granja.
Se rumorea que el gato de la pelicula Las Aventuras de Chatrán fue, de hecho, interpretado por catorce felinos iguales, lo cuales murieron durante el rodaje.
Los personajes que merodean por los parques de Disney World son aspirantes a actores y actrices, explotados hasta el extremo.
Lo que se compra con tarjeta de crédito, se debe pagar tarde o temprano.
Nunca podras ser modelo o estrella de cine.
No todos los que juegan al fútbol o al tenis se convierten en millonarios.
Para casarse con un rico hay que tener la apariencia de Valeria Massa.
Etc... etc... etc...
Crecer pareciera traer nada más que decepciones.
Solo se puede confiar en Dios, pero incluso él tiende a no actuar como esperábamos que lo hiciera.
Desde chica, mi madre me alentó a orar por lo que yo quisiera. Pero yo mal interprete como funcionaba eso de rezar.
Cada noche rezaba: <Señor, hazme bella y alta>. A la mañana siguiente, yo me miraba al espejo esperando ver mi cara libre de lunares, mis ojos hermosos, y mis dientes perfectos. Naturalmente, eso nunca ocurrió. Dios escucha nuestras oraciones, pero, muchas veces, responde: no.
Mick Jagger expresó en una canción la lección más dura que aprendemos al crecer: No siempre obtenemos lo que queremos. Pero podemos aferrarnos a la idea de que, con un poco de trabajo duro, recibiremos exactamente lo que necesitamos.
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domingo, 30 de agosto de 2015
El camino difícil
Cuando uno
es niño, los adultos de tu vida tomaban todas las decisiones que afectan tu
vida. Como yo fui criada únicamente por mi madre, ella era la única persona que
eligió el camino que seguiría hasta ser adulta. No había otra persona dispuesta
a intervenir, a opinar.
Algunas
decisiones de mi madre fueron acertadas, como la de separarse de mi padre, a
tres años de casarse. Me alegra no haber convivido con un padre sin intenciones
de abandonar la bebida. Además, descubrí que, si un matrimonio no funciona, es
mejor divorciarse cuando los hijos son pequeños. Durante mi infancia, vi a varios
compañeros de colegio sufriendo horrores las rupturas sentimentales de sus
padres. Todos tenían dificultades para adaptarse a la situación nueva. Pero yo
estaba acostumbrada a que padre viviera en otra casa. Era natural, para mí,
verlo cada tanto.
Que vaya a
trabajar a Estados Unidos, cuando yo tenía 17 años, dejándome a cuidado de la tía
Betty, fue lo mejor que nos pudo pasar.
En cambio,
otras decisiones tomadas por mi madre no fueron tan acertadas. Permitirme
cambiar de colegio constantemente resultó ser un error. El ser siempre “la
nueva” solo empeoró el bullying.
Al crecer, me
convertí en responsable de mis propios tropiezos.
Mi primer
error grave lo cometí a los dieciocho años.
Mi madre vivía
en California; yo, con mi tía Betty. Teníamos un plan, yo me iría a Estados
Unidos al terminar el secundario. Los ataques del 11 de Septiembre dificultaron
la situación, ya que resultaba mucho más
complicado conseguir visa para entrar a Norteamérica. Sin embargo, podría
haberlo intentado. Con esfuerzo, podría haber logrado reunirme con mi madre. Pero
me acobardé.
Mi tía Betty
siempre me decía que, de mudarme a Estados Unidos, terminaría “sirviendo
hamburguesas” por el resto de mi vida. Según ella, una latina jamás conseguiría
un trabajo importante en aquél país, porque enfrentaría discriminación. El
tener trabajos insignificantes, y no ser nadie, por los siguientes cincuenta
años me resultó aterrador.
Decidí
quedarme e ingresar a la universidad. Pero ¿Qué estudiar?
Me tome un
año sabático, en el 2002, mientras decidía que hacer con mi vida. Miraba doce
horas de televisión diaria y me reunía con mis amigas. También estudié inglés e
hice un curso de auxiliar de jardín maternal.
Ahí comenzó
mi amor por la lengua de Shakespeare. ¿Sería profesora de inglés? Descarté esa
idea rápidamente, ya que nunca me gustó la enseñanza. ¿Sería maestra de jardín?
Siempre tuve debilidad por los niños, pero la idea de tratar con 20 al mismo
tiempo me pareció abrumadora.
Finalmente,
tomé una decisión: sería periodista gráfica. Me gustaba la idea de investigar y
escribir. En aquél entonces, podía estudiarse periodismo en el instituto Ieres,
o periodismo deportivo en DeporTea. Pero el deporte no me gusta. Además,
deseaba obtener una Licenciatura. No me conformaba un título terciario. Por
tanto, decidí estudiar Licenciatura en Comunicación Social. ¿Dónde? En la
Universidad FASTA, de Mar del Plata.
Terminé profundamente
decepcionada.
La carrera
era perfecta para mí. Me permitía adquirir un conocimiento básico de una
variedad de temas interesantes. Pero el nivel académico de FASTA es mediocre, y
la universidad no produjo los resultados que yo esperaba.
Recibí el
primer golpe durante mi segundo año. Cursé la materia “Géneros Informativos”,
la cual me encantó y confirmo que el periodismo era la profesión para mí. Sin
embargo, durante una clase, la profesora, Romina, dijo que invitaría a dos
alumnos a una cena importante, con periodistas del diario “La Capital”. Yo fui
ignorada. Invitó a un joven, a quien llamaré Juan. Él era muy capaz, pero yo
también. ¿La diferencia? Romina tenía afinidad personal con él. Le caía bien.
Era más carismático. Ella nunca se molestó en conocerme.
En
Argentina, la amistad y el carisma son mucho más importantes que la capacidad y
las ganas, a la hora de conseguir trabajo. Además, en todo el mundo, la gente de baja
estatura no es respetada. Se nos considera insignificantes.
Juan fue a
la cena y conoció a todos los periodistas de La Capital. Cuando el diario
ofreció pasantías, ¿A quién creen que eligieron? ¿A mí? ¿O al pibe simpático con
quien compartieron una cena?
Él obtuvo el
puesto. Adquirió la experiencia y los contactos que lo llevaron a trabajar para
un diario mucho mejor.
¿Yo? Sufrí
un golpe a mi ego, una desilusión de la cual nunca me recuperé por completo.
Durante mis
años de estudio, me postulé para varias pasantías. Fui ignorada cada vez.
En el tercer
año, la única amiga que tenía en FASTA dejó de hablarme, dijo que simplemente no
me quería.
Cuando, al
tiempo, desaprobé un examen final por segunda vez, caí en un pozo depresivo. Se
trataba de la materia más difícil de toda la carrera. La mayoría de los alumnos
fallan en el examen final, al menos una vez. Pero yo me sentí desalentada.
Fue entonces
que abandone la universidad por primera vez, y tomé un trabajo de vendedora en
un stand de ropa.
Al año
siguiente, decidí estudiar realización de cine. Muy pronto, me di cuenta que esa
profesión no era para mí. Adoro las películas, pero no hacerlas. El cuatrimestre que pasé en el instituto
Bristol, estudiando cine, me sirvió para cono conocerme un poquito más.
Convencida
de que el periodismo era mi vocación, decidí darle a FASTA una segunda
oportunidad. Con renovado entusiasmo, aprobé varios exámenes y perdí quince
kilos.
A finales del
2008, a los 24 años, logré lo que soñaba desde los dieciocho. Entré en un
programa para trabajar en Estados Unidos. Pasé cuatro meses fantásticos, aunque
llenos de desafíos, trabajando en Colorado. Culminé la experiencia con un mes
inolvidable en Nueva Jersey, visitando Nueva York, Philadelfia y Washington DC.
No obstante,
regresar fue horrible. Volví a hundirme en el profundo océano de la depresión,
sin lograr ver orilla alguna.
Después de haber
visto la Universidad de Princeton, estudiar en FASTA hizo que me sintiera insignificante,
como una hoja en un bosque.
Tras haber
saboreado la libertad, vivir con mi madre me resultó insoportable. Ella no
dejaba de recordarme, que mi amiga Valeria, y su prima, regresaron con grandes sumas
de dinero tras trabajar en USA.
Lo peor fue
que FASTA continuó tratándome como un
saco de boxeo.
El profesor
de una materia en la cual sobresalí, deseaba que yo fuera su ayudante de
cátedra. Habría obtenido descuentos en la cuota de la universidad y experiencia
profesional, con aquél trabajo. Me sentí muy ilusionada. No obstante, el encargado
de otorgar pasantías, dijo que no.
Siempre me
pregunté si él fue quien boicoteó mis otras oportunidades de obtener pasantías.
Me resultó muy extraño que, tras años de postularme para ser pasante en
diversas empresas, nunca me hayan contratado. Todos mis compañeros de
universidad, todos, obtuvieron alguna pasantía en determinado momento.
Caemos
nuevamente en el tema de las afinidades personales. Al no ser yo una persona carismática,
carezco de amigos con posibilidades de ayudarme.
Una vez,
recurrí a otro profesor de FASTA, encargado de los programas que ofrecía la
universidad para estudiar en el extranjero, llamado Frank. Yo deseaba estudiar
en Estados Unidos, pero no sabía cómo lograrlo, necesitaba orientación. Él me
dijo que yo nunca podría estudiar en Estados Unidos, pues el nivel de esas
universidades es demasiado elevado para mí, y es muy difícil ingresar. Sugirió
que vaya a estudiar a Perú o México.
Su idea no
me interesó. Dejé su oficina con el corazón destrozado.
Pasé por
otra larga época de profunda decepción, en la cual descuidé mis estudios. Apenas
podía levantarme de la cama. Me parecía inútil estudiar, si nunca podría lograr
mi sueño. Todo se tiñó de negro.
Nunca me
costó aprender los contenidos de las materias, ya que el nivel de FASTA es muy
bajo y nunca me faltó inteligencia, pero mis pensamientos negativos se
interponían en mi camino.
¿De qué me
serviría el título, si no podría seguir estudiando donde yo quería? ¿Para qué recibirme,
si nadie valoraba mis logros? ¿Para qué explotar mi inteligencia, si el mundo
solo se interesa por el exterior? ¿Me contrataría alguien sabiendo que me
recibí de una universidad de bajo nivel académico?
Con todo,
intenté luchar contra la depresión y completar mis estudios. Yo fui criada con
la idea de que una persona no puede “ser alguien” en la vida sin un título
universitario. Pensé que, incluso un diploma de una mala universidad, era mejor
que nada.
Cambié de
terapeuta, y ajustaron mi medicación.
Finalmente,
logré recibirme. Me convertí en Licenciada en Comunicación Social. Aunque los
años de depresión hicieron que mi promedió fuera bajo, tenía un título
universitario.
Sin embargo,
no lograba insertarme en el mundo laboral.
Hice todo lo
posible. Hablé con todos mis conocidos, repartí curriculums, y envié cientos
por internet, me inscribí en varias páginas de búsqueda de empleo. Incluso baje
mis estándares, ya no buscaba empleo en los medios, comencé a buscar trabajo de
lo que fuera. Casas de ropa, negocios… nada.
Me llamaron
de un bazar para que trabajar 12 horas diarias, por el salario mínimo, y en
negro. Me contrataron para vender cursos… 2 horas diarias, por 3000 pesos
mensuales, también en negro.
Me sentía
descorazonada. Confié en la universidad, y en mi país. Me quedé porque creía
que aquí podría obtener un buen trabajo.
¿Debería
haberme mudado a Buenos Aires y estudiar en la UBA? Por mucho tiempo, creí que
sí. Entonces, intenté hacer una maestría en la Universidad de La Plata. Pero aprendí
a la manera a la manera difícil que las carrera de comunicación y periodismo en
las universidades estatales están demasiado contaminadas por el gobierno. Solo
te enseñan mentiras, y las ideas opuestas no son bienvenidas.
Debería
haber luchado más duro para cumplir mi sueño de estudiar e Estados Unidos. Frank
me dijo que era imposible. ¿Por qué lo escuché? Él no sabía nada de mí, pero me
declaró demasiado insignificante para estudiar en USA.
Nunca
mencionó, por ejemplo, las becas Funiber, que yo podría haber obtenido si me hubiera
esforzado. Cuando las descubrí por mi cuenta, ya era demasiado tarde.
Tampoco dijo
nada de los cursos de verano que ofrece la Universidad de Nueva York. Me enteré
de ellos por mi cuenta, y pude hacer un taller de escritura en escritura allí,
durante dos semanas. No fue imposible para mí.
Ahora, voy a
mudarme a Inglaterra, donde podré trabajar, vivir por mi cuenta. Ser libre.
Como no pude lograrlo donde vivo, busqué otra manera. Ansió alejarme, volver a
empezar, y conocer el mundo.
¿Quién puede
decir lo que ocurrirá?
Hay una
lección que aprender en todo esto: la gente siempre va a intentar derribarte, y
poner piedras en tu camino. No hay que escuchar a nadie que diga que tus sueños
son demasiado grandes para vos. Lo difícil lleva tiempo, lo imposible solo tarda un poco más.
Los errores son, tan solo, desvíos en el camino, un camino que lleva a donde debés estar.
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lunes, 17 de agosto de 2015
Maquillaje y aros
Por siglos, las mujeres fueros tratadas como adornos. Nuestra
única función era deleitar la vista. La prioridad era la apariencia. En muchos
sentidos, hemos evolucionado. Podemos votar, y ya no estamos obligadas a
quedarnos en casa a criar hijos. Pero la obsesión con la imagen de la mujer
continua.
“¡Conmigo así no salís!”, exclamó mi madre, cuando nos
encontrábamos a punto de dejar mi casa para ir a comprar los anteojos nuevos
que preciso. Yo necesitaba ir con ella o, que me diera el dinero necesario.
No era la primera vez que se rehusaba a ser vista conmigo en
público. ¿Lo hizo porque yo estaba usando ropa sucia o rota? No. Mi ropa se
encontraba impecable. ¿Mis cabellos se encontraban despeinados? Tampoco.
¿Vestía yo como una prostituta barata? Menos.
El problema era que yo no estaba maquillada, ni usaba aros.
Para mi madre, eso es motivo de profunda vergüenza. Dice que “doy lastima”
cuando me muestro como soy, sin artificios.
Desea que me maquille incluso cuando estoy en mi casa,
porque tiene su salón de Uñas Esculpidas allí. Me observan cientos de clientas.
La mortifica que me vean sin maquillaje.
Los aros y los cosméticos son su respuesta para todo. Cuando me quejo de
que no tengo novio, ella dice que es porque no me “produzco”. Si lloro por
estar desempleada: “Es que nunca te arreglás”.
Cuando tenía doce años, todos mis compañeros de clase decían
que yo era un adefesio. Entonces, intenté
mejorar mi apariencia con maquillaje. Mi madre quiso disuadirme
diciendo: “las casas se pintan cuando son viejas”. Es decir que, ahora, soy vieja. ¿No?
¿La cara que Dios me dio debe, necesariamente, ser cubierta
con pintura para evitar causar repulsión a otros? Mi madre parece creer eso.
Piensa que verme sin maquillaje es un motivo válido para rechazarme, mientras
que, si lo usara, yo sería amada por todos…. ¿Por cuánto tiempo?
A veces, ocurre que un hombre conoce, bajo el manto de la
noche, una joven que parece una diosa. Pero, huyen despavoridos al verla al día
siguiente, au naturel. Se sienten tan
traicionados como un perro al que le dijeron “¿Vamos a la plaza?” antes de
llevarlo al veterinario. Por eso, hay mujeres que, al comenzar una relación, se
levantan media hora antes que sus novios, para maquillarse y peinarse antes de
que él despierte. Todo sea por mantener la treta el mayor tiempo posible. ¡Una
locura!
¿Qué sentido tiene?
Mis ojos siguen
siendo marrones y saltones, aunque use mascara, delineador y sombra. Tendría
que comprar lentes de contacto para cambiar el color, pero sería un gran
engaño.
Los lunares en mi cara podrían disimularse, pero seguirían
estando allí, se verían. Los más espantosos, tuvo que quitármelos un cirujano plástico.
Mis eternas ojeras se notan, aunque utilice mucho corrector.
Durante mucho tiempo, usé unas zapatillas de plataforma,
para disimular mi baja estatura. Mi tía Raquel las llamaba “los tractores”, por
su enorme tamaño. Pero yo seguía midiendo 1,53, aunque pareciera de 1,60…. Y,
tarde o temprano, tenía que bajarme.
De niña, podía cubrir mi oreja deforme (la derecha) con el
cabello, pero esta no se corrigió hasta que pasé por una dolorosa cirugía
estética. Con todo, no quedó del todo bien (mi madre dijo una vez que el
cirujano “hizo un desastre”), aunque mejoró bastante.
Cuando mi pecho era plano, intenté rellenar mi corpiño. Pero aquello causó más problemas de los que
evitó. Varios años después, mis pechos crecieron en exceso, y desparejos.
Ningún corpiño disimulaba el defecto. Sólo una cirugía plástica pudo solucionar
el problema. (Quedé conforme con el resultado, aunque mi madre diga que tengo
los pechos por el piso).
En definitiva, el maquillaje y los accesorios no cambian lo
que uno es.
Incluso usando cosméticos, mis compañeros se burlaban de mí.
Fui a bailar todos los sábados, con ropa provocativa y pintada como una
prostituta. Pero ningún chico deseaba ser mi novio. Durante años, asistí a mis
clases de Inglés, y a la universidad, usando maquillaje y aros. No obstante,
fui rechazada por todos los hombres.
Eventualmente, me di cuenta que, para ser fea igual, mejor no
perder tiempo ni energía con tanto artificio.
Me niego a ser de esas mujeres que se maquillan para ir al
gimnasio o al supermercado.
Actualmente, solo me maquillo, ligeramente, en ciertas
ocasiones: si tengo una entrevista, o para ir al trabajo (cuando consigo), o si
voy a alguna fiesta. Es decir, cuando a
mí me interesa maquillarme. Estoy
lista en menos de diez minutos.
Pero si voy a pasar el día escribiendo, o si me quedo un
sábado a la noche en mi casa, viendo Game of Thrones con Belén, no me voy a
producir. Lo más probable es que me ponga el piyama antes de las 7.30 PM. Tampoco
uso maquillaje para ir de compras, a terapia, o a mi taller de escritura.
No debería ser humillada por ello.
“¿Y si te cruzás con un conocido?”, pregunta mi madre,
horrorizada. ¡Dios nos libre de que alguien me vea sin maquillaje! ¡Que
espanto!
Cuando te dicen, constantemente, durante años, que tu apariencia
natural es horrible, resulta muy difícil no creerlo.
Me resulta muy difícil callar su voz, y ser yo misma. Lucho
día a día para aceptarme tal cual soy. Como dijo una vez mi heroína: “Cuando
alguien te critica, ten en cuenta que, lo que otros dicen de ti, tiene más que
ver con ellos que contigo”.
Mi madre me anula porque necesita controlarme. Le urge
dominar. No me ve como un individuo, sino como una parte de sí misma. Aunque
pasé los treinta, me considera una muñeca, a la cual puede vestir, peinar y
maquillar como le plazca.
Su obsesión por controlarme llega a extremos increíbles. Una
vez que salimos a almorzar, yo quería comer una hamburguesa y papas fritas.
Ella detesta que yo coma eso, por lo que amenazó con levantarse de la mesa e
irse. La hubiera dejado partir, pero yo necesitaba que pagara el almuerzo, lo
cual me resultó humillante.
Siempre que me peino o visto de una manera que le disgusta,
me agrede. Dice cosas tan horribles sobre mi apariencia, que termina
destruyendo la poca autoconfianza que tengo. ¿De verdad tengo un gusto tan
espantoso? ¿Acaso todas mis decisiones son equivocadas? Aniquilando mi
autoestima, y al desvalorizar todas mis elecciones (de ropa, look, comida,
amistades, etc…), logró lo que siempre quiso: que yo dependiera de ella hasta
los treinta años.
Lo peor de todo es que yo se lo permití, durante demasiado
tiempo.
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martes, 11 de agosto de 2015
¿Ineptitud social?
El 20 de Julio, en Argentina, se celebra el día del amigo. Un día en la cual los restaurantes son desbordados. Salir a cenar sin reserva resulta ser una misión cuasi-kamikaze.
Se eligió dicha fecha para conmemorar la llegada del hombre a la luna. Aunque el primero en caminar sobre ella fue un norteamericano, aquél día fue emocionante para la humanidad entera. Solo sesenta años después de inventar el aeroplano, el hombre lograba caminar sobre la luna. La humanidad entera observó aquel momento en sus televisores. Todos unidos, celebrando el mismo logro.
Es un día para celebrar la amistad, y el afecto.
¿Qué ocurre cuando no contás con gente que celebre con vos?
Un estudio neuro-cognitivo en mujeres con Síndrome de Turner, como yo, muestra deficiencias cognitivas sociales. Un 5% de las mujeres con ST son autistas, mientras que un 25% tiene Trastornos de Espectro Autista, lo cual significa que muestran signos leves de autismo, sin llegar a serlo. Las personas con TEA tienen problemas significativos de socialización, comunicación y conducta, ya que procesan la información en su cerebro de manera distinta a los demás.
Muchas chicas con ST se quejan de las dificultades que tienen para socializar.
De pequeña, tuve muchos amigos. A mis fiestas de cumpleaños siempre asistían todos mis compañeros del Jesús Redentor, más mis amigos de la colonia de vacaciones.
Algunos chicos venían a mi casa a hacer deberes, o a jugar videojuegos. La verdad es que nunca volví a tener verdaderos amigos varones, como los de aquella época.
En cuarto grado, cambié de colegio, y mi vida se arruinó. Desde aquel momento, hasta que cumplí diecisiete años, sólo tuve una amiga, a quien llamaré Valeria. Ella vivía rodeada de cientos de amigas. Cuando llegaba el 20 de julio, nos reuníamos para festejar el día juntas. No obstante, ella, siendo tan popular, tenía demasiados compromisos sociales y no contaba con demasiado tiempo para mí. Muchas veces, debimos celebrar nuestra amistad, e intercambiar regalos, en otra fecha. Por lo que yo quedaba sola y deprimida.
Para ser justos, Valeria intentó varias veces integrarme a su grupo de amistades. Pero yo nunca hice un esfuerzo para mezclarme con su gente. Pero nunca me sentí cómoda con ese grupo. Yo siempre fui alguien “de afuera”, cuatro años mayor, mientras que ellas compartían todas las jornadas escolares y tenían más cosas en común.
Mi gran anhelo era ser amiga de mis propios compañeros de colegio, quienes se comportaban de manera espantosa conmigo. Me decían cosas como “deforme” y “bicho feo”. Incluso aquellas chicas que no eran malas, tampoco llegaban a convertirse en verdaderas amigas mías.
Yo no sabía el motivo de mi soledad. Mi madre no fue de ayuda en este sentido. Siempre repetía que si yo no cambiaba “todos te van a ralear”, “todos se burlan de vos, sos un arlequín” (ella tiene por costumbre usar palabras que nadie jamás utiliza).
Ser siempre “la nueva” (fui a cinco colegios seguidos), solo empeoro la situación.
En séptimo grado, comencé a ir al colegio Carlos Tejedor. Una compañera judía celebró su Bat Mitzvah, y yo fui la única no invitada. Varios días después, una profesora dedicó la hora de clase a ver el video de la fiesta. Yo tuve que observar como todos habían pasado una gran noche, menos yo.
Fue una agonía cuando, años más tarde, todas mis compañeras cumplieron 15 años. Repartían las invitaciones, pero yo nunca recibía una. Por supuesto, mi madre me culpó a mí, a mis ataques de llanto. Dijo varias veces “Nadie te invita porque tienen miedo que les arruines la fiesta”.
La profesora de Ciencias Naturales fue la única que sintió lástima de mí. Al año siguiente, dijo a sus nuevas alumnas: “Si no van a invitar a todos a la fiesta de quince, no traigan las invitaciones a la escuela. El año pasado había una alumna que sufría mucho cuando no la invitaban”. Me enteré de ello cuando fui amiga, por breve tiempo, de dos alumnos un año menores que yo: Germán y su melliza Karen. Dicha amistad finalizó abruptamente cuando se enteraron que yo sentía atracción por Germán, lo cual provocó que todo su círculo se burlara cruelmente de mí. Como el resto de los chicos, él me consideraba fea.
Cuando llegó el momento de mi fiesta de quince, elegí viajar a Disney con mi tía Betty, en lugar de hacer una gran fiesta. Cuando regresé del viaje, mi madre preparó una sencilla celebración en mi honor. Solo asistieron cinco jóvenes amigos míos, incluyendo a Valeria, dos de sus hermanos y mi actual amiga Belén. El resto de los invitados fueron familiares y amigos de mi madre. En total, fueron a mi fiesta 32 personas.
De todos modos, a mí no me interesaba una gran fiesta, con 150 personas y un DJ. Viajar a Disney resultó ser mucho más gratificante, y uno de los momentos más felices de mi vida. Soñaba con ir allí desde los cinco años. Lo que me dolió, fue saber que aunque hubiera querido un festejo extravagante, no habría tenido a quien invitar.
No supe lo que era una verdadera fiesta de quinceañera hasta que Valeria, y otra vecina nuestra, cumplieron esa edad.
En octavo grado logré formar amistades con dos chicas buenas, quienes también eran martirizadas y rechazadas por ser obesas. Una de ellas vivía en la extrema pobreza, y era golpeada por su madre, quien la usaba de niñera para sus hijos menores.
Nunca voy a olvidar que, tras conocerlas, mi madre dijo: “A vos siempre se te pega lo peor de la escuela”. Me hizo sentir que los pocos que se acercaban a mí era gente sin valor, inferior. No obstante, continué mi amistad con las jóvenes rechazadas, hasta que finalizamos la escuela primaria.
Comencé el secundario llena de ilusiones, en un nuevo colegio. Intenté hacer amigas, pero nunca logré formar lazos duraderos.
El curso estaba dividido en varios subgrupos: Las chicas y chicos que eran los más populares y “cool” del colegio, por un lado. Los jóvenes estudiosos, junto a dos vagos atorrantes, por el otro. Otro conjunto era compuesto por las gemelas Benitez y la mejor amiga de ambas. Dalia y su mejor amiga, Ana, permanecían separadas del resto, ajenas a todos. Vivían y dejaban vivir.
Mi gran anhelo era formar parte del grupo “cool”, liderado por una joven a quien llamaré Cristina. Por una breve época, ese grupo fue amable conmigo. Almorzábamos en un cuchitril, al salir de la escuela, mientras esperábamos que fuera el horario de ir al gimnasio. Pero nunca me trataron como parte del grupo. No me llamaban por teléfono para conversar, ni me invitaban a salir con ellas. Una tarde, fuimos a la biblioteca juntas, y me ignoraron. Siendo yo tan sensible, peleamos por ello, y nunca más volvimos a tener una buena relación.
En el último año del secundario, comenzó mi amistad con Dalia. Fue cuando yo me mudé, por un tiempo, con mi tía Betty, al centro de la ciudad.
Dalia vivía en una casa pequeña, en las afueras de Mar del Plata, en el medio de la nada. Comprensiblemente, nunca deseaba regresar a su hogar cuando finalizaran las clases. Ella no tenía nada que hacer allí. Prefería quedarse en el centro, para pasear y juntarse con amigos. Yo la invité a almorzar a la casa de mi tía, ella vino todos los días durante dos años. Yo solía bromear diciendo: “La alimenté y nunca más se fue”. Fuimos mejores amigas, como hermanas, durante diez años.
Casi al mismo tiempo, comenzó mi amistad con Laura. La conocí porque ambas éramos fans de la serie Friends, y participábamos de la misma sala de chat. Un día, al descubrir que ambas vivíamos en Mar del Plata, nos reunimos a tomar un café.
Desde aquel momento, Dalia, Laura y yo formamos un grupo de amigas, al cual, eventualmente, se unió Belén.
Yo estaba encantada. Finalmente había encontrado lo que quería, me había convertido en líder de mi propia banda. Por una década, fuimos como las amigas de Sex and The City, pero sin sexo para dos de nosotras, lamentablemente. Creí que nuestra amistad nunca acabaría.
Al mismo tiempo, recibí un duro golpe. Al ingresar a la universidad, hice amistad con una compañera, a quien llamaré Scully. Ambas éramos seguidoras de la serie de televisión, Los Expedientes X. Teníamos en común nuestro amor por ese programa, y la música de Ricardo Arjona. Ella era discapacitada motriz, y necesitaba un bastón para desplazarse. Por todo ello, sentí que era la amiga ideal para mí, ya que comprendía como se siente ser traicionada por el propio cuerpo.
Fuimos muy cercanas durante tres años. Cuando comencé mi tercer año de universidad, Scully rompió toda relación conmigo. Dijo que yo nunca le había caído bien. Se quejó de mi costumbre de cambiar los planes a último momento. En aquella época, planificábamos salir a bailar toda la noche, hasta la salida del sol, pero al llegar la medianoche yo me sentía cansada y sin ánimos de salir, por lo cual decidía regresar a mi casa temprano. No comprendió que yo sufría de depresión y ansiedad social, me costaba controlar mi impulso de meterme en la cama.
Prometí cambiar, pero fue inútil. Jamás me dio una segunda oportunidad, lo cual habla volúmenes de lo poco que yo significaba para ella.
Una vez más, me encontraba sintiendo afecto por alguien que no me valoraba, en absoluto. Me sumergí más en la depresión, lo cual llevó a que dejara la universidad por primera vez.
Sin embargo, contaba con Dalia, Laura y Belén. Las tres eran mis pilares. La consideraba mis hermanas del alma.
Me estaba engañando a mí misma.
Sólo Belén me aprecia de verdad. La realidad era que ni Dalia, ni Laura, me querían tanto como yo las adoraba a ellas. Para ellas, yo era solo alguien con quien pasaban el tiempo. Mi mamá siempre me decía que mi amistad con ellas era superficial, como mucho. Comprobé, a la manera difícil, que tenía razón.
Ninguna de las dos se presentó al entierro de mi padre. Asistieron todos los amigos de mi tía Betty y mi madre, pero solo una de mis mejores amigas. Para ser justas, Laura había pasado por una tragedia familia, y un funeral le resultaba traumático. La comprendí. Y Verónica se encontraba en el exterior. Pero Dalia debió haber estado allí. Seguí saliendo con ella, pero nunca la perdoné del todo. Fue el comienzo del fin.
Poco a poco, descubrí lo sola que me encontraba.
Cuando cumplí los treinta años, el grupo se encontró reducido a la mitad.
Solo Belén y yo permanecemos unidas, reuniéndonos cada fin de semana para devorar pizza y mirar películas o series de televisión. Para mucha gente, es patético pasar el sábado a la noche mirando TV, pero ella y yo disfrutamos sumergiéndonos en la vida de personajes como Dexter Morgan, Walter White, Tony Soprano, y los habitantes del universo imaginario de Game of Thrones.
Por supuesto, tenemos nuestros desacuerdos. Yo me avergüenzo de mi falta de vida sexual e independencia económica, ella acepta que su vida es diferente de la vida de otras mujeres adultas. Pero rara vez peleamos.
No obstante, ninguna persona puede sobrevivir en este mundo con una única compinche. Por lo cual, intenté hacer más amigos.
Había un grupo de personas de la universidad que me caían bien. Inteligentes, amables. Me invitaron a salir con ellos un par de veces, y vinieron a mi casa una noche, pero eso fue todo. No volvieron a invitarme a ningún lado.
Un chico esa banda, Cesar, viajó conmigo a Colorado, para trabajar allí, pero pasó la mayor parte del tiempo con un grupo de jóvenes que conoció gracias la aventura. Mientras que sus amigos de universidad me caían bien, los compañeros de viaje de Cesar me resultaron desagradables. Hombres demasiado inmaduros y superficiales, con chicas que parecían fáciles y consentidas. Me sentí fuera de lugar.
En mi último año de universidad, conocí a dos chicas muy simpáticas, con las cuales compartí clases, y tuvimos que realizar trabajos en equipo. Pero eran personas totalmente diferentes de mí. Salían a beber cada fin de semana hasta vomitar. Esa no soy yo.
Intenté ser amiga de otra joven, que parecía agradable, madura e inteligente. Sin embargo, me rechazó cuando la invité a tomar un café.
Me ocurrió lo mismo con una mujer cuarentona que conocí en un taller de escritura. Por una casualidad, fue mi profesora de inglés en séptimo grado. Me caía realmente bien. Tomamos café un par de veces, pero, por motivos que desconozco, nunca quiso volver a verme. Me sentí herida.
Nunca pude comprender por qué la gente me desprecia tanto.
Mi terapista dice que, a veces, mis expresiones faciales causan rechazo. Sin desearlo, frunzo el ceño o pongo los ojos en blanco por un segundo, transmitiendo desdén. No es mi intención. Lo hago incluso cuando me agrada la persona con quien estoy hablando.
Creo que se debe al Trastorno de Espectro Autista y a mi depresión, que suele provocar el Síndrome de Turner.
O, tal vez, se deba al trauma provocado por años de bullying. Fui herida por tantas personas, que, de forma inconsciente, levanto una pared para evitar conectarme con otras personas.
Suelo crear lazos de amistad únicamente con personas a las cuales solo conozco mediante internet. Como mi amigo de Chile, con quien intercambiamos largos e-emails sinceros durante años. O mis queridas amigas de Escocia y Utah, con quienes solíamos chatear durante horas. O mi amigo de Colorado. O las guerreras con ST anglosajonas del grupo de Facebook del cual participo. Mis ciber-amistades significan para mi tanto como las personas que conozco en persona. Me resulta fácil relacionarme con ellas.
Me cuesta comprender. Sé que tengo mucho por mejorar. Pero, ¿De verdad soy un ser tan despreciable, que causa rechazo en las personas? Pasé toda mi vida preguntándome ¿por qué todos me odian?
Una de mis ciber-amigas con ST hizo una pregunta muy interesante: “¿Quién tiene problemas para socializar, la persona auténtica, o la persona que dice a otros que no sean quiénes son?”
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jueves, 2 de julio de 2015
Botón de Rebobinado
COMPARTO UN RELATO BREVE, FICTICIO, QUE ESCRIBÍ.
Salió finalista del “I CERTAMEN MUNDIAL EXCELENCIA LITERARIA”.
Será publicado una una antología por la editorial M.P. Literary Edition, U.S.
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Botón de Rebobinado
Salgo de la cama sin nada de ganas. Dormí apenas unas tres horas plagadas
de pesadillas. Hace ya una semana que el sueño no es mi amigo. Siento inmediatamente
las, ahora, familiares nauseas. Corro al baño, donde arrojo mi cena, junto
a mi desesperación y la soledad. Sobre todo
la soledad. Me lavo y me miro al espejo. Estoy pálida. Demasiado pálida. Tengo
unas espantosas ojeras púrpura.
Son las 6.30 y telefoneo a mi amiga porque sé que ya se levantó.
-¿Podés ayudarme a deshacer mi último error?-
Hace dos meses festejé mi cumpleaños en un bar. “Hoy y nunca más”, dije
mientras empuñaba mi cuarto trago. “Dieciocho años no se cumplen todos los
días”. Cuatro horas y seis tragos después, lo conocí a él. Casi sin darme
cuenta, abandonamos el bar juntos.
Ahora mi amiga me contacta con unas personas sin nombre que ofrecen una salida
ilegal. Los encontramos en el medio de la noche para ocultarnos en la oscuridad.
Luego de que el dinero cambie de manos, nos suben a una pequeña camioneta con
los ojos vendados. No podemos ver dónde queda el sombrío lugar donde ocurren a
diario tantas muertes sangrientas.
El miedo comienza a apoderarse de mí.
Dentro del lugar, se nos permite ver. Nos encontramos en el living de una
pequeña casa viejísima y sucia. La humedad y una gran telaraña invaden los
techos mientras que el polvo de apodera de los muebles. Es lo mejor que pude
pagar.
Veo una parejita joven, no parecen
haber pasado los quince años. Parecen ser los estudiosos del colegio. Junto a ellos hay otra adolescente, tan
hermosa como asustada. La acompaña su madre de apariencia severa. Me recuerda a
la directora de mi escuela.
Todos llegamos a esa terrorífica casa buscando desesperadamente el botón de
rebobinado. Pero somos como trenes marchando sobre las vías que los llevan a
sus destinos finales. No se puede ir hacia atrás ni saltearse las paradas, que
fueron planeadas por un poder superior, con misteriosos motivos.
La vida sólo me permite sentarme en la bañera con la ducha abierta, acunar mi
cabeza entre mis manos y llorar como una niña mientras sangro un río rojo.
Me dirijo a la siguiente parada con una nueva piedra en la valija que jamás
podré abandonar. No importa cuanto lo intente.
Autora: Lara García Costanzo
miércoles, 24 de junio de 2015
Odiosas Etiquetas
Recientemente, tuve una fea discusión con algunas madres de niñas con Síndrome de Turner. La pelea virtual giró alrededor de la palabra “discapacidad”. ¿Es el ST una discapacidad? Ellas dicen que sí. Yo sostengo lo contrario.
Me acusaron de discriminar a los discapacitados por afirmar que yo no lo soy. Es absurdo. Tengo una prima con una discapacidad severa, y mi padre sufrió un ACV en el 99 que lo dejó discapacitado motriz. Me hizo más consciente de lo que sufren las personas con discapacidades y sus familias. También me enseñó que es una discapacidad, y que no lo es. Decir que yo no lo soy, no significa faltar el respeto de quienes lo son. Cuando digo “No soy católica”, nadie dice que estoy discriminando u ofendiendo a la gente de dicha religión.
Aclaro que el ST no es una discapacidad, porque como Licenciada en Comunicación Social y aspirante a periodista, tengo el deber moral de educar a la población. Además, si las madres, o las mismas chicas, van por la vida afirmando que el ST es una discapacidad, alguna gente ignorante puede llegar a malinterpretarlo. El prejuicio de la gente obtusa puede costarnos un trabajo, o convertirnos en víctimas del bullying. (Todavía me pregunto si mis compañeros de escuela eran tan horribles conmigo porque alguien les dijo que tengo un defecto genético).
La Argentina no es una sociedad avanzada del primer mundo, aunque muchos quieran creer que sí.
La Asociación de Síndrome de Turner de Estados Unidos, aclara que el ST en sí mismo no es una discapacidad. Sin embargo, algunos problemas relacionados con el síndrome pueden generar que una mujer afectada por el mismo sea discapacitada. Algunas pueden perder por completo la audición, sufrir un trastorno de Aprendizaje No Verbal, o tener cierto grado de autismo, o algún problema cardíaco o de huesos serio que impida el desarrollo normal de las actividades diarias. SOLO en esos casos, la persona con ST puede considerarse discapacitada.
En Estados Unidos, las mujeres con TS, sin dichos problemas graves, no son etiquetadas como discapacitadas. Igualmente, si quisiéramos competir en la Olimpiadas Especiales, no seríamos aceptadas. Aunque se tiene en cuenta el ST como causa de discapacidad.
La ley argentina, no obstante, incluye el ST en la lista de discapacidades. Es un error, cometido por practicidad. Para proporcionar ayuda a las mujeres con ST, en lugar de buscar una categoría más apropiada, se nos etiquetó como discapacitadas.
Yo nunca saqué el carnet de discapacidad, pues no necesité las ventajas que proporciona. Siempre conté, gracias a la tenacidad de mi madre, con las hormonas de crecimiento gratis, y pasajes de micro sin costo para ir a buscarlas. Toda mi vida tuve cobertura médica.
Sin embargo, hay muchas personas que necesitan el carnet. Tengamos en cuenta que muchas chicas viven en pueblos del interior, con atención médica deficiente, y precisan viajar regularmente para tratarse. Solo obteniendo el carnet pueden trasladarse gratuitamente.
Respeto a quien lo necesita. Todos merecemos tener la mejor atención médica disponible. Pero hay que considerar el carnet como una herramienta, no una realidad. Hay que utilizarlo, sin creérselo.
Me preocupa que algunas madres de niñas con ST piensen que sus hijas son, de hecho, discapacitadas. Toman el carnet en serio.
Cuando les dije que no es así, una respondió “Pero tienen una incapacidad para crecer solitas” (Por cierto, me pareció muy condescendiente el uso del diminutivo). Es verdad que necesitamos hormonas de crecimiento para crecer y fortalecer la musculatura. Pero necesitar una medicación no significa que la persona sea discapacitada. Si así lo fuera, una persona que tome pastillas para regular la presión arterial debería ser etiquetada como discapacitada, ya que tiene “Una incapacidad para regular su presión solita”.
Otra madre, y esto es lo que más me indignó, dijo que somos discapacitadas porque no podemos quedar embarazadas de manera natural.
De acuerdo con la definición oficial de discapacidad, “La discapacidad es aquella condición bajo la cual ciertas personas presentan alguna deficiencia física, mental, intelectual o sensorial que a largo plazo afectan la forma de interactuar y participar plenamente en la sociedad”.
Decir que una mujer infértil no participa “plenamente de la sociedad” es un insulto para quienes fueron madres mediante adopción. Además, relacionar una vida plena con el sacar un bebé de tu cuerpo, es una cachetada a las mujeres que eligen ser child-free. Decidir no tener hijos es una tendencia en alza, especialmente entre mujeres con alto nivel educativo, y carreras exitosas. Etiquetarlas como “discapacitadas” suena absurdo, hasta risible.
Inquietada por este asunto, consulté a las chicas de un grupo Inglés-parlante de Facebook para mujeres con ST, del cual participo regularmente. Todas concuerdan con que el ST no es una discapacidad, pero puede llegar a causar una, en casos extremos.
Rescato lo dicho por una joven con ST del grupo, quien es oceanógrafa e integra una orquesta. Ella considera que caratular el Síndrome de Turner como discapacidad sería “Faltar el respeto a quienes luchan de verdad”.
Comprendo perfectamente lo que quiso decir. Hay gente que no puede escuchar, ver o caminar. Personas sin piernas o brazos. Gente como mi prima, que no razona, ni habla, ni camina, no come o se baña sola. Hombres y mujeres con retraso mental, autismo severo o esclerosis lateral amiotrófica, por nombrar algunos ejemplos.
¿Realmente podemos decir que nosotras luchamos igual que esa gente?
¿Pueden nuestras madres afirmar que luchan exactamente como, por ejemplo, los padres de un niño autista? ¿De una mujer con síndrome de Down? ¿De alguien que necesita escuelas especiales o, en el peor de los casos, ser internado en una institución?
No niego que el Síndrome de Turner es una lucha constante. Tenemos muchos desafíos que enfrentar. En mi caso, el síndrome trajo una batalla ardua contra la depresión, y dificultades para relacionarme socialmente. En mis horas más oscuras, no me considero más afortunada que una persona privada de los sentidos, o con las capacidades intelectuales disminuidas. Muchas veces me sentí discapacitada.
Pero, la realidad, es que tengo un título universitario y hablo dos idiomas. Puedo ver. Aunque perdí la audición de un oído, escucho con el otro y me comunico normalmente. Camino, corro y salto. Jugué al tenis, fui a nadar y anduve a caballo un par de veces. Terminé una novela. Viví sola durante cinco meses. Hice un curso en el exterior durante tres semanas.
Actualmente no tengo trabajo y debo vivir con mi vieja, pero eso tiene que ver con las limitaciones de la ciudad donde estoy, y no con mis capacidades. Algún día cercano, voy a poder valerme completamente por mi misma. Hay personas con discapacidades severas que no pueden decir lo mismo.
Pero también existe gente etiquetada como discapacitada, cuyas vidas son 100 veces mejores que la mía. Hombres y mujeres a los que les falta un brazo o una pierna, o necesitan muletas permanentes, pero lograron todo lo que deseaban, y no necesitan ayuda. ¿Son discapacitados? (Tomando la definición oficial de discapacidad: incapacidad de llevar una vida plena) Yo no los veo como tales. En esos casos, es claro ver que la etiqueta resulta errónea.
Tal vez, deberíamos ser más cuidadosos a la hora de categorizar a la gente.
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